¿Todavía se puede?

Es 20 de diciembre en la céntrica Plaza de Reina Sofía de Madrid, gestionada desde hace pocos meses por el gobierno de Ahora Madrid, tras casi 25 años de gobiernos conservadores. La noche es especialmente larga, en términos estrictos, por la cercanía del solsticio de invierno. Pero, más aún, por lo que allí acontece: un partido con apenas año y medio de vida política consigue superar los 5 millones de votos, haciendo quebrar definitivamente nuestro sistema bipartidista. La noche trascurre entre abrazos, canciones y gritos de “Sí se puede”. Arriba, en el escenario, llega el momento de que Pablo Iglesias tome la palabra para cerrar el acto, tras fundirse en un abrazo con su número dos, Iñigo Errejón. Repaso histórico a todas las figuras progresistas de nuestra historia reciente, referencias a los momentos más duros de la crisis, homenajes a los héroes anónimos. El discurso cierra con una apelación a la mítica frase de Allende: la historia es nuestra y la hacen los pueblos. La catarsis.

Podemos fue, por qué no decirlo, para buena parte de una generación, entre los que me incluyo, una especie de primer verdadero amor en política. Buena parte del potencial de la militancia o la correspondencia con los proyectos políticos nace en una especie de mimetización con la historia, según la cual creemos como trascendental aquello que está sucediendo en nuestras manos. Y es importante, pese a lo innecesariamente ególatra que pueda resultar, mencionar el componente romántico que flotaba alrededor del proyecto, y que, quién sabe, quizá explique lo traumática de su evolución posterior. Podemos fue todo lo que sospechábamos que había que decirle a la vieja izquierda, pero muchos no lográbamos ni tan siquiera percibir. Era un bofetón en toda regla a buena parte de las formas y los clichés que todavía dominaban a las izquierdas españolas, y bajo las faldas del ímpetu nacido en el 15M, se había convertido en una maquina electoral casi perfecta. Amaba el desenlace, que era la transformación, y no la trama, que cantaba Jorge Drexler. Una historia -casi- idílica.

En el primer año y medio de Podemos, buena parte de sus penumbras quedaron bajo la alfombra de quien estaba en condiciones de techar el salón en el que yace la alfombra, entendiendo la dificultad que suponía afrontar tal campaña. Había un problema evidente de conexión con la sociedad civil, un centralismo dirigente galopante, una falta de estructura bastante patente, y comenzaban a percibirse ciertos comportamientos impropios de la nueva política. Podemos se convirtió, cuando volvimos a tomar conciencia del mundo después del maratón electoral, en un partido con un líder terriblemente valorado, rodeado fundamentalmente de sus más fieles escuderos, con incendios en casi todas las autonomías, profundamente rechazado entre buena parte de sus potenciales votantes, alejado de toda posibilidad de competir electoralmente por la victoria, con un Partido Socialista en recuperación a su costa, y que enviaba a cada vez más votantes a la abstención. Paralelamente a todo ello, el auge de la extrema derecha en España comenzaba a ser cada vez más preocupante, con Andalucía como primera piedra de un receso que amenazaba a la enorme mayoría de los gobiernos progresistas. Más allá del casi inevitable fin del éxtasis colectivo del primer periodo del partido, la sensación que transmitía Podemos a sus votantes era absolutamente grisácea, más allá de alguna experiencia municipalista satisfactoria, quedando relegado cada vez más a la posición subalterna tradicional de la izquierda española. Aparentemente, dejó de poder.

Probabilidad de votar a Podemos por ideología.

Paradigmáticamente, este deterioro no ha parecido trasladarse a la línea interna, que ha servido hasta ahora como escudo de roble (incluso ante situaciones tan inverosímiles como el asunto del chalet) de una ejecutiva que, mientras más gigantesca aparentaba ser en clave interna, más diminuta era en sus aspiraciones externas. He aquí el drama. Podemos fue útil como estructura transformadora en un momento dado, en el que consigue conectar casi instintivamente con parte sustancial de la sociedad española. Es esa conexión, y no la estructura como tal, lo verdaderamente relevante en esta historia, y donde habría que fijar la mirada para no perder la perspectiva. Podemos, por sí mismo, importa cada vez menos, y ni siquiera cabría sentir una profunda lástima: los actores políticos nacen, crecen y mueren, de forma más o menos convulsa, al son de la ley de oferta y demanda que rige los sistemas de partidos. ¿Quiero decir con esto que Podemos ya ha quedado liquidado como proyecto? No, aunque de forma casi inevitable anda abocado a sufrir una profunda transformación, si desea seguir siendo útil y no verse relegado al tradicional espacio de los partidos post-comunistas europeos.

Valoración líderes del espacio Unidos Podemos y confluencias

Parecía inevitable, por lo tanto, que se diera una gran convulsión. El conflicto Iglesias-Errejón, más allá del posible componente personal, no deja de reflejar la insatisfacción que se había instalado entre la mayor parte del electorado, entroncando con la necesidad de generar un revulsivo con tal de evitar lo que parece ya inevitable en mayo. Enfrente, una ejecutiva terriblemente valorada sujetada, por el momento, por la militancia del propio partido, que continúa primando la aversión al hipotético riesgo que podría suponer transformar Podemos. Es especialmente sangrante el asunto de Pablo Iglesias, en el que querría detenerme unas líneas más: no parece sostenerse un análisis basado en la culpabilidad de los medios como depredadores de su reputación, en vistas de sus homólogos. Es, a su vez, el candidato a la presidencia del gobierno menos apoyado entre los suyos. Esperar que, por tanto, toda esta insatisfacción no se canalice de ninguna forma o se obviara, no parece demasiado realista. E incluso me atrevería a decir que tal fricción interna sólo puede terminar resultando positiva: resucita debates internos en Podemos, genera una candidatura esperanzadora para una ciudadanía progresista sedienta de proyectos (y no tanto de consignas o alertas antifascistas), y, pese a la penalización electoral al conflicto interno, ciertamente, prefiero que el foco esté en la reconstrucción del espacio y no en el lamento ante el empuje de la agenda de la extrema derecha sobre los frágiles muros de contención progresistas. Pasar al ataque, y no conformarse con la resistencia.

¿Quién te gustaría que fuese el presidente del Gobierno?

En definitiva, éramos muchos los que esperábamos algún tipo de movimiento revitalizador en un espacio ahogado en la penuria. Harían falta muchos artículos para colocar sobre la mesa elementos como los posibles efectos de la evaporización de los partidos bajo el manto de proyectos político-civiles tejidos bajo la influencia de alguna personalidad, sobre la disciplina partidista interna o sobre el recurrente conflicto entre la moderación y la radicalidad. Todos ellos muy interesantes, sin lugar a dudas. Mientras tanto, hay un país lo bastante lastrado como para que la preocupación sea qué políticas son más adecuadas para combatir la exclusión, desigualdad o pobreza: la transformación requiere un horizonte de ilusión bajo la capacidad de ensanchar bases y el no ensimismamiento. Sin ello, no se puede.

Foto portada/Wikipedia

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