No pienses en la pobreza

Una de mis tensiones preferidas en el seno de la militancia política es la que subyace a la forma en la que se tejen las relaciones amorosas. Las muescas habituales en los últimos años de la adolescencia, las caras largas ante la posibilidad de poder caer rendido ante los encantos de alguien incompatible a nivel político, el conflicto con fenómenos tradicionalmente conservadores como la familia o las relaciones, los aspavientos ante las premoniciones adultas sobre la influencia del paso del tiempo y, casi ineludiblemente, la relativización de la vigencia de alguno de estos principios. Andaba yo en la última fase, quizá algo resignado, cuando llegó a mis manos un experimento bastante interesante, en el que se explicaba desde un punto de vista neurológico como, efectivamente, amor y afinidad política tienen necesariamente relación. Al parecer nuestro querido cerebro, inconscientemente, muestra estímulos positivos ante el, atención, olor que desprenden las personas con las que compartimos la forma en la que entendemos la política. Ver para creer.

El avance de la neuropolítica, bromas aparte, ha ayudado a colocar el foco en el funcionamiento de muchos elementos habitualmente alejados de los análisis políticos, permitiéndonos con ello poder entender con mayor eficacia muchos de los procesos políticos que nos rodean. Sabemos bien que bajo el manto del debate político no sólo hay estadísticas y realidades inexorables esperando su momento por ser descubiertas: hay sensaciones, conexiones con la cotidianidad, prejuicios, percepciones puramente subjetivas y, en definitiva, un sinfín de realidades flotantes que edulcoran y dificultan la síntesis política. Es inevitable, en todo caso, verse absorbido por estos fenómenos, pese a lo irracional que pueda suponer: hay comportamientos que nos tensionan más que otros, colectivos entre los que nos sentimos más afines, ciudades donde nos sentimos más seguros, y compañeros de viaje de autobús al lado de quienes nos encontramos más cómodos. Esta conexión, sin embargo, no tiene por qué basarse necesariamente en realidades palpables (quizá nunca nos hayan atracado en un barrio marginal, pero intuimos que es bastante factible, activando con ello un automecanismo de defensa) y pudiera ser, más bien, una prolongación de nuestra cosmovisión sociopolítica, reflejada desde la forma en la que tratamos a un camarero hasta la forma en la que reaccionamos ante una injusticia. Romper el marco en el que se intercala esta asociación requiere necesariamente de hechos, en los que después profundizaremos, pero también de una forma distinta de orientar nuestros valores y creencias, dando sentido a estos hechos, que por sí solos muestran un valor relativo. Un atasco puede ser la prueba del fracaso de los modos tradicionales de transporte, la demostración de la incompetencia de un gobierno, el resultado del agregado de nefastos conductores, todo ello, o producto de la mala suerte.

El hecho sucede del mismo modo, pero no nace canalizado ni es acción política en sí mismo.

En el fantástico No pienses en un elefante, de George Lakoff, se explicaba cómo Tahití contaba con un espeluznante número de suicidios. La causa, al parecer, era la desconexión entre el sentimiento de pena y la conceptualización lingüística de la misma: no existía en su marco mental, pese a que la experimentaban, con la frustración que ello generaba, muchas veces desembocada en suicidio. La tiniebla mental generaba horrores, y un fenómeno social que carcomía toda una comunidad, incapaz de abordar un problema indetectable.

Hemos visto en los anteriores párrafos todo el potencial que muestra la dimensión neuropolítica en la acción política y cómo la forma en la que comprendemos la realidad determina la realidad misma. Por motivos evidentes, esto deriva en clave política: cómo concebimos como sociedad determinados fenómenos genera distintas soluciones, algunas de ellas quizás perpetradoras del problema mismo, desamparando a numerosos colectivos de forma injusta ante la incapacidad por romper el marco en cuestión, sufridores de una realidad confusa. Habitualmente, la competición electoral es parcialmente responsable de este hecho: es más rentable en el corto plazo asumir ciertos comportamientos, aún a sabiendas de que es cobarde y mezquino, antes que enfrentarse a los mismos. El marco determina la acción política, y hay varios en los que la izquierda lleva tiempo desaparecida.

El asesinato de Laura Luelmo nos sirve para percibir este conflicto. Como breve síntesis, hablamos de una joven profesora que es fríamente asesinada por un vecino de su municipio. A partir de aquí, existe una interpretación que pone el énfasis en la problemática de género: existe un elemento cultural, como es el machismo, que motiva que se repita con tanta frecuencia este tipo de tragedias. La solución, por ende, es ahondar en una educación feminista, que erradique desde la base la discriminación sexual que sufren las mujeres en nuestras sociedades. Por otro lado, se alza enfrente la creencia de que el problema está vinculado más bien al sistema punitivo: nuestra justicia es débil, facilitando con ello que sujetos independientes puedan sembrar el pánico en nuestras calles, llegando incluso a reincidir ante la incapacidad de nuestro entramado penitenciario por ocultar eternamente a estos monstruos. Para poner fin a este asunto, la solución sería aumentar las penas y generar nuevas garantías para crear una mayor sensación de seguridad. La corriente progresista coloca el foco sobre el componente cultural, y ofrece una salida a quienes cometen este tipo de atrocidades (la reinserción), rechazada tajantemente por la visión conservadora, dispuesta a eliminar en la práctica la condición de ser social al delincuente.

Una solución fantástica para tratar de minimizar la delincuencia es combatir desigualdad y exclusión social. La desigualdad, tal y como está suficientemente evidenciado, genera desconfianza, inseguridad, miedo, ansiedad, adicciones y climas, en definitiva, más propicios al conflicto. La exclusión social, por su parte, ayuda a generar determinados ciclos tóxicos, que pueden terminar consolidando actitudes en la misma dirección. Sin embargo, el debate se centra habitualmente en el origen, pese a que las condiciones socioeconómicas expliquen mejor la naturaleza del crimen. Del mismo modo, la discusión se centra en la inseguridad ciudadana generada por los okupas, y no tanto en el diabólico problema de vivienda que asola nuestro país. No es tan importante, pues, solucionar según qué problemas, sino instalar en el imaginario colectivo quienes son los causantes de la convulsión que vive nuestra sociedad. 

Veamos ahora la educación. España es un país terrible, aunque parezca mentira por la escasa atención que ello provoca, generando oportunidades desde su sistema educativo para los jóvenes más humildes. Dedicamos horas y horas para hablar de los universitarios, y apenas un suspiro para hablar de los cientos de miles de jóvenes que, desamparados por el sistema (y recordemos lo terrible que es la pobreza en la infancia), sufren en sus carnes la incapacidad por aproximarse siquiera al ascensor social. Consolidamos, a su vez, conceptos como la repetición escolar o los deberes, cuya existencia está ampliamente documentada como tóxica. Resulta casi ridículo poner en tela de juicio el papel de la repetición de curso: qué clase de engendro iba a estar contra la meritocracia y el esfuerzo personal. La realidad es que es un mecanismo completamente inútil, si de lo que se trata es de garantizar un futuro digno al mayor número posible de jóvenes. Se entiende pues, toda vez descartamos que la motivación sea el desconocimiento empírico, que el valor de la repetición escolar es consolidar una visión de la sociedad jerárquica, autoritaria y profundamente conservadora, alejada de buenismos y centrada en la sobreexigencia. Me produce una cierta vergüenza llegar a mencionar la meritocracia como motor de esta medida cuando la comparativa académica entre niños pudientes y niños humildes es tan descorazonadora. Instala marcos mentales y un complejo algo recurrente en el mundo de la izquierda política.

Pero de entre todos los ejemplos existentes, el que sin ningún tipo de dudas se lleva la palma es el relacionado con la pobreza y su erradicación. Marquemos un lugar común desde el que plantear el argumento: a nadie le gusta ser pobre. El listado de inconvenientes es ingente, y no creo que sea necesario explicar el por qué. Siendo la pobreza una situación inadecuada, asumimos que como sociedad hemos de tratar de combatirla. España, como peculiaridad estructural propia, muestra una desigualdad anclada en la gran divergencia entre las clases medias y populares, dificultando así grandes coaliciones entre las mismas, y ayudando a consolidar determinados relatos. La naturaleza central de la pobreza estaría anclada, como futuro determinante de la importancia que le otorgamos a este drama, en la responsabilidad individual. Entender la pobreza como el fruto de malas decisiones, de la falta de ética de trabajo o de una vida por encima de sus posibilidades. Como consecuencia, la solución ha de plantearse desde una concepción de extrema dureza, evitando que, bien continúen tomando malas decisiones con el dinero de todos, bien se acomoden y decidan líbremente dedicar el resto de su vida a la vida contemplativa. Las ayudas deberán estar fuertemente reguladas y controladas, el concepto de pobreza fuertemente delimitado (y estigmatizado, por tanto), y quedar sujetas a una fuerte compensación. Todos conocemos, ahora que estamos en petit comité, casos de incorrecta utilización de fondos públicos, de fraude en las ayudas o de las típicas triquiñuelas de tus vecinos para vivir mejor que tú pagando menos impuestos. Y claro, eso es inasumible. La realidad es que uno de los mecanismos más efectivos para combatir la pobreza es la transferencia de fondos incondicionados, que la mayor parte de la pobreza es fruto de la trasmisión generacional, que existe un amplio número de ciudadanos que quedan fuera de estas transferencias de forma injusta, que la renta básica no desincentiva la búsqueda de empleo y que, por motivos variopintos, a nadie le gusta ser pobre. Claro que, ¿queremos combatir la pobreza o dejar claro qué papel deseamos que juegue la gente pobre en nuestra sociedad? Pero es que el surrealismo no finaliza ahí.

Hace unos años fue publicado un provocador libro que bordeaba muchos de los elementos previamente mencionados. La premisa de este era la incomprensión que generaba en muchos ciudadanos norteamericanos muchas de las decisiones que tomaba la gente pobre. Por qué, qué sé yo, fuman, están inscritos a alguna plataforma de televisión por cable o gastan dinero en las casas de apuestas, en vez de ahorrar hasta que la solución económica amaine. Más allá del clasismo que pudiera impregnar la premisa, lo verdaderamente interesante es comprobar cómo afecta la pobreza en la toma de decisiones diarias. La pobreza genera estrés, angustia y ansiedad, crea fuertes obsesiones, provoca disminución en el coeficiente intelectual, e impide cualquier tipo de previsión a medio o largo plazo. Sobrepasado el ancho de banda que es capaz de sostener nuestro cuerpo (y no parece depender mucho de la inteligencia personal), la reacción primaria y natural ante tal número de problemas y carencias es estallar e inmiscuirse en un terrible bucle. La condicionalidad de las transferencias, la estigmatización o el abandono sólo ayudan a perpetuar estas desgracias. Pero, como decía, la incapacidad por mostrar una respuesta verdaderamente efectiva contra la pobreza no radica en el desconocimiento, si no en el marco con el que observamos la pobreza. Cuando los hechos no terminan de encajar en los marcos, los marcos se perpetúan y los hechos se ignoran.

La política, como bien nos gusta recordar a quien hemos centrado nuestra vida académica en ella, está por todas partes. Desde las paredes de un urinario público, hasta el tono de voz con el que pedimos un bocadillo de tortilla de patatas (con cebolla) en algún barrio de la periferia madrileña. Pero la forma en la que la hacemos viene determinada por cómo nos aproximamos a aquello que nos rodea. Construir mejores sociedades pasa por asumir que no sólo se trata de creer tener razón, pese a lo tentador que sea detenerse ahí: es también prestar atención a los límites de nuestra verdad, al contrapeso que se encarga de neutralizarla y a la capacidad que tenemos para generar amplias mayorías a su alrededor. Es pesado, engorroso y confuso, sí. Pero la alternativa es condenar a la pobreza o la exclusión a cientos de miles de personas. Vale la pena intentarlo.

Foto portada/faq-mac.com

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