Socialdemocracia conservadora

Hacían referencia Joan Subirats y Fernando Vallespín en su libro “España reset” a un rasgo aparentemente contradictorio que venían compartiendo los partidos socialdemócratas en Europa en los últimos tiempos. Hablaban de un comportamiento “conservador” por parte de estas formaciones políticas, según el cual el contexto económico, social y político (incluso demográfico añadiría yo) había limitado el proyecto de la socialdemocracia hacia la mera voluntad de conservar o de deteriorar lo menos posible los viejos estados del bienestar europeos, vectores clave en la reducción de las desigualdades y en la extensión del bienestar social en la mayor parte de Europa. De esta manera, las formaciones políticas progresistas europeas que habían jugado un papel clave en el pacto entre capital y trabajo (representando los intereses del segundo) frente a la resistencia del neoliberalismo económico, se convertían en este cambio de época en “la resistencia” a unos mercados que habían aprendido a actuar conjuntamente en el nuevo mundo globalizado ganándole la partida a los Estados que todavía practicaban lógicas locales en su toma de decisiones.

Desde mi punto de vista, el hecho de que los términos “crisis europea” y “crisis de la socialdemocracia” hayan coincidido en el tiempo y en el espacio, no son un hecho casual (aunque tampoco me atrevería a decir que sea causal). El supuesto agotamiento del proyecto socialdemócrata ha coincidido con una Unión Europa que sufre hoy tres tendencias relevantes analizadas y discutidas por muchos autores, entre otros, por el economista Moisés Martín en su libro “España 2030”.  La primera tendencia se corresponde con un envejecimiento de la población europea cada vez más acusado, lo que implica importantes desafíos para la sostenibilidad de los sistemas de pensiones y supone contar con una población en edad de trabajar menos innovadora. La segunda, tiene que ver con un peso menor en la economía mundial de la Unión, en la que ya se produce menos del 25% de la producción mundial. Y por último, y estrechamente ligada a las tendencias anteriores, la Unión Europea, que ha llegado a representar más del 60% del gasto social mundial, experimenta ahora una caída relevante en dicho gasto. En definitiva, y haciendo un ejercicio de honestidad intelectual, no parece sencillo proyectar un escenario ilusionante de futuro a una población europea que, según los ejercicios de prospectiva de los que disponemos, será cada año más vieja, menos productiva y que recibirá cada vez menos gasto social. Desde el punto de vista geopolítico, es también evidente que la Unión Europea está hoy más lejos que hace algunos años de poder actuar como un único actor en determinados contextos. Así ha quedado reflejado tras el Brexit, la aparición de los populismos de extrema derecha y la ausencia de un relato compartido equiparable al imperante tras la finalización de la segunda guerra mundial.

¿Ha quedado por tanto el proyecto socialdemócrata reducido a gestionar de la manera más social posible un proceso de decadencia de la Unión Europea que culminará en la vertebración de una Europa convertida en la residencia del mundo? En mi humilde opinión, creo que no. La izquierda europea debe aprender a conjugar su discurso social con una propuesta sólida de modelo productivo que permita la viabilidad de su proyecto social inacabado (por ejemplo, con la ratificación de la Carta Social Europea). Los economistas nos explican que existen dos formas de aumentar la competitividad. Por un lado se puede apostar por la devaluación de los salarios de los trabajadores, por el otro se abre la posibilidad de buscar fórmulas que persigan el incremento de la productividad. Es evidente que la izquierda se siente mucho más cómoda ideológicamente con la segunda vía, por eso apuesta por una palabra clave en sus programas electorales: “I+D+I”. No obstante, si realmente estamos dispuestos a apostar por la investigación, el desarrollo y la innovación debemos tomar buena nota de los errores cometidos en el pasado. Por apuntar sólo dos de ellos hay dos elementos hacia los que cabe prestar especial atención: 1. La mayoría de las ayudas estatales en España destinadas a las empresas en I+D+I han sido para las grandes empresas. 2. Estas empresas no destinaron a I+D+I buena parte de estas ayudas.

Sabemos que los empleos generados por la innovación son de mayor calidad que los que la misma destruye, por tanto las formaciones progresistas deben apostar firmemente por ésta. Al mismo tiempo, deben defender (como lo están haciendo) el incremento de los salarios de los trabajadores buscando la creación de un Salario Mínimo Europeo, que beneficiaría (entre otros) a los países más golpeados por la crisis como Grecia, Portugal o España con salarios mínimos muy por debajo de los de Francia o Alemania. De forma complementaria, es necesario hablar de un nuevo marco de relaciones laborales compartido, que “alivie” los efectos de las reformas neoliberales como la que se aprobó en 2012 en nuestro país, reforzando la negociación colectiva y por tanto, la extensión del convenio colectivo (y las condiciones laborales que supone) a la mayoría de los asalariados.

¿Puede ponerse de acuerdo la izquierda en torno a un programa común basado en estos ejes con la mirada puesta hacia Europa? Si leemos los programas electorales, podemos convenir que sí. Si observamos la práctica política, tal vez esto sea más difícil. Sin duda, será necesario que en algún momento algunos decidan sustituir a Gramsci y a Schmitt por Habermas. Igual que los mercados ocuparon cómodamente los espacios en los que los poderes púbicos no consiguieron acordar una regulación, esta nueva época se abre paso y tiene un plan en el que los europeos ocupamos un papel secundario. Si no cesa el empeño de imponer el antagonismo político, llegaremos tarde al reparto.

Foto portada/InfoLibre

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