Obrero desencantado busca partido, y lo que surja

Sucede religiosamente desde hace varios lustros, con una contundencia y una puntualidad que roza lo inquietante, para gozo de unos, y pesar de otros muchos, entre los que me incluyo. Cada proceso electoral, con independencia del contexto y el lugar, parece suponer una nueva tortura para los partidos progresistas. Lo hemos visto en Italia, Alemania o España, con sendos varapalos para los socialistas, cuyas fugas no terminan de ser capitalizadas por los partidos a su izquierda. Por no hablar de Francia o Austria. Paradigmáticamente, con la honrosa excepción de Portugal, habría que remontarse a 2015, con Tsipras, para encontrar algún simbolismo al que agarrarse y del que enorgullecerse. Y no hace falta explicar cómo ha terminado el gobierno griego, por desgracia. Bueno, siendo franco, debo reconocer que también sentí un cierto alivio con las elecciones británicas, lo cual es genial para comprender el asunto en cuestión: alegría desbordada ante un segundo puesto insuficiente, pero que al menos ponía las bases de un futuro triunfo, en la figura de un convincente Jeremy Corbyn. Derrota, al fin y al cabo.

Porcentaje de voto obtenido por partidos progresistas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si tuviéramos que escoger un fenómeno como núcleo central de todo este desastre, probablemente tocaría centrar la mirada en la -casi mitológica- relación entre los partidos de izquierda y los obreros, antaño vinculados a la tradición progresista y al sindicalismo, pero que hoy se sentirían desencantados y abandonados por unos partidos que ya no les representarían. Ello habría generado una autoflagelación inusitada alrededor de este hipotético hecho, que tendría reflejo en comicios como el norteamericano o el francés, donde Trump y Le Pen habrían arrebatado el votante obrero a las izquierdas; estas reaccionarían con frustración ante la ruptura de un determinismo (“no hay nada más tonto que un obrero de derechas”) que entendía como inherente: somos la representación de los débiles y oprimidos, y es ilógico que los mismos nos den la espalda. Y si sucede, cabe retornar al pasado y recuperar el discurso de clase como estrategia discursiva, obviando que nuestras estructuras sociales ya no son las mismas que hace un siglo. Como poco, tengo mis dudas.

Comparación entre voto obrero y voto total a partidos progresistas

No pretende el artículo colocar sobre la mesa una ponderación que sirva para diagnosticar y solucionar los problemas de una familia política en crisis (¡más me gustaría!), y en esta misma página encontraréis artículos geniales sobre problemas como la elitización, la falta de proyecto, o el efecto de la globalización en nuestros horizontes. Asumo de antemano la posibilidad de que el artículo quede ahogado en una temática tan imponente, falto de continuación. Pero profundizar en esta grieta podría ser interesante: parecen estar creciendo monstruos en forma de partidos xenófobos, anacrónicos y propios de un tiempo pasado que creíamos olvidado, al albor de la crisis de la izquierda.

Se trata de un relato sostenido y con buena parte de razón, como veremos, pero considero necesario puntualizar, antes de introducirnos, el hecho de que perciba la existencia de una izquierda ortodoxa empeñada en culpabilizar, fruto de la añoranza de un pasado ganador, a la excesiva atención que los partidos progresistas han ofrecido a fenómenos como el feminismo o la inmigración como elemento causante de la teórica – desconexión entre izquierda y clase obrera, que preocupada por la situación, habría terminado abrazando a la extrema derecha. Subyace, a mi juicio, una especie de resentimiento a quien, día a día, ayuda activamente a construir mejores sociedades, por salirse de determinada hoja de ruta, alimentando según qué relatos. Por ende, es necesario relativizar ciertos fenómenos y actuar con cautela: no, no fue el voto obrero lo que hizo vencedor a Trump, ni el votante socialista el que ensalzó a Le Pen, a modo de ejemplo. Y no podemos olvidar que buena parte de los trasvases sobre estos partidos provienen de partidos conservadores o liberales. La autocrítica en la izquierda debe anclarse también en la cautela y el rigor.

Adentrándonos en el tema, históricamente los partidos tradicionales de extrema derecha estaban formados, fundamentalmente, por la pequeña burguesía, destacada por su antisocialismo y su demanda de orden, encuadrada en una esquina residual del tablero político, y habitualmente vinculada a actos de violencia. Poco a poco, sin embargo, (siendo importante señalar que se dio mucho antes del cataclismo de 2008) sufrieron una proletarización de su electorado, amparada en un cambio en la oferta política, que vinculó dos elementos: Chovinismo de Bienestar y xenofobia.

Posición familias políticas (1999-2014)

En primer lugar, podemos observar una gran volatilidad en materia económica (desviación estándar, en el gráfico previo), como más adelante confirmaremos, pero que no oculta un elemento bastante reseñable: los partidos de extrema derecha han aumentado considerablemente el número de propuestas en favor de ensanchar el Estado de Bienestar, por sorprendente que parezca, y se muestran más favorables a la redistribución que otros partidos conservadores (si bien el nivel de importancia otorgada es bajo). Podría parecer, por ende, que su expansión en ambientes previamente proclives a la izquierda se debe a una desatención institucional, que terminaría por provocar desigualdad y exclusión social, con varios grupos sociales culpables de la situación (políticos e inmigrantes, básicamente). Sin embargo, podríamos estar descuidando un elemento que se nos escapa, y que podría terminar siendo clave para explicar por qué Le Pen, el FPO o el Partido Popular Danés son fuerzas tan potentes en sus países de origen, pese a las características de los mismos (gasto potente, desigualdad moderada o baja, un Estado de Bienestar bastante útil, pese a evidentes deficiencias), como explicaremos al final del artículo. Por si hubiera alguna duda, la especial característica de Chovinismo de Bienestar es la forma de repartir las transferencias sociales y los beneficios, que quedarían fuera del alcance de determinados colectivos, estigmatizados por el camino. Pareciera, pues, que este elemento es más bien un refuerzo del rechazo central de estos partidos a dichos nichos poblacionales, más que el resultado de un giro ideológico que les hubiera llevado a abrazar las bondades de un proyecto económico intervencionista preocupado por los más débiles. De hecho, continúan siendo una familia política extremadamente variopinta, tanto en lo propositivo como en su composición electoral, respondiendo a algo cercano a un equilibrio entre obrero y pequeña burguesía (tradicionalmente liberal).

Apoyo a expandir el Estado de Bienestar

Y aquí es donde la evidencia reciente juega un papel clave a la hora de ordenar este entramado de ideas alrededor de la agenda pública, que es determinante para conocer la posición del partido. Cuando elementos como la redistribución o la desigualdad no son relevantes en el día a día del conflicto político, tienden a utilizar este margen para alinearse en materia económica con los partidos conservadores, con quienes suelen gobernar. Sin embargo, sienten la necesidad de posicionarse en posiciones progresistas, debido al empuje de las preferencias de buena parte de sus votantes (que, recordemos, continúan exigiendo compromiso socioeconómico, llegado el caso), si el conflicto se percibe como importante, cosa que no sucede con otros partidos liberales o conservadores. O, en definitiva, existe una necesidad de encuadrar su razón de ser en un marco que no ahuyente a sus potenciales votantes, además de una evidente incomodidad ante ciertos temas, que coloca en entredicho su pasado y su ideología, pese a lo moldeable que aparenta ser. La importancia del marco discursivo es definitoria, por tanto. Resumiendo, el mecanismo sería algo tal que: un obrero no vota extrema derecha por el modelo económico, pero sin el mismo, al menos cuando entra en debate, parece difícil que priorice el asunto identitario. Varía su orden de preferencias de actuación, pero no tanto su cercanía sobre las políticas económicas progresistas.

Por último, cabe tener constancia de que no parece que la motivación económica, como decía, sea lo que empuja a muchos de nuestros amigos, vecinos o familiares a sentir afinidad por partidos de extrema derecha. En principio, y pese a la cautela, es el elemento cultural lo que explica, con mayor rotundidad, el éxito de estos partidos: sus votantes se muestran mucho más concienciados ante elementos como la identidad nacional, el multiculturalismo o la pérdida de valores, demandando proteccionismo cultural, que ante el proteccionismo económico por el temor que pudiera generar la inmigración en materia laboral, mismamente. ¿Quiere decir ello que no existe desconfianza ante la entrada de mano de obra, aparentemente barata, que pueda impulsar a la baja muchas de nuestras condiciones laborales? No, ni mucho menos, y cabe garantizar que no suceda, apostando por formación, transferencias sociales, innovación, una normativa laboral distinta o políticas activas de empleo, como cortafuegos para este tipo de inquietudes, reforzando con convicción el modelo. De hecho, es una afirmación con una base razonable en términos económicos, y que, depende del contexto, se puede cumplir (pese a ello, la relación entre inmigración y crecimiento parece bastante probada). Pero hay que ponderar este hecho, prestando atención a un fenómeno, en mi opinión, mucho menos coyuntural y más peligroso, como es la puesta en duda de todo un modelo de integración social, basado en el respeto mutuo y en la tolerancia hacia la diversidad. Que nadie se olvide, por cierto, de que los inmigrantes son uno de los colectivos que más han sufrido esta crisis.

En definitiva, es evidente que la izquierda, en su conjunto, debe repensarse en un momento de agobio y frustración ante un futuro incierto. La lista de errores y de posibles soluciones llena nuestras bibliotecas, y en nuestra mano está revertir todavía la situación, haciendo valer su condición de fuerza transformadora. A su vez, es interesante conocer cómo se está canalizando está perdida, analizando el crecimiento de fuerzas reaccionarias, potentes entre entornos aparentemente afines, caracterizadas por su condición camaleónica alrededor del estigma al diferente. Conocer al adversario político, así como las inquietudes de quien confía en ellos y no en nosotros. De lo contrario, sólo nos esperan lustros de lágrimas y apelaciones a un pasado mejor. Estamos a tiempo: tenemos todo un futuro por ganar.

Foto portada/latinta.com.ar

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