¿Qué es hacer Ciencia Política?

La figura del politólogo es hoy en día mucho más visible para el público que hace unos años. Los expertos en ciencia política se han convertido en invitados habituales de los programas de tertulia política, la mayoría de las veces en un rol de voz cualificada, producto del aumento del prestigio que la disciplina ha experimentado en España en los últimos años. La proliferación de politólogos en los medios ha evidenciado, por otra parte, las diferencias en los enfoques de análisis que conviven en el interior de nuestra disciplina. Con ánimo explícito de simplificar y caricaturizar, podemos decir que en la ciencia política coexisten dos tipos ideales de profesional: el politólogo cuantitativista, positivista, convencido de que hace ciencia y que ahorra para tatuarse el staff completo de Politikon en el pecho; y el politólogo cualitativista, interpretativista y posmoderno cuyo sueño húmedo es irse a estudiar a Buenos Aires. Detrás de ambas caricaturas subyacen dos formas antagónicas de entender lo político y su estudio.

Javier Franzé, en su ensayo La política: ¿administración o creación?, argumenta la existencia de dos concepciones del fenómeno político en la tradición occidental. Por una parte, la política como administración, esto es, como mera gestión de realidades dadas por otras disciplinas. Esto se observa hoy en día, por ejemplo, atendiendo a la relación que determinados creadores de opinión establecen entre el campo de lo económico y lo jurídico con el campo político. Así, ser buen político sería gestionar correctamente el poder asumiendo las leyes de la economía, asumiendo que éstas vienen dadas por fuera de la esfera política, es decir, por fuera de las relaciones de poder: existen autónomamente y uno debe plegarse ante su existencia objetiva si quiere gestionar bien la comunidad gobernada. Algo similar hemos visto en los últimos meses, al aumentar en intensidad el conflicto nacional catalán, respecto a la relación entre lo jurídico y lo político. La opinión de muchos intelectuales orgánicos procedimentalistas (muchos de ellos politólogos positivistas) pasa por entender el Derecho como una esfera no sometida a discusión política sino a través de los propios cauces que la ley marca. Esto es, de facto, la subordinación de lo político a lo jurídico. Tomar las decisiones políticas adecuadas, pues, pasaría por la aplicación correcta del ordenamiento jurídico, ignorando tanto que el Derecho no es más que la cristalización de una correlación política de fuerzas en un momento histórico concreto, como que la interpretación jurídica necesaria en toda aplicación del Derecho es también un ejercicio político.

La otra concepción de la política, la política-creación, es definida por Franzé como la creación radical de comunidad, entendiendo la política como la articulación de demandas y aspiraciones en discursos y otras prácticas performativas que sirven a la comunidad para explicarse a sí misma. Esta perspectiva invierte los términos de la anterior: la política tiene primacía sobre el resto de esferas sociales, en tanto que es el campo en el que se definen, a través de relaciones de poder, significados con pretensión de aceptación general en el resto de esferas. La política, así, ordena los significados sociales del resto de disciplinas de forma tal que legitima unas u otras distribuciones de poder en el seno de la sociedad. La economía y sus leyes, según la política como creación, son el sedimento de luchas por el poder político (esto es, luchas por los significados hegemónicos), y por tanto, nada habría de científico en la ciencia económica según el uso habitual que le damos al concepto de ciencia. La ciencia económica, presentándose como tal, rotaría entre diversos paradigmas que justificarán unas relaciones de producción u otras en función del momento histórico. Es la lucha por el poder, pues, la que necesita de significaciones especializadas (técnicas, como en la economía y el Derecho) para legitimar un orden social concreto, y es por tanto en dicha instancia política donde las ciencias se arrodillan ante las necesidades discursivas que el devenir político impone.

Entre estas dos concepciones de lo político y los dos tipos ideales de politóloga descritos al inicio del artículo existen paralelismos. La ciencia política positivista se considera, grosso modo, una disciplina análoga a la ciencia natural. Hay varias similitudes de enfoque: la aplicación de la matemática para la elaboración de modelos, la creencia en la posibilidad de descubrir vínculos causales a través de aquéllos, la concepción del objeto de estudio como algo existente independientemente de nuestra concepción del mismo, etc. No es de extrañar que este enfoque encuentre afinidad inmediata con el positivismo economicista o con el enfoque mecánico y sistemático del Derecho, ambas disciplinas que rechazan la lógica de la contingencia, vector director de la política-creación.

Entendamos, en pos de la paz civil en el interior de la ciencia política, que ambos enfoques son complementarios, no excluyentes, e iluminan diferentes aspectos del fenómeno político en las sociedades. No acusaré aquí al positivismo en ciencia social de ser reduccionista, mecanicista, cargado de ideología a pesar de sus aspiraciones objetivistas, etc. Hablemos, por otra parte, de cómo hacer ciencia política cualitativista una vez que se ha renunciado a la posibilidad de estar por fuera de la lógica de la contingencia discursiva y asumida la primacía autónoma de lo político. En ese sentido resulta esclarecedora la lectura de ¿Qué es el análisis político? Una propuesta desde la teoría del discurso y la hegemonía, paper académico de Íñigo Errejón, en el que propone el análisis político científico como el análisis de los elementos constitutivos del discurso con el que los actores políticos buscan la generación de sentido común colectivo afín a su proyecto de ordenación social. En sus propias palabras:

Las identidades políticas, los alineamientos que ordenan el campo político de una sociedad dada, no se derivan en modo alguno, ya hemos afirmado, de condiciones naturales, sino que son el resultado de prácticas de construcción. El análisis político debe ser capaz de identificar las principales narrativas o discursos que pugnan por explicar los hechos sociales y producir, en torno a ellos, unas u otras actitudes o comportamientos. Se trata de aislar, de entre todo lo dicho, actuado y generado, aquellos dispositivos que generen los sentidos más compartidos, los que en la práctica orienten más las percepciones y valoraciones políticas de los ciudadanos.

 Para captar y analizar esos elementos generadores de sentido de todo discurso político, Errejón recurre a la obra de Ramón Máiz, quien en diversos trabajos distingue en toda narrativa productora de sentido político algunos rasgos clave: una fronterización nosotros-ellos que define quiénes son víctimas de una injusticia y quiénes son responsables de la misma; una propuesta creíble de solución para el problema señalado; y una serie de aglutinantes simbólicos que generan identidad colectiva, siendo clave el significante que designa el “nosotros” (pueblo, clase trabajadora, ciudadanía, raza, etc.).

En resumen, la ciencia política desde una perspectiva del análisis del discurso no pasaría por el descubrimiento de verdades en forma de correlación estadística o por la pretensión objetivista y ajena a la ideología del análisis positivista, sino por la descripción de las identidades políticas que aspiran al poder en una sociedad concreta, así como el análisis de los elementos clave que estructuran el discurso con el que aspiran a tomar por asalto el sentido común.

Foto portada/Público.es

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