¡¡Que el poder no nos robe el lenguaje!!

Hablaba hace un tiempo sobre cómo en las denominadas democracias representativas se nos vende como representación lo que de facto es una delegación de la soberanía popular en una minoría parlamentaria, y deberíamos ser conscientes de que la diferencia entre uno y otro concepto es tan significativa como la que existe entre el mantenimiento y la pérdida, o mejor el robo, por hablar con precisión, de tal soberanía. Es una treta lingüística desmontable con sólo tener un diccionario y una mínima capacidad de razonamiento, pero la máxima goebbelsiana funciona a la perfección; aquí y en la China Popular, que dijo aquel. Pero no se vayan todavía que aún hay más.

Muy relacionada con esa misma confusión se halla otra de las grandes triquiñuelas semánticas de nuestra era: denominar democracia al sistema político en el cual un parlamento legisla y un gobierno ejecuta sin consultar al pueblo y, más grave todavía, sin que éste pueda pedir responsabilidades legales aunque tales instancias incumplan su programa electoral, y mejor ni hablemos de las promesas realizadas al calor de un mitin. En esas condiciones la magnificencia de un concepto que refleja el ideal político supremo, el poder igualitariamente distribuido entre todas y cada una de las personas que conforman una comunidad política (con la única excepción de quienes no se considera con una capacidad racional suficiente), queda liliputizada en poco más que la prerrogativa de elegir oligarcas para cuatro años.

Un tercer fraude es la utilización de los términos “socialismo” o “socialista” para referirse a los partidos que así se autodenominan en muchos de los países de nuestro entorno aunque, concretando en el caso del estado español, no se le conoce socialización alguna, no pasa de socialdemócrata en su discurso, y ni siquiera llega a tal condición en su praxis, pues su acción de gobierno en el estado español se ha caracterizado por privatizar a diestro y siniestro. No es difícil comprobar que la RAE define el socialismo como el “sistema de organización social y económica basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y distribución de los bienes” y, no debería hacer falta que lo diga, eso de “colectiva o estatal” no puede significar más que pública y no privada. Es fácil entender, por tanto, que ese partido no es lo que dice ser, pero así se le sigue denominando incluso desde sectores ideológicos realmente socialistas.

Y otra de las argucias con las que a base de su repetición nos hacen comulgar con ruedas de molino es hacer pasar por “austeridad” el proceso de recortes presupuestarios en los servicios públicos, cuando el diccionario nos dice que austero es “sobrio, sin excesos”. Tendríamos que deducir de ello que, en un pasado no muy lejano en España, hemos dedicado un excesivo gasto a la sanidad, la educación o la asistencia a la dependencia. Nada que ver con la fantástica inversión de 40.000 millones de euros en líneas ferroviarias de la segunda red mundial de alta velocidad en cuanto a número de kilómetros, sólo superada por la gigantesca China, para que el 1% de los desplazamientos se hagan en un rápido, cómodo y elitista medio de transporte. Ni con los más de 11.000 millones anuales que religiosamente pagamos a la Iglesia católica. Ni, por supuesto, con las pensiones vitalicias de nuestros nunca bien ponderados ex-presidentes y ex-ministros, o con tantas otras cosas. No creo que sea necesario advertir de lo irónico de estas afirmaciones pero, aun así, seguimos declarándonos anti-austeridad y hablamos incluso de austericidio, sin pararnos a pensar que la austeridad nunca mata, porque ningún gasto capaz de salvar vidas puede considerarse un exceso.

Sin duda, que las élites traten de engañar, de forma legal o ilegal, moral o hasta inmoral, para mantener sus privilegios entra dentro de la lógica del poder. Nada nuevo bajo el sol. Y que gran parte de la población, con escasa formación o simplemente con una raquítica cultura política, caigan en la trampa es previsible y comprensible. Lo que no puede entenderse es que gente formada, que sabe discurrir, que conoce el significado de representación, democracia, socialismo o austeridad -como de tantos otros ejemplos que podrían citarse-, politólog@s, periodistas, o simples ciudadan@s con formación e inquietudes políticas, aun siendo conscientes de que esos términos son utilizados de una forma absolutamente torticera, por no decir intencionadamente falsa, hagan exactamente lo mismo. Porque eso supone aceptar las trampas del rival, renunciar a nuestras mejores armas, entregárselas al enemigo y perder así cada una de las batallas discursivas de la lucha política hasta firmar la sentencia de muerte de toda transformación social.

¿O es que alguien cree que se puede acabar con un sistema que goza de la legitimidad de ser una “democracia” aunque sea evidente que unos pocos mandan y la gran mayoría sólo podemos callar y obedecer o sufrir el estigma de ser tachad@s de “antisociales”? ¿Cómo es posible que colectivos que se reconocen en el anarquismo, ideología que defiende la más pura forma de democracia, editen un texto titulado “Contra la democracia” y, más aún, se convierta en un libro de culto? ¿No es evidente que así le estamos poniendo nuestro cuello en bandeja al enemigo?

¿A quién podemos convencer de que el capitalismo es excluyente si se piensa (¡¡y además contribuimos a ello!!) que puede albergar gobiernos “socialistas”? Y no sólo eso, pues al mismo tiempo les dejamos todo el campo libre para el contraataque: “¿acaso el socialismo sería tan tolerante de aceptar un gobierno capitalista?” La estrategia-bumerán con la que nos pegamos un puñetazo en nuestra propia cara.

¿Por qué nos roban los conceptos y en vez de disputarles la semántica les seguimos el juego? ¿Aún no nos hemos dado cuenta de que el éxito de una opción política pasa por su hegemonía cultural? ¿Gramsci existió o sólo fue un sueño? ¿Aprendimos algo de Goebbels?

Escrito por Toni Yagüe (València, 1975). D.E.A. en Psicologia Social, Màster en Investigació d’Opinió i Consum, i en Economia Social. Activista socio-polític a diversos col·lectius (Assemblea 15-M de Torrent, C.S.A. La Llavor, Cooperativa Integral Valenciana A Tornallom, Xarxa de Persones i Col·lectius en Lluita,…).

Foto portada/androidayuda.com

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