Scotch, cigarettes and bad jazz in the USSR

Fuente: goodreads

Cuando en 1948 es publicada la obra ‘A Russian Journal’ Louis Fischer, para el Saturday Review, afirma que, pese a no haberse tomado la molestia de contar las líneas, le daba la sensación de que se dedicaba más espacio a la ingesta de licor y de comida de John Steinbeck y a las bromitas de Robert Capa que a aspecto alguno de la vida soviética. Solo hay que leer el libro para darse cuenta de que algo de verdad hay en dicha afirmación. Al fin y al cabo, la obra nace como un reportaje para el New York Herald Tribune, fruto de una borrachera en el bar del Hotel Bedford, a la sombra del Empire State, en la intersección de la Quinta Avenida y West 34th Street, en la ciudad de Nueva York, y sus autores son un húngaro apátrida y un norteamericano decadente, ambos amantes del whisky, la cerveza y los cigarrillos. Pero el libro es mucho más que eso, es una brillante crónica de viaje escrita con humor y perspicacia capaces de acercarnos hasta una hermética Unión Soviética y ver, a través de sus ciudadanos, el dibujo de un país inmenso, a pocos años de haber sido golpeado, más que ningún otro, por la guerra.

Fuente: Business Caucasus Week

El libro nace de la ausencia de una visión objetiva hacia los rusos, que son presentados como personas incivilizadas, corrompidas e inmorales por la mayoría de medios de comunicación americanos. Pretenden curar lo que en el libro llamarán la “moscovitis aguda”. Pronto se darán cuenta de que los rusos sufren de la misma enfermedad pero a la inversa, la “washingtonitis”. No aspiran a hablar sobre política y se proponen huir de los tópicos habituales en los que se solía caer cuando se hablaba del país. Quieren conocer a sus gentes, buscar puntos de encuentro y demostrar, si es que su hipótesis es cierta, que en Rusia también hay gentes corrientes, no tan diferentes a los americanos. Tras su visita terminan por concluir que “los rusos son como cualquier otro pueblo del mundo. Seguramente los haya malos, pero con mucho, la mayoría son muy buenos”. Desde el principio fueron conscientes de la que se les venía encima: los unos les acusarían de ser demasiado pro-rusos, los otros de demasiado poco. Lo cierto es que como esperaban los autores el libro tuvo multitud de críticas y no satisfizo ni a la “derecha reaccionaria” ni a la “izquierda eclesial”, que más que buscar una aventura en su lectura buscaban un paraguas abierto a sus ideas.

El libro está plagado de anécdotas brillantes de las que, aun sin querer, se desprende cierto grado de debate político. Aquellos a los que les apasiona la política encontrarán interesantes discusiones entre liberalismo y doctrina marxista, referencias a la censura y a la libertad de prensa o una exquisita diferenciación entre cómo perciben los anglosajones al Gobierno y cómo lo perciben los soviéticos. En referencia a esto último Steinbeck escribe, a mi juicio acertadamente, que “una de las diferencias más profundas entre los rusos y los americanos o los británicos yace en sus sentimientos hacia sus gobiernos. A los rusos se les enseña a creer que su Gobierno es bueno, que cada parte de él es buena, y que su tarea es empujarlo hacia delante, apoyarlo de todas las formas posibles. Por otro lado, el sentimiento profundo entre los americanos y los brit

Fuente: goodreads

ánicos es que todo Gobierno tiene algo de peligroso, que debería haber la menor cantidad de Gobierno posible, que cualquier aumento en el poder del Gobierno es malo, y que el Gobierno existente debe estar vigilado de manera constante, vigilado y criticado para mantenerlo a raya y en alerta”.

Los autores visitarán, siempre acompañados de un intérprete, distintas zonas de la Unión Soviética en las que serán testigos de las diferencias entre regiones y/o repúblicas y donde serán en la mayoría de los casos tratados con total respecto e incluso admiración. Verán el miedo que los rusos tienen a un conflicto entre los dos países, que por su parte, creen, nunca estallará y beberán tragos y tragos de Vodka, siempre bajo el retrato de un ubicuo Iósif Stalin.

Me encantaría hablar más acerca del libro pero os aconsejo, si es que lo poco que os he contado os ha gustado, que lo leáis. Escrito con un elegante sentido del humor, algo de mofa y una importante carga irónica. Steinbeck, Premio Pulitzer y Premio Nobel de Literatura, nos da una lección de periodismo. Además, los amantes de la fotografía encontrarán de la mano de Capa una serie increíble de fotografías que en nada quedan relegadas a un segundo puesto. Vuestra habitación olerá a baños de agua caliente, a caviar, a whisky, a cigarrillos… y disfrutaréis, aun sin moveros del asiento, de una acogedora atmósfera que pugna entre lo intelectual, lo bohemio y lo más ortodoxo de la moral soviética.

Foto portada/El País

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