No soy racista, pero…

¿Quién no ha escuchado a lo largo de su vida frases como “los inmigrantes nos quitan el trabajo”, “tienen más ayudas que los españoles” o “abusan de los servicios médicos”? Pero, ¿cuántas veces las personas que dicen esto afirman ser racistas? Desde mi experiencia, ninguna. Normalmente lo que suele seguir a estas expresiones es un “pero no soy racista”, algo que realmente llama la atención. Hasta hace unos años, lo que más parecía preocuparnos entorno a la inmigración era la delincuencia, la llegada de pateras o la introducción de nuevas formas de vida y culturas a nuestro país. Pero con la crisis, parece que los y las inmigrantes son los responsables de parte de nuestros problemas.
Las encuestas lo confirman: desde el inicio de la crisis, se han intensificado las representaciones negativas de la población española sobre los y las inmigrantes. El estudio Actitudes hacia la Inmigración VI realizado en 2012 por el Centro de Investigaciones Sociológicas revela algunos datos preocupantes. El 61,5% de la población española considera que las personas inmigrantes quitan puestos de trabajo a los y las españoles, y el 76,6% cree que son los causantes de la bajada de los salarios. Alrededor de la mitad opina que los y las inmigrantes provocan la disminución de la calidad de la atención sanitaria gratuita (47,6%) y que abusan de la misma (51,9%). Además, la población española parece percibir que se trata de un sector “privilegiado” por parte del Estado: el 46,8% cree que tiene mucha o bastante protección del Estado y casi 6 de cada 10 piensa que reciben de éste más de lo que aportan (57,7%).
También emerge el discurso de preferencia nacional tanto en la sanidad (el 46,6% de los y las españoles considera que deberían tener preferencia en el acceso a la atención sanitaria) como en la educación (56%), y en la contratación laboral (65,4%).

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Elaboración propia a partir de datos del CIS

 

Sin embargo, pese a estos resultados, 7 de cada 10 españoles se consideran poco o nada racistas. Por tanto, parece que el mantenimiento de actitudes prejuiciosas convive con el rechazo a la expresión de las mismas.

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Elaboración propia a partir de datos del CIS

 

 

Esta situación paradójica ha adquirido diversas denominaciones desde la psicología social como  “racismo moderno” (McConahay,1983), “aversivo” (Dovidio & Gaertner, 2000) o “simbólico” (Kinder, 1981), pero todas ellas hacen referencia a la existencia de un nuevo racismo: un racismo encubierto e indirecto debido la exigencia social del respeto a los valores de igualdad y no discriminación. Al considerarse “políticamente incorrecto” ser racista, los prejuicios adoptan formas más sutiles que tiempo atrás, lo que no implica que sus consecuencias vayan a ser menos negativas.

La creencia en que la inmigración supone una amenaza para las condiciones socioeconómicas de la población autóctona, deriva en buena parte de la representación negativa de ésta en el debate público, centrado en difundir ciertos estereotipos e invisibilizar las aportaciones que han hecho los y las inmigrantes a nuestro país, que no son pocas. Aquellos que tienen “un acceso preferencial a las mentes del público”, como los mass media, políticos, burócratas… han influido considerablemente en la construcción de este imaginario negativo; existe, por tanto, lo que Von Dijk denomina  “racismo de élite”, más peligroso que el cotidiano debido a su gran influencia en la sociedad.

Sin embargo, todas estas representaciones de la inmigración carecen de fundamento. Diversos estudios demuestran que la incorporación de la población inmigrante a la economía española no ha supuesto el desplazamiento de los y las trabajadores autóctonos ni ha afectado negativamente a sus salarios (Fundación de Estudios de Economía Aplicada). Tampoco es cierto que abusen de los servicios sanitarios, pues precisamente los utilizan menos que los autóctonos (Fundación de Ciencias de la Salud, Médicos del Mundo, Encuesta Nacional de Salud). Además, la balanza fiscal de los inmigrantes, esto es, la diferencia entre lo que ingresan a las arcas públicas y lo que perciben del Estado, es positiva, incluso en estos momentos de crisis (Inmigración y Estado de Bienestar en España, Obra Social La Caixa).

Poco se habla de las contribuciones de la inmigración y mucho menos de la situación de precariedad en la que ha vivido y vive este sector de la población. Desde el punto de vista macroeconómico, la Oficina Económica de Presidencia afirma que el “50% del crecimiento del PIB de los años 2001-2006 proviene del proceso de inmigración”(2006). Este dato resulta llamativo después de haber visto la percepción que se tiene sobre el papel desempeñado por la población inmigrante en nuestro sistema socioeconómico.

En contra de lo que se hace creer, la población inmigrante ha sido funcional para el mundo empresarial  y las clases medias, y complementaria respecto a los trabajadores autóctonos. Para los empleadores, los y las inmigrantes han constituido mano de obra barata que realizaba los trabajos más duros y descualificados, y que además, carecía de poder social para imponerse a esta situación de explotación que sufría. Para buena parte de las clases medias, la inmigración ha permitido la incorporación de mujeres españolas al mercado laboral mediante el traspaso de las tareas domésticas y de cuidado a mujeres inmigrantes. Finalmente, para los trabajadores nativos no han supuesto competición, pues unos y otros competían por distintos puestos e incluso, la inmigración ha dado lugar a una movilidad ascendente de los trabajadores nacionales (esto ha sido puesto de relieve por estudios como el de D’Amuri y Peri, quienes analizan 14 economías europeas durante el período 1996-2007 y cuya conclusión es que “los inmigrantes remplazan tareas, no trabajadores”).

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Fuente: Francesco D’Amuri y Giovanni Peri “Immigration and productive tasks: Can immigrant workers benefit native workers?”

 

Desde el punto de vista demográfico, la inmigración ha supuesto un rejuvenecimiento de la sociedad española ya que, principalmente, ha sido una inmigración joven. Esto ha permitido no sólo el incremento de la natalidad (el índice sintético de fecundidad ha pasado de 1,16 hijos por mujer en 1998 a 1,44 en 2008), sino también el sostenimiento financiero del sistema de seguridad social, y en particular, del sistema de pensiones. Pero además, la inmigración ha generado un mayor pluralismo y diversidad cultural, lo que permite hacernos ver que no existe una única visión del mundo, sino muchas e igualmente válidas.

Llegados a este punto, debemos replantearnos, ¿es la población inmigrante la culpable de la saturación y devaluación de la calidad de los servicios públicos y responsable de la falta de recursos que sufre parte de la sociedad española? ¿No será que nuestro Estado de Bienestar es deficitario? ¿Acaso hay un problema de recursos? ¿No se trata más bien de un problema de redistribución? ¿Son los inmigrantes responsables de la actual situación de precariedad laboral? Culparles, ¿no supone crear una oposición entre éstos y los trabajadores autóctonos lo cual impide una lucha conjunta para alcanzar unas condiciones laborales dignas? ¿Acaso los empleadores no sacan provecho de dicha competición?

Todos los prejuicios se encuadra en sistemas ideológicos, los cuales siempre benefician a ciertos individuos de la sociedad. Por tanto, fomentar dichos prejuicios les sirve de herramienta para hacer valer sus intereses. Achacar parte de nuestros problemas actuales a la población inmigrante conlleva desviar la atención sobre las responsabilidades que tienen en ellos ciertos actores políticos y económicos, lo que alimenta el mantenimiento de su statu quo. Pero otra realidad es posible.

Para ello es imprescindible un cambio tanto en las políticas públicas como en el discurso público sobre la inmigración. Un cambio que pasa por considerar a los y las inmigrantes como parte de la sociedad española y aspecto positivo de la misma. Sólo así conseguiremos una sociedad inclusiva que acabe con el “pero” que sigue a la tan usada expresión “no soy racista”.

Foto portada: flickr.com

Marta Soler Gastón (Calamocha, 1992). Estudiante de Doble Grado de Sociología y Ciencias Políticas y de la Administración Pública en la Universidad de Valencia. Me interesa la filosofía y la sociología política así como el estudio de las relaciones de poder y dominación existentes en todos los ámbitos de la sociedad.

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