Razones para el populismo

No, esto no es una defensa del populismo, aunque por el título pueda parecerlo. Es más bien una advertencia, casi un reproche. ¿A quién? No pondré nombres y apellidos, resultaría difícil, más bien hablaré de causas por las cuales sufrimos y sufriremos estos movimientos degenerativos de la política.

Si elaborásemos un estudio en el que tratáramos de cuantificar los artículos que al respecto del populismo se han escrito estos últimos años, estoy seguro de que contaríamos con graves problemas para hacernos con una cifra exacta. Sin embargo la mayoría, al menos los que han llegado a mí, suelen hablar mal de los populistas, en abstracto, sin entrar a valorar las razones que explican el fenómeno. En este artículo presentaremos una definición, que por supuesto no hemos elaborado nosotros, y explicaremos las razones para el populismo. Para ambos quehaceres nos valdremos del reciente y recomendable libro de Fernando Vallespín y Máriam Martínez-Bascuñán Populismos, publicado en Alianza Editorial. Ni que decir tiene, que os recomiendo su lectura.

Portada del libro ‘Populismos’. Fuente: Casa del Libro

Ambos politólogos son partidarios de una definición genérica de populismo. En sus propias palabras de un “tipo ideal”, una especie de “mínimo común denominador” a todos los populismos, con independencia de que estos sean de izquierdas o de derechas. La definición está escrita a modo de decálogo y consta de diez puntos. Vayamos por partes.

En primer lugar, entienden que el populismo no es una ideología sino una lógica de acción política. No importan tanto los contenidos de la doctrina sino las fórmulas o los estilos que utiliza. Eso es lo que hace posible que exista un populismo de derechas y uno de izquierdas. En segundo lugar, los populismos responden a procesos de brusco cambio social, frente a los que se reacciona invocando la necesidad “perentoria” de revertir la situación creada por estas transformaciones. Transformaciones que provocan la pérdida de la comunidad y la distorsión del sistema de mediaciones políticas. En tercer lugar, señalan que esta reacción dramatiza el momento en el que se encuentran. El estilo comunicativo está por este mismo motivo plagado de negatividad, indignación y de un espíritu “cuasi-trágico”, clamando por la restauración del orden subvertido. En cuarto lugar, apela al pueblo, que es la víctima de los problemas creados. El pueblo como una parte auténtica “contaminada por extraños” (inmigrantes, élites, o ambos). En quinto lugar, busca un antagonista, articulándose siempre bajo una polarización nosotros/ellos, pueblo/élites (o casta), los de dentro/los de fuera, los de abajo/los de arriba. Se le dota en esa distinción de un valor moral superior, culpabilizando y denigrando al otro. En sexto lugar, reniega de la visión plural de la sociedad propuesta por el liberalismo, siendo además de antielitista profundamente antipluralista. En séptimo lugar, la apelación al pueblo se envuelve de emocionalidad, aquí ponen de ejemplo la rabia o furia de la que habla Donald Trump. En octavo lugar, el discurso es profundamente “simplificador”. Se oculta tras eslóganes y no sobre policies concretas. En noveno lugar, la emocionalidad y la simplificación del discurso obligan a sus promotores a entrar en una guerra de representaciones con quienes compiten con ellos por dar cuenta del mundo. La búsqueda de la hegemonía se concreta, en gran medida, en esta lucha por ajustar las percepciones del público a los frames y definiciones de la realidad que promueve. Es por esto que atacan a la mayoría de medios de comunicación tradicionales. El medio de lucha política pública más idóneo es la “performatividad, la política postfáctica o la posverdad”. Por último, hacen referencia a la relevancia del líder, así como a la imposibilidad de confrontación de estos movimientos con un modelo alternativo con contornos claramente definidos

Sabiendo qué es el populismo, nos toca ahora tratar de explicar las causas de que estos movimientos se estén desarrollando con tanta fuerza en los últimos años. Continuamos con las referencias al libro. Allí se habla de factores socioeconómicos, de factores sociales y psicosociales y de factor político. De nuevo por partes.

En referencia a los factores económicos debemos analizar el fenómeno de la globalización y entender las asimetrías y desigualdades que esta crea. Específicamente cómo ésta ha destruido el equilibrio de fuerzas propio del pacto “social-democrático” con el desarrollo del neoliberalismo, así como los debates en torno a la pérdida de soberanía de nuestras democracias o los dramáticos efectos de la crisis económica, una crisis que genera ganadores y perdedores. Para los factores sociales y psicosociales, también situamos el término globalización en el centro de la explicación. Hace referencia a un problema de percepción, subjetivo, que se traduce en resentimiento. Se debe al “divorcio” entre poder y política, o al hecho de que la economía se haya separado del resto de la sociedad. Hablamos de irracionalismo, de una especie de nihilismo o búsqueda de nuevos chivos expiatorios que viene de la mano de la desigualdad, de las asimetrías y de la falta de gobernanza democrática. Ponen el ejemplo de cuando Trump propone la construcción de un muro para aislar a los mejicanos, o cuando en Francia se prohíbe durante el verano de 2016 el burkini. En ambos casos no se hace sino ofrecer respuestas políticas a estos sentimientos. Por último, cuando hablan de factor político, hablan de debilitamiento del gobierno democrático, de cómo la “tendencia democratizadora” se ha revertido, volviendo muchos países al autoritarismo (Turquía, México, Rusia…).  Así como de la disminución en la calidad democrática y en la gobernanza de los países democráticos. ¿Crisis de la democracia? ¿Crisis de representación? ¿Crisis de la política?

Ninguno de ellos se explica de forma autónoma, sino que se solapan, aunque todo -en palabras de los autores- revierte muy posiblemente sobre la economía como “vector de fondo determinista”.

Al principio decía que esto era un reproche, aunque lo haya convertido en un resumen del libro. ¿Hacia quién lo dirijo? También yo me encuentro resentido. No lo dirijo a los partidos populistas, para mí estos son una consecuencia inevitable de todo lo que tan acertadamente describen Vallespín y Martínez-Bascuñán. Lo dirijo a los partidos tradicionales y a los representantes políticos que con mayor o menor grado de culpa no lo han hecho todo lo bien que deberían (la prueba está en los resultados electorales de algunos países). No lo hago tanto como politólogo sino como ciudadano. No puedo culpar a todo el mundo, debería quizás ser más cauto, pero no estaría mal ver en ellos un mayor grado de autocrítica. Aunque los que somos aficionados a la política (o los que se dedican directa o indirectamente a ella) sabemos que ésta puede tener a veces efectos negativos a corto plazo, no creo que tantos a largo. Me molesta profundamente que se censure a los populistas sin explicar las causas por las cuales estos aparecen. ¿Qué me gustaría? Que siendo autocríticos empecemos a trabajar para solucionar estos problemas sin los cuales el populismo perdería su fuerza. Porque a mi juicio la democracia liberal es por definición plural, y como se afirmaba en la definición estos son profundamente antipluralistas. Y porque las respuestas a nuestros problemas, en sociedades tan sumamente complejas, son siempre mucho más complicadas.

Foto portada/Wallpaper Abyss

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