Un exagerado entusiasmo

El entusiasmo de parte de “los de abajo” por los resultados obtenidos en Grecia de la mano de Alexis Tsipras y las encuestas favorables a Podemos en España chocan enormemente con los resultados obtenidos en Europa por partidos como OBBIK en Hungría, Alianza Nacional en Letonia, Amanecer Dorado en Grecia, Partido Liberal de Austria o Frente Nacional en Francia. Este último favorito para las elecciones departamentales de marzo, y con una más que clara voluntad de gobierno.

La izquierda clásica debiera estar de luto. Pocas reminiscencias quedan más allá de Front de gauche, Die Linke o una más que debilitada Izquierda Unida. Su tradicional espacio, la defensa de la clase obrera, está siendo ocupado por nuevos partidos, a la derecha de la derecha, neofascistas, nacionalistas o abiertamente neonazis. En parte por su culpa.

Pero hablar de estos fenómenos como algo unísono, europeo, no deja de ser una fantasía y una intencionada simplificación. Las diferencias ideológicas existentes entre estos movimientos, así como las causas específicas que en cada país han provocado su ascenso, impiden que podamos hablar de un fenómeno causal y de un peligro estricto. Ningún fantasma recorre Europa. Nada tiene que ver el británico UKIP con el Movimiento PEGIDA en Alemania. Nada. Los hay quienes calzan botas y empuñan armas, los hay más socialdemócratas y más neoliberales, mejor o peor maquillados, y los hay a quienes no les hacen falta máscaras ni disfraces porque son algo nuevo, ¡totalmente nuevo!

Las causas por las que se ha provocado este traspaso de votos son múltiples. Podríamos empezar hablando del paso del fordismo a la flexibilidad laboral, pasando por la caída de la Unión Soviética y el descrédito de los partidos comunistas unido a la aparición de nuevas clases sociales, más precarias, la influencia de la clase media, la caída en las cuotas de afiliación a los sindicatos o el avenimiento de nuevos cleavages. A esto le podríamos sumar la llegada de lo post, el individualismo alienante, la crisis de la democracia (percepción de corrupción, descrédito de los partidos políticos, retroceso de los parlamentos…) o el debilitamiento de nuestros estados del bienestar, que han pasado del oro a la hojalata, reforma tras reforma, de la mano del pensamiento único.

Pero volviendo a la parte de culpa que le corresponde a la izquierda clásica, creo que es troncal el abandono que ésta ha hecho de la clase obrera.

Lo primero que tenemos es el abandono explícito hecho por la  izquierda socialdemócrata y postmodernista, aquella que se desarrolla en los años 70-80 con la victoria del discurso neoliberal, donde la clase obrera jugaría un papel secundario, perdiendo parte de su identidad clásica y la mayor parte de su peso socioeconómico y poder de negociación.

Esta “izquierda”, además, renunciaría a su ideario socialdemócrata clásico en los años 90 y mostraría su verdadera cara. De una parte, asumiendo dentro de los postulados de la llamada tercera vía socialdemócrata (aquella que teorizan académicos del peso de Giddens) buena parte de los preceptos expuestos por los teóricos neoliberales. De otra parte, asumiendo posiciones jerárquicamente sistémicas, tales como la Presidencia del FMI (Institución que asume postulados neoliberales, tanto dentro del contexto occidental, como en países subdesarrollados o en vías de desarrollo) posiciones de dirección dentro de empresas multinacionales o transnacionales, posiciones de dirección dentro de instituciones financieras, pasando por instituciones propias del “benévolo pero sistémico” tercer sector. Dentro de este marco incluiríamos también a sindicatos, principalmente socialdemócratas-laboralistas, pero también algunos sindicatos de clase.

Sus intereses no eran emancipatorios. Esta vieja lucha, librada o construida por sus predecesores ideológicos, lejos estaba de embridarse con sus corrientes posmodernas, más preocupadas por la política de la diferencia que por la política de la igualdad.

La izquierda neomarxista por otro lado, enfrentada a una crisis de identidad, daría palos de ciego hasta colocarse, a veces sin sentido, en un elitismo intelectual capaz de despreciar a aquellos a los que teóricamente defiende. Un ejemplo de esto sería la naturalización que estos partidos realizan de la diferencia de estatus entre funcionariado burocrático clásico y el resto de obreros, con el agravante de la precarización laboral que aparece en la era postfordista, hecho antes señalado.

Podemos evidencia buena parte de estos sinsentidos. La barrera que estos crean entre una izquierda profesionalizada, puramente universitaria, y la ciudadanía, puede terminar por no resolverse, aunque sus postulados propios de un catch all party le otorguen un resultado coyunturalmente favorable. Mientras estos sigan sin incluir en sus cuadros representantes no-universitarios, la extrema derecha seguirá trabajando en las calles, erosionando la solidez de buena parte de su argumentario y de su estructura, en teoría enfocada a la sociedad civil. Esto en Europa ya está pasando. El discurso de la izquierda es difícil de vender (y más aún de comprar), pero la solución no pasa por esconderlo y renunciar al debate. Mentir tampoco es la solución.

Hay una diferencia a mi juicio clave entre el triunfo que explica el ascenso de las nuevas izquierdas, podemos volver a Podemos, y el de los partidos (mal llamados) de extrema derecha a los que nos referíamos antes. Estos últimos triunfan por su discurso, y no por la desnaturalización de éste. Su patriotismo no es forzado y los frames que emplean están más cerca de su ideario de lo que el marketing o el patriotismo jacobino lo estará nunca de la izquierda. Estos sí son patriotas, y sí tienen una respuesta para la inmigración: Welfare chauvinism.

Con esto diré que, nos guste o no, la verdadera alternativa a los partidos del establishment en Europa pasa por partidos de “extrema derecha”. Diré además que la izquierda debe reinventarse pero nunca anclándose en el centro, negándose, sino más bien recuperando la defensa de las capas más desfavorecidas de nuestras sociedades, que ahora son distintas, y cada vez más heterogéneas. Señalaré además que aquellos partidos con voluntad de cambio han de creerse el discurso, crear sus propios marcos mentales, sin grietas, dominarlos y defenderlos. No terminaré sin afirmar que los debates no están para obviarlos sino para resolverlos. Con tales “personajes” disputándote el voto, como mínimo, deberías plantearte cómo crear empleo, cómo afrontar la “gran encrucijada” europea, o cómo afrontar el problema de la inmigración. El discurso basado en la preferencia nacional cala. En tiempos convulsos el del buenismo no tanto.

Recuperar espacios, señalar enemigos y plantearse pactos es algo inevitable para estas formaciones “transformadoras”. El “SYRIZA, Podemos, Venceremos” está muy bien para sus mediáticos baños de masas, pero visto el panorama no deja de dar un poco de risa. No sabemos lo que nos depara el futuro. Tal vez los politólogos observemos sorprendidos (o no tanto) a líderes outsiders de ambos lados del espectro ideológico unidos contra Europa, o contra los partidos tradicionales. O tal vez no veamos nada de esto.

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