Tras las elecciones iraníes

Irán vivió el pasado 26 de febrero sus elecciones generales, en la que por primera vez en su historia los iraníes votaron simultáneamente por los dos cuerpos de gobierno nacionales: el Parlamento (290 escaños) y la Asamblea de los Expertos (88 escaños). La ajustada victoria de la coalición entre reformistas y conservadores moderados frente a los conservadores de línea dura podría verse contestada a mitad de abril por el voto de desempate sobre 70 de los escaños en el Parlamento.

El sistema iraní es un hibrido entre elementos democráticos y teocráticos, con instituciones electas (Parlamento, Asamblea de Expertos y Presidencia), parcialmente electas (el Líder Supremo) y fuera de las elecciones (como el Comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria, el Consejo Nacional de Seguridad y el Consejo Guardián). Este último cumple las funciones de Junta Electoral además de ejercer un poder permanente de veto sobre cualquier ley aprobada por el Parlamento. El Líder Supremo es formalmente elegido por la Asamblea de Expertos. Este sistema complica la comprensión de los cambios políticos, que dirimen entre las urnas y los contrapesos entre las distintas facciones que se coaligan alrededor de objetivos de carácter económico y social.

La política parlamentaria no está dividida en partidos sino en corrientes o facciones, que combinan líderes prominentes con presiones de los grupos de interés. Los dos grandes bloques reconocibles son los Conservadores (también conocidos como Principalistas) y los moderados. El grupo conservador representa los intereses de la jerarquía clerical, los grandes mercaderes, altos funcionarios y el Líder Supremo Alí Jamenei; en su interior existe una importante facción ultraconservadora populista que obtiene la mayoría de su apoyo electoral entre los campesinos con menor poder económico. Durante el mandato del anterior presidente Ahmadinejad, un subgrupo de la facción ultraconservadora llegó solicitar la votación en la Asamblea de Expertos para sustituir al Líder Supremo por su posición frente a las negociaciones sobre el programa nuclear.

Por otro lado, el grupo de los moderados se divide entre conservadores pragmáticos (conservadores en cuestiones sociales pero abiertos a políticas económicas y exteriores de carácter liberal) y los reformistas radicales. Este último grupo emerge de la facción de revolucionarios de 1979 que considera que la justicia social, el socialismo económico o la libertad frente a la tiranía no han sido aún implementados en Irán.

Dada la delicada situación económica y geopolítica del país a finales de 2015, líderes pragmáticos conservadores abrazaron la táctica de dar apoyo logístico y económico a listas y candidaturas reformistas a cambio de que éstas aceptasen en sus programas propuestas económicas de carácter liberal. Durante las elecciones de 2004 y 2008 la posición de los candidatos reformistas fue la abstención activa y el boicot en respuesta a la descalificación por parte del Consejo Guardián de cientos de sus candidatos; la agenda moderada del presidente Rohani ha permitido que puedan concurrir libremente en estas elecciones. Los políticos alineados con el Movimiento Verde, que demanda la acción sin ninguna tutela de los medios de comunicación, no han sido autorizados a participar en las elecciones.

Durante el fin de semana 33 millones de iraníes fueron a las urnas representando cuotas de participación más altas que en las 4 elecciones anteriores. Finalmente, los resultados mostraron un voto dividido en tres tercios entre reformistas, pragmáticos y ultraconservadores, permitiendo la alianza de los dos primeros para ganar las elecciones. Esta alianza se muestra bastante precaria por dos razones principales: la primera es la poca flexibilidad y la polarización alrededor de asuntos sociales esgrimida por miembros clave de ambas facciones; la segunda es el tremendo poder que cargos no electos siguen ejerciendo sobre la vida política y legislativa iraní. En muchos sentidos Irán continúa siendo un régimen autoritario militar envuelto por una teocracia.

Ahora se abre un periodo en el que el presidente Rouhani necesita hacer lo posible para implementar políticas interiores de impacto, y mantener la confianza de los electores en la alianza pragmática-reformista antes de las elecciones presidenciales de 2017. Entre las promesas electorales ofrecidas por la alianza están la reducción del paro entre adultos jóvenes (actualmente del 25%), la inversión de 6.700 millones de euros en infraestructuras y tejido productivo, y la búsqueda de más tratos comerciales con India y la Unión Europea. Independientemente del resultado electoral, los frentes abiertos contra Turquía, Israel y Arabia Saudí en la península arábiga no auguran cambios sobre su estrategia militar en su área de influencia.

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