Ultras en el fútbol: ¿problema social o forma de hegemonizar la sociedad?

Tras la última pelea entre aficiones que conllevó al asesinato del compañero Jimmy, a manos de los nazis del Frente Atlético, todo el mundo habla sobre la violencia en el fútbol, y como es casual, todo el mundo está en contra de ella. Pero profundicemos en el tema, no nos quedemos en las críticas hipócritas de muchos dirigentes tanto políticos como deportivos que ahora ven con buenos ojos las medidas, absurdas muchas de ellas, de erradicar la violencia en los estadios. ¿Por qué hipócritas? La presencia de grupos de ultra-derecha en los estadios no es nada nuevo, no sólo eso, estos grupos han sido apoyados y financiados (entradas, camisetas, merchandising en general) por los clubes de fútbol. Además, los “jefazos” de estos clubs y de las instituciones futbolísticas también poseen una estrecha relación con el mundo de la extrema derecha y no veían con malos ojos que estén presentes. Cabe destacar al presidente de la LFP, Javier Tebas, que fue miembro del partido Fuerza Nueva, y es el que pretende llevar el estandarte contra los grupos ultras en su totalidad, una vez más, sin diferenciar entre unos y otros.

Dejemos la hipocresía de lado que de eso vamos sobrados y vayamos a analizar el problema social. Los grupos “radicales” del fútbol son un reflejo de la sociedad en la cual vivimos, es absurdo pensar  que las personas que forman estas hinchadas son personas con un perfil anti-social. Estos individuos son personas que ocupan puestos de trabajo de todo tipo, tienen familias estructuradas, con un nivel adquisitivo variado, que utilizan el fútbol como forma de inhibirse del resto de su vida. Pero el problema no reside en estas personas sino en la aceptación y en muchos casos admiración y apoyo del resto de la hinchada  a estos grupos, por la simpatía que causan al ser los que más animan, los que más apoyan al equipo. No se escandalizaban cuando se escuchaban en los estadios cánticos como “ea, ea, ea, Puerta se marea” o “Milán muérete, Milán muérete…”. Este tipo de actuaciones pueden ser admitidas por la gente que va a los estadios, pero no la muerte. La muerte es algo inaceptable, es una forma de violencia moral y éticamente rechazada por la gran mayoría de la sociedad, pero en este caso  se llega a este extremo  fruto de una aceptación a otros tipos de violencia. Tengamos en cuenta las medidas tomadas para erradicar estas conductas, medidas también propuestas para acallar a la sociedad, estas llegan tarde y mal. Está claramente constatado que la prohibición no es forma de dar solución a un problema, es una forma de invisibilizar un problema: los ultras seguirán existiendo aunque no puedan acceder a los estadios, se seguirá insultando  al equipo rival aunque no sea con un cántico,  no se suavizará el odio hacia otra afición, porque es un odio político en la mayoría de los casos y  no futbolístico, y la política rebasa el ámbito meramente futbolístico.

En la forma de utilizar políticamente las aficiones está la solución. No podemos negar que los ultras son una gran herramienta de hegemonización (como he dejado entrever anteriormente) y en este tema debemos incidir. El fútbol es del deporte rey, nos guste más o menos, lo siguen más personas que a cualquier otro deporte en España, y como en cualquier otro espacio, la izquierda debe estar presente para crear conciencia, y que mejor forma que con los grupos de aficionados más representativos. Estos grupos tienen una gran capacidad para crear discurso de clase, pongamos el ejemplo más representativo: los Bukaneros. Cuando los Bukaneros enseñan sus pancartas en apoyo a diversas causas sociales se crea una gran complicidad con el resto de la hinchada que se sienten representadas, y gracias a este sentimiento de empatía se consiguen crear lazos, que aunque se creen en el fútbol, se extrapolan al resto de la vida cotidiana, se crea una consciencia popular que tienen en su imaginario político a los Bukaneros como referentes de lucha contra aquellos que recortan sus derechos, sus libertades… Son un reflejo del barrio y saben que luchan por él.

Por lo tanto, no podemos caer en el discurso que todos los ultras son iguales,  y debemos eliminarlos a todos, sin hacer ningún tipo de distinción. Debemos  apostar por la transformación de las hinchadas y crear en cada estadio grupos de aficionados reivindicativos que busquen la transformación de la sociedad y que consigan con el sentimiento común a un mismo equipo, crear lazos con el resto de los aficionados. Crear un espacio más para la crítica y la reflexión. No caigamos en el error del clasismo intelectual de la izquierda con respecto al fútbol, se convierte en el “opio del pueblo” cuando dejamos que lo sea. Seguro que a todo valencianista de izquierdas le encantaría escuchar el Bella Ciao en su estadio, como ocurre en el campo del Livorno.

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