Podemos y El hombre que mató a Liberty Valance

Ayer estaba viendo un  clásico del cine, un western dirigido por el magnífico John Ford y con un reparto de lujo: el inolvidable John Wayne junto a otro de los grandes, James Stewart. Sin entrar a valorar cinematográficamente esta pedazo de obra maestra, os contaré que además de una gran historia de amor (Wayne y Stewart se disputan el amor de una bella Vera Miles) y ser cine puro y duro (donde la sencillez del film esconde su enorme complejidad), la historia que nos cuenta Ford, que se sitúa en el Salvaje Oeste de unos Estados Unidos aún en formación, nos sirve para traer a colación un debate que, desde luego, es de largo recorrido y que ha aportado unos ricos elementos para tratar las cuestiones de la política transformadora en estos días en que, como el viejo sardo diría, lo viejo no acaba de irse y lo nuevo no acaba de llegar.

Que el grupo liderado por “Coleta Morada” y sus correligionarios han revolucionado la manera de entender la política es evidente. Ahora viene la pregunta: ¿después de la conquista de los cielos que viene? Toca gobernar y fijarse objetivos. Pero, sobre todo, la tarea más ardua a la que se enfrentarán será mantener el poder y no porque sean unos malvados bolivarianos a sueldo de Maduro que quieren perpetuarse en él, sino porque como un sabio florentino (muy denigrado hoy en día) dijo una vez “es la tarea fundamental del político” o, en todo caso, de un proyecto político. El poder es una cosa sucia señores, eso lo sabemos, pero es necesario para cambiar nuestras sociedades dominadas por el neoliberalismo. Otra cuestión sin responder es que, por mucha mayoría absoluta que la flamante coalición consiga algún día y su posible acceso al gobierno (a las sillas, sic.), seguramente deberemos volver a pronunciar las sabias palabras de Allende: “No hemos elegido el terreno, lo hemos recibido, tenemos el gobierno pero no el poder”.

Y gobernar en un Estado democrático (sic.) se hace través de leyes que se supone, representan la voluntad general. Y aquí quería llegar para explicaros porque El hombre que mató a Liberty Valance y Podemos están relacionados. Resulta que la película es una plasmación perfecta de una clase de Derecho. James Stewart representa a un joven abogado idealista (Ramson Stoddar) que llega al Salvaje Oeste y su primer encuentro es con un bandido (Liberty Valance) que le hace saber después de atracarle que las leyes no sirven en Shimbone, algo que se repetirá a lo largo del film mostrándonos la crudeza de la realpolitik. Que el poder no reside en un papel sino en la boca de los fusiles, diría Mao. Es decir en la capacidad de imposición. La lucha de nuestro abogado por hacer valer la ley es memorable, elabora su propio cartel donde indica: “Ramson Stoddar, licenciado en leyes”, a lo que su rival y amigo Tom Doniphon (John Wayne) le advierte de las consecuencias que le traerá: “Cuélgalo en una puerta y deberás defenderlo con un revolver”.

Pero nuestro quijotesco personaje no se resignará a tener que usar la fuerza para protegerse a él mismo (el bandido le persigue) y a la comunidad. El protagonista sin quererlo ni verlo se ha convertido en un protector de los débiles. Vais viendo por donde voy, ¿no? Y lo hará porque es una cuestión de Justicia, y esta implica la igualdad entre los hombres y la libertad para vivir en paz sin los atropellos constantes del bandido, es decir, los de siempre, la casta, los oligarcas. Y que ésta se debe conquistar a través de la democracia y no por la fuerza, no hay que matar a Liberty Valance sino encerrarlo.  Entonces les podríamos preguntar a nuestros queridos yanquis qué prefieren, si el monopolio de la violencia legal o el derecho a portar armas libremente.  En estos EEUU prevalece la ley del más fuerte y si no te gusta que te roben o que quienes tengan más recursos puedan hacer que te sometas a sus normas puedes elegir entre marcharte o que te peguen un tiro. Ramson se esforzará una y otra vez por enseñar a la población las reglas básicas de la democracia y la necesidad de dejar de regirse por la regla de quien aprieta el gatillo más rápido. Ramson consigue traer la “ley y el orden” pero primero ha necesitado batirse con Liberty y matarlo, con alguna que otra ayuda que creo mejor no desvelar por si el lector prefiere descubrirlo por él mismo. Y entonces llegamos al pesimismo de la inteligencia. No es posible la libertad y la igualdad sin el poder, siguiendo a Bobbio: violencia. La política es batalla y su base es el poder, lo que implica necesariamente violencia. Es algo que hemos ido aprendiendo con la historia, los débiles no podrán gobernarse sólo erigiéndose a sí mismos como los justos, como los legítimos dueños de su trabajo y su vida. Una legitimidad legítima sin poder es impotente. Ya nos lo advirtió Robespierre.

Las preguntas que nos hace plantearnos la película ponen en cuestión pilares de la política revolucionaria del siglo pasado. ¿Puede el Estado de Derecho ser el garante de los débiles frente los fuertes? ¿Puede la ley no ser, per se, burguesa e hija del diablo? Lo mismo con la libertad de prensa, algo que no he comentado pero que aparece en la película, la lucha de un periodista del pueblucho por publicar lo que sucede cada día y que tendrá problemas con Liberty Valance (es el mejor villano que he visto) que hará todo lo posible para que su figura no sea humillada en el periódico. Pero ¿acaso la Ilustración no nos trajo unos instrumentos para gobernarnos a nosotros mismos que, en sí mismos, son muy buena idea? El problema es que siguiendo a Liria que la ha liado en estas semanas con su libro En defensa del populismo, con el capitalismo y la lucha de clases estas mismas no han sido capaces de imponerse y en este sentido Pablo Iglesias explicaba que lo que más molestaba al Régimen es que el suyo fuera un mensaje netamente democrático, es decir, ilustrado: con un Estado de Derecho que de verdad represente a la figura de la señora Justicia (ojos vendados y una balanza), con una libertad de prensa no sometida al látigo de Liberty Balance (o del mercado). Pero, de momento, lo que ya sabemos es que el proyecto revolucionario de la burguesía fue enterrado, y su funeral ha acabado por traernos esto que llamamos posmodernidad.

Evidentemente una visión ilustrada del Derecho se enfrentará siempre a Schmitt y su provocadora teoría que identifica la soberanía como la capacidad de dar muerte y que, por tanto, es una potencia exterior al Derecho, lo que implicaría que el soberano puede salirse del marco jurídico y aplicar el poder desnudo: matar. El soberano es autorizado por la ley para suspenderla. La excepción fundaría la norma. Este es el lugar que lo no jurídico conserva en la afirmación de la ley. Y no es que no quiera darle la razón, el problema es que si es así y el Derecho no es más que <<La voluntad racionalizada del soberano>>[1] el proyecto humano que se había vislumbrado con la Ilustración es un timo. Y siempre nos encontraremos con cosas como el GAL. ¿Podremos entonces diferenciar al patriota del terrorista? ¿Sabremos diferenciar los Ramson Stoddar de los Liberty Valance?

Ahora toca hacer leyenda, porque como se dice en el film “Aquí, cuando la leyenda se convierte en hecho, se imprime la leyenda”.

Foto portada/ Extraído de extravaganciasblog.wordpress.com

[1] Iglesias,P.(2013) Maquiavelo frente a la gran pantalla. Cine y política.

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