Valencia necesita una apertura cultural

La Comunidad Valenciana y concretamente su capital, la ciudad de Valencia, enfrentan en la actualidad un cambio de ciclo político a raíz de los resultados en las Elecciones Municipales y Autonómicas de 2015. Entre otras cuestiones, el nuevo consistorio municipal va a tener que abordar el tema de la convivencia urbana en una ciudad históricamente marcada por la conflictividad identitaria. Resulta importante señalar que Valencia vivió durante la Transición (1975-1982)  uno de los períodos más convulsos de su historia contemporánea, dado que junto a los conflictos colaterales a la democratización del estado, los habitantes de Valencia experimentaron de forma traumática un enfrentamiento político entorno a su identidad nacional.

La mala gestión intencional del conflicto identitario provocó la fractura social. Los partidos políticos conservadores cargaron los discursos de esencialismo y agresividad, alentando la confrontación sobre las raíces y el significado de la valencianidad, que pasó de ser un tema de estudio para los medievalistas a un discurso político de odio en muchos municipios valencianos – este periodo es popularmente conocido como la Batalla de Valencia -. El uso partidista de la historia valenciana ha venido marcando los mensajes institucionales y la agenda cultural pública sobre el patrimonio de la ciudad. Sin ir más lejos, los últimos 24 años de alcaldía conservadora fueron posibles gracias al apoyo explícito del Partido Popular a las tesis del anti-catalanismo, que fue usado retóricamente desde las propias instituciones culturales para denunciar y defenestrar ante la opinión pública a las voces contrarias a su gestión.

Sin tener en cuenta la división social provocada y alimentada durante este periodo, es difícil plantear las estrategias necesarias para  que Valencia pueda utilizar en la actualidad su patrimonio artístico y cultural cómo elemento de cohesión y vertebración de su comunidad política, muy especialmente de aquellos grupos que han permanecido tradicionalmente marginalizados o que se han ido incorporando en las últimas décadas a la realidad social de la ciudad (como es el caso de la inmigración internacional, muy presente desde los primeros años del siglo XXI). De hecho un poco más del 12% (96.088) de los vecinos empadronados en Valencia aparece registrado como Extranjero – legalmente residente en la ciudad, sin tener por ello la nacionalidad española – y este número no contempla a los vecinos procedentes de otros países que han optado por la nacionalización o grupos culturales como los roma (popularmente conocidos como gitanos) que ostentan un estatus permanente de extranjeros pese a los siglos de convivencia en la península. Los vecinos provienen de todos los continentes habitados y de la mayoría de los países del mundo, las 12 nacionalidades más frecuentes son las que siguen:

Gràfic nacionalitats

Nacionalidades más frecuentes en Valencia

La distribución por rango de edad y sexo, tal como se puede observar en la siguiente figura, la población extranjera en la ciudad guarda una proporción similar entre hombres y mujeres con la población no-extranjera, y que predominantemente se encuentra en edad de trabajar (83%).

edad y sexo

Distribución por edad y sexo

Considero relevante detenerse en estos datos, dado que contrastan de forma llamativa con los datos oficiales de  las series históricas sobre personas que participan en actividades culturales según nacionalidades (MECD, 2014: 109-110; 190-19). Estas series históricas, muestran que la población considerada extranjera tiene hábitos de lectura y consumo de música actual y cine muy similar a los de la población no-extranjera, y sin embargo, acude en una proporción bastante inferior a museos y visitas al patrimonio histórico/arqueológico. ¿Qué podemos inferir de estos datos?

En el caso de Valencia, asumir que la población extranjera  está mayoritariamente integrada en grupos socio-económicos desfavorecidos sería mucho asumir – especialmente cuando la situación económica post 2008 ha acercado considerablemente a los distintos estratos de la clase trabajadora en la región – y señalar que la política cultural municipal ha sido muy poco variada y ha favorecido sistemáticamente a los adultos mayores de las clases privilegiadas tampoco nos ayudaría a explicar la desviación notable entre los visitantes jóvenes autóctonos y los considerados extranjeros. En mi experiencia personal como guía didáctico en monumentos y museos de la ciudad he podido comprobar cómo ni un solo discurso sobre el patrimonio está construido para reconocer y celebrar la diversidad en la historia de Valencia; más bien al contrario, están dirigidos a un grupo muy específico de valencianos para recordarles los momentos de ruptura y separación que les han homogeneizado física y culturalmente. Otra variante simplificada del discurso museístico es la que va destinada a los turistas, que incide únicamente en los aspectos superficiales y estéticos del legado patrimonial. En estas condiciones, los recién llegados a la ciudad viven el patrimonio como algo completamente ajeno que no se relaciona con su modo de vida ni su identidad; tampoco la población de tradición gitana (o roma) encuentra referencias directas a su experiencia en la ciudad pese a sus seis siglos de presencia.

Resulta obvio que los símbolos y espacios de la ciudad de Valencia siguen profundamente interrelacionados con los actuales debates y conflictos presentes en la ciudad. Considero que  una parte significativamente grande de la población no se siente apelada por los mecanismos de reproducción de la identidad. El nuevo ejecutivo municipal necesita desconectarse del actual electoralismo (actualmente reflejado en la “apertura gratuita de monumentos” sin guías o discursos adecuados a la función social del patrimonio) y sentarse a pensar cómo enfrentar de forma inclusiva la realidad transcultural que hierve en la ciudad, sin promover la ghuetificación ni dejarse a nadie en el camino.

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