Todo por la patria

Inmersos en una oportunidad histórica para los de abajo que quizá sea irrepetible hasta dentro de unas décadas, cabe preguntarse qué papel corresponde a cada uno de nosotros, como ciudadanos, en esta encrucijada. Creo que el pasado reciente de nuestro país en general, y la manera en la que se resolvió la Transición en particular, aún afectan profundamente la forma en la que nosotros mismos pensamos España y sus pueblos. Es necesario hacer autocrítica al respecto y desprenderse de prejuicios incapacitantes, en tanto que ahora, como en todos los momentos históricos que han permitido la expansión de la democracia, el amor a la Patria es un deber militante.

Francisco Franco no vive sólo en la memoria de quienes vivieron directa o indirectamente la represión brutal del nacionalcatolicismo, sino también en la memoria colectiva de toda la sociedad, viciada por la intensa labor de apropiación cultural que los jerarcas del régimen llevaron a cabo con esfuerzo incansable. Como si de gramscianos expertos se tratase, los intelectuales al servicio del dictador comprendieron que el poder no se sostiene sólo sobre el uso de la fuerza. Incluso aunque recurrieran a ella con brutalidad, no fue la fuerza sino la hegemonía cultural lo que garantizó la pervivencia del régimen. El franquismo triunfó porque supo extender sobre la sociedad discursos y otros mecanismos de persuasión que naturalizaron las relaciones de poder vigentes y las hicieron legítimas a los ojos de la mayoría. Pensar que el dictador gobernó España durante cuarenta años porque reprimió a tiros cualquier atisbo de oposición es ingenuo: los dictadores sólo se mueren en la cama cuando logran volver mayoritariamente aceptado un discurso que justifica su propio dominio. Así, se entiende que la exterminación sistemática de demócratas fue sólo el aspecto destructivo de la conquista del poder, seguido de una vertiente constructiva, la de volver exitosa una cosmovisión particular de España que, a ojos de los españoles, era señal de la lógica y natural supremacía del nacionalcatolicismo frente a otras formas de organización política y social. La hegemonía franquista tejió redes a lo largo y ancho de la cultura española. Desde lo más general, proclamando el carácter divino y mesiánico del Caudillo al conducir los destinos de la Nación, hasta lo más íntimo, con panfletos falangistas que enseñaban a las mujeres cómo recibir a sus maridos tras una larga jornada de trabajo construyendo la España de orden. La ideología franquista se reproducía en todos los espacios de la sociedad civil: en las escuelas y las iglesias se formaba el espíritu nacional, y la radiotelevisión en manos del Estado garantizaba la unidad doctrinal de todo el pueblo.

De todos los elementos relevantes de la ideología franquista, el de Patria me resulta especialmente interesante. La Patria franquista es esencialmente antidemocrática, dado que se articula como una realidad diferente e independiente de la gente que de ella se siente parte. La Patria franquista se sostiene sobre una interpretación histórica que entiende España como una nación destinada a la grandeza imperial por gracia divina y con fines evangelizadores, hecho demostrado empíricamente en el imperio colonial que llevó el cristianismo a medio mundo. Este esplendor pasado se vio amenazado desde 1812 y hasta 1936 por dos enemigos: el liberalismo decimonónico que le quitó la soberanía a Dios para ponerla en manos de la Nación, y el bolchevismo que, al extender la idea de lucha de clases, siembra un conflicto social incompatible con la construcción del imperio y el orden divinamente legitimado por la Iglesia Católica. De esta manera, para un franquista, apelar a la Patria es apelar al Cid reconquistando las tierras al moro porque Deus vult, a los tercios marchando sobre Flandes para reprimir las revueltas luteranas, a las tropas castellanas civilizando a los bárbaros en América para convertirlos a la Verdadera Religión, y al imperio de Felipe II sobre el que no se ponía el sol, luz de Trento y martillo de herejes. No es posible derivar una interpretación democrática de esta idea de Patria. La Patria franquista no es un contrato social entre ciudadanos libres que se ponen de acuerdo para regir la vida pública, garantizándose ciertos derechos y libertades fundamentales; no, la Patria franquista es una unidad espiritual, casi ahistórica, indiferente a los individuos excepto en la unión de destino de todos ellos en la universalidad divina. No hay en ello más proyecto político que la unión de todos los españoles como hermanos bajo la conducción del Caudillo, para elevar España a sus altos fines.

Puede medirse trágicamente el éxito del franquismo a la hora de apropiarse del concepto de Patria observando que, aun siendo un significante transversal y ambiguo en la mayoría de países democráticos, en España remite inevitablemente a la derecha. Lo patriótico, la bandera, el himno y la tradición son en España sinónimos de ranciedad derechista, de conservadurismo clerical, de autoritarismo franquista. He aquí una debilidad histórica de la izquierda post-Transición: se pretende articular un sujeto-Pueblo sin contar con la posibilidad de apelar a la Patria, que es precisamente el imaginario común al que todos los pueblos han recurrido en períodos revolucionarios para generar cohesión y voluntad colectiva. Los momentos de irrupción popular en la historia humana, específicamente aquellos que han sucedido posteriormente a la Revolución Francesa, han apelado de una forma u otra al concepto de Patria por sus implicaciones formales de universalidad: más allá de lo que signifique la Patria en un lugar y tiempo concretos, siempre es una llamada al individuo para que entregue sus esfuerzos (su vida, incluso) a una sociedad a la que se debe por una simple cuestión moral. Tal definición es formal, vaciada de contenido, válida para cualquier llamada al patriotismo independientemente del contenido material de la misma, sea una Cruzada Nacional contra el bolchevismo o contener a la serpiente nacionalsocialista en las orillas del Volga en 1943. Nunca las masas se han movilizado con afán revolucionario incluidas en un sujeto colectivo parcial y fraccionario, sino todo lo contrario: sólo cuando el individuo se siente parte de una universalidad trascendente, englobadora de toda la sociedad de la que forma parte, es capaz de unirse en fraternidad de sangre con el resto de comunes para irrumpir en la Historia. Por esto es que la reivindicación del significante izquierda, faccioso y parcial por definición, en un momento de potencial ruptura democrática es equivalente a asaltar una trinchera enemiga con un cuchillo de cocina. Las energías sociales requeridas para las grandes empresas revolucionarias sólo se consiguen cuando los individuos asumen en masa el fervor patriótico, esto es, la fe ciega en la justicia de su proyecto político, en la unión con los compatriotas que de él deriva, y el consecuente deber patriótico, de tipología ética, que se genera en el proceso.

La apropiación derechista del concepto de Patria es trágica por partida doble: porque quien siendo de los de abajo se traga su pretendida universalidad lo hace según los términos favorables a la derecha, y porque la enorme parte de nuestros intelectuales no se contentan con rechazar el contenido material heredado del franquismo que preña el concepto, sino que también rechazan el concepto formal en sí. Esto es una victoria clara de la hegemonía franquista cuarenta años después de la muerte del dictador: nuestros intelectuales y militantes siguen pensando que la única Patria posible es aquella dibujada en los libros de Formación del Espíritu Nacional, es decir, precisamente lo que buscaban los intelectuales franquistas. Gran parte de la izquierda tradicional española le hace el juego a la reacción reproduciendo la idea de que existe un vínculo natural y necesario entre lo patriótico y lo franquista, y se equivoca gravemente: fue el fervor patriótico y no un sereno análisis materialista y dialéctico lo que llevó al Ejército Rojo de Moscú a Berlín, lo que impulsó a los obreros a pedir armas para defender la República, lo que llevó a Allende a dar su última locución con La Moneda bombardeada o lo que mantiene vigente la Constitución Bolivariana ante el acoso de la lumpenburguesía golpista venezolana.

La Historia nos llama ahora a batirnos políticamente para la liberación de la Patria de quienes la tienen secuestrada. Quien haya leído pocos libros de historia universal y demasiados panfletos de Stalin puede pensar que esta afirmación es ambigua y desclasada. Efectivamente: es un discurso ambiguo y desclasado, porque ése es el lenguaje de la Revolución desde Espartaco hasta ahora. No se transforma la muchedumbre en Pueblo conociendo la contradicción dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción, sino identificando sus afectos con un relato de liberación popular tan viejo como la historia humana. Identificarnos con ese relato, interiorizarlo y contarlo con eficacia es el deber militante de nuestros días.

Ignacio Lezica Cabrera (Montevideo, 1992), estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad de Valencia. Uruguayo resignificado en español. Convencido de que la mejor literatura es la política, ese relato sin fin que cuando interpreta la realidad social con buen sentido se convierte en poder para los de abajo. Audentes fortuna iuvat.

Foto portada: La Madre Patria llama. Fuente: thedorsetquide.com

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