Rajoy no sigue, pero la derecha vive

Algunos habían querido enterrar a Noberto Bobbio antes de tiempo para sugerir que el regreso del eje identitario como nuevo campo de batalla había sustituido totalmente a la vieja diatriba formada por la izquierda y la derecha. Las banderas habían pasado a definir las nuevas fronteras (como hicieron antaño) ante la incapacidad de una izquierda que no lograba plasmar en políticas públicas alternativas a las del neoliberalismo sus viejas ideas para un nuevo mundo en transición desde una economía de base industrial a una de base financiera.

En España las identidades han cobrado fuerza para definirse como antitéticas, incompatibles entre sí. La crisis territorial es también la crisis de un espacio público en el que sea posible sentirse parte de dos naciones, de una o de ninguna sin perder por ello un solo ápice de la condición de ciudadanía adquirida por el mero hecho de pertenecer a un Estado democrático. Hacía tiempo que estas cuestiones habían desplazado en la agenda mediática y política a todo aquello que tenía que ver con los desafíos del país en materia social.

El nuevo gobierno (que cumple ya apenas algo más de 100 días) ha logrado al menos reducir la escalada de un conflicto que alcanzó un nivel de gravedad notable en la etapa anterior. No inmune de contradicciones y de críticas por parte de los medios más conservadores la gestión del ejecutivo ha logrado en unos pocos meses que el “govern” aceptara recuperar una comisión bilateral y con ella aquello que parecía imposible hasta hace no demasiado tiempo: el diálogo.

Sin embargo, la negociación de los presupuestos por parte del gobierno con sus socios de coalición ha vuelto a poner sobre la mesa la importancia de las profundas diferencias ideológicas existentes entre ambos que afectan, por ejemplo, a las propuestas en materia impositiva (los partidos nacionalistas conservadores no están dispuestos a aceptar subidas en el impuesto de sociedades).  Algunos actores políticos consideraron desde el primer momento que la vía del pacto de las fuerzas progresistas con los partidos nacionalistas vascos y catalanes era la mejor manera de implementar un programa alejado ideológicamente de la orientación conservadora de las políticas del anterior ejecutivo. Finalmente, y tal y como se congratulaba el propio Pablo Iglesias en su reciente entrevista en el diario El País, el partido socialista había optado por la opción que ellos habían defendido desde el primer momento. Eso sí, con algunos matices. Ahora Unidos Podemos ya no exigía formar parte del gobierno y los partidos independentistas tampoco reclamaban un referéndum de autodeterminación como condición sine qua non para dar el sí a un presidente socialista.

Finalmente, el propio ejecutivo socialista ha tenido que matizar algunas de sus propuestas más ambiciosas. Probablemente el mejor ejemplo de ello ha sido su renuncia a derogar la reforma laboral del año 2012 implementada por el Partido Popular para pasar a buscar acuerdos en torno a la eliminación de sus aspectos más nocivos. Tal y como el presidente del gobierno repetía a Ana Pastor en su entrevista en el programa “El Objetivo” de La Sexta para justificar algunas de sus rectificaciones: “Usted tiene que comprender que yo tengo 84 diputados”. `

Eduard Bernstein (al que algunos denominan el padre de la socialdemocracia) decía que el Parlamento no era tanto una representación coincidente entre las clases sociales y partidos políticos concretos sino que más bien los partidos políticos luchaban por la representación de algunas clases sociales. Es evidente que el viejo conflicto de clase marxista por sí sólo cada vez explica una menor parte de la realidad que vivimos. Sin embargo, no debemos menospreciar la importancia de la ideología a la hora de interpretar el escenario político o de hacer un análisis correcto acerca de las posibilidades de transformación de la sociedad en la que vivimos. Un Parlamento con una mayoría conservadora puede expulsar al presidente de un partido también conservador pero motivando dicha expulsión en un nivel intolerable de corrupción y en la exigencia de una forma de hacer política mucho más ética. Lo que no puede (y esto es lo que debemos empezar a entender) es revertir una obra política de cuño neoliberal con un Parlamento cuyas mayorías no han dejado de ser coherentes con la ideología de dicha obra, aunque ahora el que monte en el Falcon 900B, sea un tal Pedro Sánchez.

Foto portada/El País

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