Pan y política

La política y el entretenimiento han ido alterándose según su exclusividad. En el elitismo del sufragio censitario, tanto la política como el entretenimiento aristocrático, estaban destinados a un sector reducido de la población. Las bellas artes o la alta cultura menospreciaban la cultura de masa por su nula complejidad.

A partir del siglo XX la política, mediante el sufragio universal y el entretenimiento, por el surgimiento del periódico, la radio y la televisión, se encauzaron hacia un mismo objetivo: la mediocridad.

Este hecho obliga a integrar una capa más en la tipología de “políticos profesionales” que mencionó Weber en su célebre libro “el político como vocación”. El último estrato Weberiano era el del jurista, aquel profesional que podía hacer valer como bueno un asunto mediante argumentos frágiles. Este era, según el sociólogo, el demagogo como figura típica de las democracias occidentales. La americanización de nuestra cultura nos lleva a una sexta capa, la del tertuliano. Esta nueva figura, envuelta en un escenario de fácil palmoteo, le lleva a ausentarse de los juicios de valor, colaborando con la peligrosa simbiosis entre los esquemas ideales y realidad. La confusión y la ignorancia se sirven como postre mientras invitan a la audiencia a seguir con su plebiscito televisivo, carente de reflexión y reforzando, en palabras de Ortega y Gasset,  la hemiplejía moral.descarga

Por ello y a mi modo de entender, desde el inicio de la crisis, nos han sumergido en una dictadura retransmitida, basada en la utilización de la emotividad de las masas. La ausencia de disertación en manos de la doxa, opinión vacía, crea una masa rebelde que se niega el derecho a forjarse el esfuerzo de la reflexión. La preocupación es mayor cuando el envilecimiento de la masa es contenido, transmigrando del ágora al sofá, reclamando como primer derecho la vulgaridad. El incesante bombardeo de información y los momentos que acontecen privan al ciudadano a discernir lo útil de lo inútil, lo verdadero de los falso, a tener memoria y lo que a simple vista parece contradictorio, usurpa a la opinión pública a opinar.

La nueva forma de entretener y hacer política arrebata también la exigencia de insurrección, obligación moral en tiempos de grandes desigualdades sociales. Los revolucionarios del hoy no escriben panfletos ni asaltan palacios, son moderadores que regulan técnicamente la subversión, una desestabilización domesticada que rinde culto a su cuota de audiencia.

En cuanto al actor político ya no obtiene de la política su subsistencia, vive para ella de su público, de los focos del escenario. La contraprestación de su remuneración es prescindir de la prudencia, la única legitimidad existente en el circo televisivo es el carisma y la verborrea, por ello el deber moral de la verdad desaparece. La búsqueda incesante del aplauso y la aprobación ordinaria refuerza el concepto de Bordieu, la dominación simbólica. Las consecuencias son previsibles, el actor político se deja arrastrar por la pasión, ya no existe la ética de la responsabilidad, tan solo la ética del espectáculo, donde la conciencia de lo que no es posible se diluye. El deber de la frialdad como necesidad de mesura, de reflexionar guardando las distancias, se oculta en el camerino.

Es difícil encontrar una solución a la crisis de percepción, de conocimiento y disertación que atravesamos. No estamos educados para cultivar un pensamiento crítico, dicha virtud no cotiza en bolsa, no es atractiva para el mercado competitivo y aún menos a un status quo que agoniza.

Por tanto, ¿Hacia qué democracia nos dirigimos? Percibo dos alternativas antagónicas. La primera, favorita del gobierno actual, es una democracia legalista. Es aquella democracia, defendida porhumanistas” como Hayek o Nozick, que dejan en manos de la élite política y social las riendas de la deliberación. La sociedad civil, por el bien de la estabilidad, tiene que permanecer desmovilizada, pasiva. Los medios de comunicación y el buen decir de los tertulianos ya se encargarán de dirigir con rectitud la elección de los votantes cada cuatro años. Cuando los hijos de la democracia se rebelen contra el paternalismo político siempre quedará el azote de organismos supranacionales como la Comisión Europea.

La segunda disyuntiva sería aquella democracia deliberativa sustentada por los razonamientos de Hanna Arendt. Es el regreso al ágora, a la especulación interna, a la rebelión del pensamiento. El movimiento 15-M es la materialización de este modelo. Una sociedad civil involucrada en la res pública, participativa, la llamada gobernanza democrática.

Este año será decisivo para saber qué modelo democrático acontecerá. Sobre todo para conocer si los nuevos partidos políticos tienen como finalidad el segundo modelo o utilizan la dictadura de la mayoría para alcanzar el legalismo de la minoría. Un hecho es evidente, la solución no reside en los platós de televisión.

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