Revolución pasiva o proceso constituyente

El bipartidismo se tambalea, el régimen del 78 se tambalea y la Constitución del Estado español sigue sin moverse. Los partidos del orden conocen su situación, saben que viven su peor momento como bloque histórico desde la Transición y ante esto la irrupción de nuevas formaciones políticas contra-hegemónicas sólo hace que ahondar este declive. PP y PSOE deben tener la maquinaria preparada para seguir siendo los dos partidos mayoritarios de todo el espectro político español.

Acabo de señalar que la Constitución del 78 sigue sin moverse. Perdón, he mentido, se ha movido un poquito. En dos ocasiones: en 1992 con la firma del Tratado de Maastricht y en 2011 con la reforma del artículo 135. Ésta última en una España destituyente por la crisis económica y, sobre todo, por la indignación generalizada tras el 15M. Así pues, esta reforma del artículo 135, pactada por el Partido Popular y el Partido Socialista mientras los españoles veraneaban, profundizó en la crisis de legitimidad que sufría todo el sistema político español. Pérdida de legitimidad porque, atendiendo a la teoría clásica del constitucionalismo democrático, la Constitución sólo puede ser reformada por el pueblo, por el soberano. A esto se le sumaba un absoluto rechazo a la corrupción, demanda de mayor participación política por parte de los ciudadanos, una distribución de la riqueza real, reforma de la injusta ley electoral o una verdadera separación de poderes, entre otras. Tras estos hechos, con el Partido Popular utilizando el rodillo de la mayoría absoluta y la entrada de un nuevo actor político dispuesto a ganar en la batalla democrática, se resquebrajaba el poder constituido de 1978.

¿Qué puede hacer el grupo dominante –ya no dirigente- para recuperar el control? Durante este verano hemos visto pequeñas pinceladas de lo que las élites políticas y económicas de este país tienen pensado. Y es que, como ambos partidos saben, un pacto en las futuras elecciones generales de Diciembre entre PP y PSOE provocaría la pasokización de éste y el derrumbe de lo que representa el régimen del 78. Por tanto, la estrategia que el bipartidismo lleva fraguando para salvar el sistema, y con él a sí mismo, pasa por la reforma de la Constitución.

Temas como la reforma del Senado –siendo actualmente un cementerio de elefantes como, por ejemplo, Rita Barberà-, la renovación de la monarquía – pilar fundamental del régimen del 78 y como vimos en una pasada portada del periódico La Razón donde Rajoy se veía dispuesto ante el rey Felipe VI a reformar la Constitución-, suspender los privilegios de parlamentarios o reconocer la singularidad de Cataluña y el derecho a decidir ‘entre todos’ –ésta última reforma pensada por exministros de UCD, PP y PSOE recientemente- entran en esta reforma constitucional desde arriba. Pero siempre blindando espacios como pueden ser el poder judicial, financiero, empresarial o los medios de comunicación. Todo esto acompañado con una propaganda en defensa de la ‘modernización’ de la ‘nueva’ Constitución que, siguiendo a Göran Therborn en su ¿Del marxismo al posmarxismo?, lo moderno pertenece ahora a los liberales –y reformistas- reaccionarios. Modernizar la Carta Magna de 1978 significará, por tanto,  llevar a cabo, como titula Albert Noguera su reciente artículo, el cierre por arriba del proceso democratizador o, en términos gramscianos, una revolución pasiva.

Revolución pasiva como proceso político donde el bloque histórico dominante integra una parte de las reivindicaciones de los que querían desafiar el orden existente. De este modo, es capaz de desarticular el intento de cambio y aparecer como el único orden político posible, es decir, naturalizar su posición como dirigente. En palabras de Robespierre, hacer la revolución sin revolución.

La única alternativa para aquellos que queremos un cambio desde abajo y emancipador será la puesta en marcha de una revolución democrática. Esto es, un proceso constituyente saltando los candados constitucionales –el Título X que prevé, desde la legalidad pero también la ilegitimidad, la reforma de la Constitución a través del Parlamento- mediante un referéndum donde el pueblo decida si quiere iniciar o no un momento constituyente que abra la posibilidad de llevar a cabo revocación de mandatos, de leyes, que introduzca mecanismos democráticos de participación. Un sistema que no niegue parcialmente derechos, si no que los garantice sin distinguir entre fundamentales o de segunda, sean políticos, civiles, sociales o culturales. Una alternativa a la tripartición de poderes, poniendo en marcha mecanismos institucionales, jurisdiccionales e informales de control. Un modelo rousseauniano, democrático. De este modo, por tanto, es necesario que el poder constituyente  resida realmente en el pueblo, no en los poderosos que rompen con furia los cheks and balances de un equilibrio democrático precario (Prieto, 2013)

En esta contienda política, articular un proceso constituyente como dimensión ganadora es imprescindible para lograr la victoria en la lucha entre el cambio o la desesperanza. Este proceso constituyente llegará sólo si ha venido acompañado anteriormente de un acto pedagógico que permita al grupo subalterno, con voluntad de cambio, librarse de los dogmas, lealtades y mitos del sentido común de época para construir, no sólo una nueva hegemonía política, sino una nueva hegemonía cultural. Así pues, en esta coyuntura preconstituyente y con las generales a la vuelta de la esquina, será el próximo proceso constituyente el mecanismo de profundización en esta reforma cultural que no ha hecho más que empezar para cambiar el país desde abajo y para los de abajo.

En nuestras manos está iniciar el cambio de este país o entregárselo por completo a las élites. Nos jugamos todo en las próximas elecciones. Nos jugamos todo en la próxima Constituyente.

 

Fuente:

Noguera, A. (2014) Hacia una redefinición de la teoría del Poder Constituyente, Teoría y práctica del Poder Constituyente, Tirant lo Blanch, 159-189.

Prieto, C (2013) Dogville ¿Qué es el liberalismo? (a modo de introducción), Cuando las películas votan, Catarata, 13-32

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