Releyendo el concepto de seguridad energética

El verano de 1974 supuso un punto y a parte en la historia reciente de los Estados Unidos y, en general, para gran parte de aquello que conocemos como el centro del mundo -respecto a la periferia del mismo-, el norte -respecto al sur- o el mundo desarrollado -en contraposición al mal conocido como mundo subdesarrollado o Tercer Mundo-. Por primera vez, después del gran período de paz y prosperidad económica que sucedió a la II Guerra Mundial, los ciudadanos de EEUU observaban impotentes como los surtidores de las gasolineras a lo ancho y largo del país y los depósitos de las grandes maquinarias de su industria se vaciaban. La Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que nació como respuesta a la presión a la baja que ejercían las petroleras extranjeras instaladas en sus propios territorios, había decidido adoptar un embargo parcial tanto al país norteamericano como a otros países europeos que habían ayudado de distintas maneras a Israel durante la guerra del Yom Kipur. Durante décadas el país hebreo había ampliado su territorio mediante una actitud belicista -recordemos la guerra árabe-israelí de 1948, la de Suez en 1956 y la Guerra de los Seis días de 1967- con la que desplazó principalmente a poblaciones locales de origen palestino, enzarzándose en una disputa contra una parte del mundo árabe que llega hasta nuestros días.

Paralelamente, en 1972, Donella Meadows y otros tantos científicos y científicas sacaron a la luz el conocido informe The Limits to Growth -Los Límites del Crecimiento-, que revelaba al mundo que con ese ritmo de industrialización y de consumo de recursos fósiles la seguridad de las generaciones futuras no estaba asegurada. Planteaba el ecosistema como un hecho global e interconectado, y por tanto un conflicto al que hacer frente de forma cooperativa. Como dijo el sociólogo Anthony Giddens, “a pesar de las divisiones y las disputas de poder que existen, la lucha contra el cambio climático puede ser un trampolín para la creación de un mundo más cooperativo. Podria ser una forma de revigorizar la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y otras instituciones de gobierno global”. No obstante, el Muro de Berlín cayó y las cosas no se hicieron sino incluso aún más complicadas.

EEUU, que gracias al petróleo barato había transformado su territorio en un bello paraje de crecimiento extensivo, unifamiliares y todoterrenos, empezaba a decir adiós a su hegemonia mundial. La crisis, que resucitó parcialmente en 1979, dio un toque de atención a un país que desde la Revolución Industrial se había creído el nuevo amo del mundo. Aunque menos mediático en el momento, la Inteligencia del país norteamericano también se hacía eco del informe que el geólogo Hubbert sacó a la luz, en el que predecía (¡y acertó!) que ya habían pasado el pico del petróleo -es decir, el momento de máxima capacidad de producción de petróleo que sigue con una tendencia a la baja-. No obstante, la proliferación de los combustibles no convencionales -como el gas de esquisto o las arenas bituminosas- han puesto en duda eso del fin de las reservas, pero son tan ineficientes y contaminantes que no suponen ningun tipo de solución para un abastecimiento asequible y acorde con el propósito de la recucción de emisiones.

Los movimientos alterglobalizadores, antibelicistas y ecologistas, empezaron a agitarse por lo ancho de Occidente y la agenda política abrió sus puertas a un nuevo concepto que había de articular las políticas exteriores de los distintos estados: la seguridad energética. Este concepto, basado teóricamente en el principio de sostenibilidad, pretendía asegurar mediante la cooperación el suministro energético asequible para el presente y el futuro. El Departamento de Medio Ambiente de los EEUU y la Comisión Europea se pusieron manos a la obra y crearon así las primeras figuras de legislación medioambiental. Se celebraron, además, los primeros encuentros mundiales hacia la construcción de una política de lucha unitaria contra los retos que la humanidad tenía enfrente.

No obstante, en 1997 la recuperación, de la mano del post-fordismo, la relocalización industrial y la especialización en los servicios había calmado la necesidad de cambio. Asumiendo su papel de importador y conociendo los límites de sus reservas, el control del Oriente Medio mediante “guerras preventivas” -otro mecanismo de seguridad nacional- había surtido efecto y los precios del petróleo se estabilizaron, revitalizando la muy dependiente industria estadounidense. Ese mismo año, además, los distintos países del mundo se reunieron en Kioto, Japón, para acordar una débil descarbonización -disminución de un 5% de las emisiones de CO2- de sus respectivas economías para el año 2010. Algunos países, como China o la India, alegaron su derecho a industrializarse -como otros lo habían hecho antes- y no se vincularon al acuerdo. Rusia lo firmó pero no lo ratificó hasta el año 2004 -y ahora se ha salido de la hoja de ruta- y los EEUU ni siquiera lo firmaron. De esta manera, el próspero futuro de paz mundial y seguridad para todos se convirtió de nuevo en un juego en el que la geopolítica derribaba a golpe de misil cualquier intento de trazar una estrategia global.

Y a parte de la ratificación del fin de la Era del Petróleo y de los distintos escenarios ecológicos que nos esperan con la científicamente consensuada subida de 2ºC del nivel medio de la temperatura -o más, según lo que se emita de más desde ahora hacia adelante, según los estudios del Instituto Panel por el Cambio Climático-, la estructura de intercambio desigual que se articulaba entre los países productores (conocido como upstream) y los consumidores (conocido como downstream) y que aseguraba el control del suministro de petróleo y gas a precios razonables para los últimos ha sufrido grandes cambios. Las Siete Hermanas -las grandes industrias petroleras transnacionales con las que se aseguraban un petróleo barato- formada por Shell o Chevron fueran sustituídas por las conocidas como NOC (National Oil Companies) como Sinopec, Gazprom o Petrobras -que actualmente controlan el 80% de las reservas mundiales-. Tampoco su economía fue capaz de amortiguar una crisis financiera que se acabaría convirtiendo en una Gran Depresión tanto en el territorio norteamericano como en la Eurozona. Habían demostrado que ante los avisos que Donella Meadow, de Hubbert y de los distintos movimientos alterglobalizadores no habían hecho nada más que confiar en el dominio geopolítico de un mundo que había cambiado demasiado.

En ese sentido, todo lo pensado por el ámbito científico se vistió de un verde muy poco verde y trató de apaciguar las demandas de cambio que lamentablemente solo eran agitadas por una parte poco importante de las clases medias de dichos países. Paralelamente a una mal conocida como revolución verde -tecnologías y buenas prácticas verdes- la cooperación internacional había perdido el norte -o al Norte, mejor dicho- y pasó a segundo plano. La seguridad energética, que pasaba por un cambio real en el mix de producción energética global y una aplicación efectiva de los distintos mecanismos inventados para la descarbonización de las economías -figuras de protección legislativas, Mecanismos de Desarrollo Limpio, mercados de derechos de emisiones, incentivos a la producción en Régimen Especial, es decir, renovable- se convirtió de nuevo en un concepto geoestratégico, que tenía que ver más con la seguridad de abastecimiento de petróleo y gas para algunos países del mundo a costa de la seguridad del resto.

Como dijo Sachs en su libro “Economía para un Mundo Abarrotado”, cada vez hay más gente y menos a repartir. Incluso ese concepto malversado de seguridad energética tambalea también ahora con la incorporación de lo que se empieza a conocer como una “nueva clase media mundial” en respuesta al crecimiento de las pautas de vida de los habitantes de los BRIC+ (Brasil, Rusia, India, China y otros), que además son numerosos -alrededor de una tercera parte de la población mundial-.  La geopolítica se hace cada vez más complicada y, no solo eso,  más peligrosa para la supervivencia colectiva. Más allá de la formación de estructuras supraestatales que sirvieron en su momento al cometido de crear músculos potentes para la cooperación y la funcionalidad de la agenda política, los Estados Nación emergen de las cenizas en un contexto de “sálvese quien pueda”.  Gobiernos neoliberales como el de la Federación Rusa de Putín o socialistas como la Venezuela de Maduro toman posiciones comunes ante la guerra del petróleo que ha planteado Estados Unidos. La Unión Europea, en crisis económica y política, repartida entre populismos de izquierdas y de derechas -que no son lo mismo, ni lo opuesto- parece que se dirige sin rumbo y a la deriva haca su propia desarticulación y transformación -algo que no pretendo valorar ni positiva ni negativamente-. Mientras, Merkel sigue abriendo las puertas a norteamerica y cerrándoselas al sur de Europa, y también desatendiendo las necesidades diplomáticas hacia un Este al que solo se dirige para levantar la mano al Sol.

Y en este tablero de juego donde cada vez son más los jugadores, menos los premios y distintos los dados, las tuberías del subsuelo de la mesa siguen teniendo mucho que ver con lo que ocurre encima de ella. Ni a Rusia ni a la UE les ha importado demasiado la seguridad de los ucranianos, estaban bastante preocupados por ver que iba a ocurrir con el gas natural que traspasa el país. Tampoco tuvo consideración por la vida humana el delegado de EEUU que, en una cumbre de la FAO de 2008, afirmó rotundamente que no le importaba que la producción de etanol mediante maíz subiese los precios de los alimentos, mientras ese tema no afectase a la seguridad energética y/o alimentaria de su país. El concepto de seguridad energética, podríamos decir, ha sido vaciado de contenido, si es que alguna vez ha significado algo. No atiende a la ciencia y los paradigmas futuros que plantea esta, ni tampoco quiere tener nada que ver con los Derechos Humanos.

“Seguridad energética: Estrategia nacional de aseguramiento del suministro energético barato y sin perjuicios mediante el control de la producción y las reservas, en un contexto de distribución asimétrica de los recursos, a corto y medio plazo, que atiende a razones macroeconómicas y, en concreto, al crecimiento económico, al que trata como objetivo primordial e irrenunciable, considerándolo más un fin que un medio”. O algo así, diría yo.

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