PSOE: ser o no ser, ésa es la cuestión

Nos encontramos a menos de un mes para la disolución de las Cortes Generales y la consiguiente convocatoria automática de elecciones (serían las terceras en un año). Durante el espacio de tiempo transcurrido desde los segundos comicios estatales celebrados el 26 de junio, más allá de la aritmética parlamentaria de sobra conocida, hemos asistido, como hechos más relevantes, a una nueva investidura fallida (esta vez de Rajoy), a unas elecciones autonómicas en Galicia y Euskadi y, como madre de todos los acontecimientos, el sainete tragicómico protagonizado por el PSOE la pasada semana.

En la línea de lo que he escrito tiempo atrás acerca del PSOE, éste y sus dirigentes no han sabido, no han querido o no se han atrevido a aceptar y afrontar que tienen a su izquierda una fuerza política que les ha mirado de tú a tú, que no ha aceptado una posición de subalternidad. A este factor, a mi entender el más importante, debemos sumarle otros que pueden ayudar a entender el estado actual de la longeva formación. Estamos hablando de la ausencia de un liderazgo claro y aglutinador de voluntades así como la falta de un discurso alternativo (en lo económico, político y social) a la hegemonía neoliberal que tantos estragos en forma de desigualdad, paro y exclusión está causando a lo largo y ancho de la Unión Europea y que ha hecho tambalearse el armazón ideológico que daba cuerpo a la socialdemocracia. En clave estatal este último factor tiene otra línea de fractura, que no es otra que la cuestión nacional y territorial con Catalunya como su máximo exponente.

Una vez esbozado el contexto cabe abordar lo que en el título de este artículo, parafraseando a Shakespeare, planteo: “Ser o no ser, ésa es la cuestión”. Además el momento es ahora. El tiempo de escurrir el bulto o tirar el balón hacia delante se ha acabado. Los ‘vencedores’ (por el momento) de la guerra de poder interna que ha acabado con Pedro Sánchez fuera de la Secretaría General deben dejar la cobardía a un lado y asumir los costes políticos de la decisión que tienen tomada hace tiempo. Esta decisión no es otra que la de buscar una fórmula de abstención para dejar gobernar al PP y pasar, posteriormente, a la oposición.

Lo que ocurre es que los planes no siempre suceden como uno/a tiene pensado. Los llamados “críticos” pretendieron, desde un primer momento, que fuese Sánchez quien estuviera al frente del PSOE en esa abstención. De este modo, la eterna candidata y lideresa sureña, podría postularse por aclamación a dirigir el partido en un cercano Congreso Federal. Pero Sánchez salió respondón y rompió el guion que le habían diseñado quienes le auparon a la Secretaría General. No lo hizo por convicción o por ser más de izquierdas que sus ‘compañeros’ de partido, tampoco apeló a la militancia por su ‘espíritu democrático’. Lo hizo, simplemente, porque sabía que plantear ese gobierno alternativo que ya había fracasado con anterioridad y que estaba abocado al fracaso, era el único modo de poder seguir siendo el candidato en unas hipotéticas terceras elecciones.

Tras el 20D, el foco del bloqueo y de las ansias por tocar poder se pusieron sobre Podemos (el enemigo a abatir). Pero el tiempo ha dado y quitado razones. Pese a que, todavía hoy y durante todo este periodo, escuchamos a miembros destacados del PSOE como Antonio Hernando u Óscar López culpar a Pablo Iglesias de ser quien imposibilitó un ‘gobierno de cambio’, sólo hay que escuchar la entrevista a Felipe González (ya celebradas unas segundas elecciones) en la Cadena Ser, que desencadenó todo el reguero de dimisiones, para entender que a Sánchez jamás le iban a permitir explorar con libertad una opción real que incluyese a Podemos.

Por eso hablo de la valentía, si el sector de Susana Díaz considera que lo mejor para el PSOE es abstenerse y pasar a la oposición para recomponer y repensar su proyecto político, que lo digan abiertamente y que dejen los circunloquios y los eufemismos a un lado. Es legítimo, aunque a mi entender equivocado, pensar que lo mejor para su partido y para el país es permitir que el partido de la corrupción gobierne y desechar, de este modo, cualquier otra opción alternativa al PP.

Quienes respaldaron en el Comité Federal el NO a Rajoy en la investidura disponían de toda la información en ese momento y ahora y sabían cuáles eran las opciones. Conocían la aritmética y también la consecuencia lógica de sus 3 noes (no a un apoyo o abstención, no a un gobierno alternativo y no a unas terceras elecciones).

Como reflexión final me planteo varios interrogantes. Quienes apelan a la responsabilidad de Estado y hablan de anteponer los intereses del país a los partidistas o personales ¿se dan cuenta de que están asumiendo que lo mejor (o lo menos malo) para España es permitir que siga gobernando un partido imputado? ¿Se dan cuenta de que va a volver a ser presidente una persona que aparece en un listado como receptor de sobresueldos en dinero negro? ¿Saben que se va a seguir dócilmente la agenda marcada por Bruselas que ahondará en las políticas de recortes en servicios básicos llevando a la exclusión a miles de familias?

Pues si lo saben, sean valientes y asuman las consecuencias de sus decisiones y díganlo sin complejos, si es que pueden y no se les cae la cara de vergüenza.

Foto portada/Flickr PSOE

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