Pactos por el cambio climático

El pasado 12 de diciembre de este año que se acaba, los gobiernos de 195 naciones del mundo finalmente decidieron trabajar de forma conjunta, fusionando sus políticas en la lucha contra el cambio climático, con el fin de elaborar un acuerdo que materializara la clausura de una asamblea histórica en París.

A pesar de que sabemos y tenemos constancia (científica, por si aún queda alguna duda) de que este problema nos afecta desde hace más de cuatro décadas, me parece una insolencia que se hayan dignado a paliar los daños ahora, cuando muchos de los efectos son ya irreversibles e irrevocables.

Aunque es un gran paso adelante comparado con anteriores pactos al respecto, este texto goza de un margen sin restricciones legales y de esta manera, los países que más males causan al medio con sus acciones, consiguen evitar la responsabilidad. Esta denominada “convención” contra el cambio climático, es únicamente una conjunción de voluntades.

En ella se han deliberado y discutido formas, medidas y políticas de forma multilateral, para reducir y minimizar los perjuicios que, durante tanto tiempo han causado al medio ambiente las actividades no controladas de grandes empresas, industrias e incluso, personas individualmente consideradas.

El aumento de la temperatura y del nivel del mar se reputaba un cuento fantástico más. Si bien parecía que aquellas nefastas repercusiones no llegarían, ahora somos conscientes de la desproporción y desmedida de los fenómenos naturales a los cuales nos enfrentamos, de las drásticas alteraciones de las condiciones climáticas, la desertización del territorio y la gran pérdida de la biodiversidad. Creo que hoy en día, las consecuencias de no actuar están claras.

Sabemos que quemar el bosque no es una conducta correcta, y que tampoco está bien contaminar el medio mediante con la emisión de gases tóxicos. Sin embargo (me gustaría pensar que sin querer), lo continuamos haciendo. De hecho, de la misma forma sabemos que matar se considera un comportamiento que no está aceptado y que se debe castigar en el caso de que alguien lo lleve a término.

Mediante una especie de pacto realizado hace mucho tiempo, la humanidad se puso de acuerdo para poder evitar acabar con la vida de otras personas: exactamente igual que con esta conjunción de voluntades frente el cambio climático. Es decir, los seres humanos nos permitimos transferir parte de nuestro poder a la comunidad; cedimos parte de “hacer aquello que nos daba la gana” con la finalidad de disfrutar de más seguridad, perfilando así una de las ventajas que la colectividad nos aporta.

Si con el pacto que prohíbe matar, a pesar que imponga restricciones a las propias libertades, aseguramos la vida a nuestros semejantes; ¿por qué no hay ningún acuerdo de valor equivalente que delimite y limite las conductas destructivas hacia nuestro entorno, el medio en el cual vivimos?

Las grandes convenciones sobre derechos humanos, tortura y discriminación por ejemplo, han desarrollado sanciones y penalizaciones para aquellos que no siguen las normas impuestas por el acuerdo de voluntades del que hablo. Me atrevería a decir que el derecho a la vida o a la dignidad, ciertamente gozan del mismo estatus o rango que el derecho a la naturaleza: ambas nociones son complementarias e incluyentes; ya que sin una, la otra carece de existencia propia.

Respecto a la reciente “Convención Marco sobre el Cambio Climático”, ya desde un primer momento se advirtió que las decisiones, disposiciones y acuerdos que se tomaran no serían vinculantes. El derecho ambiental internacional se enmarca en instrumentos de soft law, es decir, se basa en declaraciones y principios o prácticas no obligatorias que únicamente incentivan y motivan ciertos comportamientos beneficiosos, sin llegar casi nunca al castigo e imposición de sanciones.

No desearía pretender invertir el aspecto benevolente y positivo de estas consideraciones, intrínsecas e inapelables al estudio del medio ambiente y natural, pero la reflexión es necesaria cuando nos percatamos de que uno de los motivos decisivos de la adhesión y formalización del texto definitivo por parte de todas y cada una de las naciones participantes en la Convención, ha sido la corrección de una palabra: “deberán” (shall) a “deberían” (should).

Para entender el mensaje final, se deben tener en cuenta los significados implícitos que estos dos vocablos presuponen. Este pequeño cambio nos ilustra que en este ámbito se sigue prefiriendo la no obligatoriedad y la falta de responsabilidades de un término en condicional, frente a la autoridad y fuerza que se sobreentiende de un tiempo verbal en futuro simple, cierto y con consecuencias fácticas en el caso de su no cumplimiento.

Una vez más, queda patente el hecho de que los intereses propios se colocan por encima de una defensa amplia de la colectividad, con manifiesta incapacidad de sacrificar una mínima parte del poder particular de forma inmediata. Para asegurar el bienestar de generaciones futuras, es necesario dejar de pensar y actuar como lo hacíamos hasta ahora. Se requiere una avenencia de voluntades que culmine con un compromiso REAL, con la posibilidad de extender sus efectos y punir la desobediencia, si es el caso.

Foto principal: sostenibilidad.semana.com

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Por Marta Mansanet Cánovas (Alcoy, 1993), estudiante del Doble Grado en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Valencia. Comprometida con la naturaleza y el medio ambiente, plenamente volcada en el estudio de medidas, estrategias y aspectos legales relacionados con la sostenibilidad y el ecologismo. Aspiro a vivir y en un mundo mejor.

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