¿Pero es que nadie va a pensar en los niños?

Hace apenas unos días, y rompiendo con el monotema en el que llevamos meses sumergidos, la Comisión Europea, en uno de sus habituales estudios en perspectiva comparada para evaluar el estado social de sus países miembros, volvió a sacar a la palestra un asunto que no pilló a nadie por sorpresa: la desigualdad. Sucede con ésta, al igual que con la corrupción, que nos hemos acostumbrado a ella, y ya no impacta. Sí, todo el mundo sabe que somos un país con grandes problemas sociales y unas instituciones disfuncionales que dejan atrás a millones de personas. Por tanto, y por mucho que incluso desde Bruselas nos tiren de las orejas, hemos entendido como inherente un fenómeno que tiene más de político que de económico, como la evidencia parece indicarnos. Quién la sufre suele, directamente, afrontar con frustración y apatía esta situación, y quién no la sufre prefiere mirar hacia otro lado. Nuestra desigualdad, además, no responde a grandes caídas entre las “clases medias”, ni a una acumulación excepcional de la riqueza entre nuestros sectores más pudientes, sino a una situación irracionalmente cruel con los sectores más débiles, grandes perdedores de esta crisis, pese al interés malévolo de ciertos sectores de nuestra sociedad en demostrar lo contrario. Esta gran distancia entre clases medias y las clases más bajas dificulta la creación de coaliciones de interés en favor de medidas más redistributivas, y no ayuda a consolidar relatos de confrontación entre pueblo y élite.

Gráfico 1.

En cualquier caso, y entre todo este conjunto de situaciones injustas y con necesidad de ser revisadas, existe una que se lleva la palma: la que afecta a los niños. En realidad, las condiciones sociales en la que nacemos y maduramos no dejan de responder a una especie de lotería, donde poco podemos hacer para escoger una u otra vía. Todos estimamos con gran efusividad a nuestros padres, tíos o abuelos, pero coincidiremos en que haber nacido en el seno de la familia de Amancio Ortega nos hubiera facilitado, desde el mismo día en que nacemos, el trascurso de nuestra vida. Por tanto, la pobreza que afecta a la infancia es profundamente injusta y, por si ello no fuera suficiente en términos éticos, también es un limitador y un elemento que determina en buena medida las capacidades y posibilidades de todo joven.

Partiendo de los nefastos datos en pobreza infantil, y de la dudosa acción de nuestro Estado de Bienestar, trataremos de inmiscuirnos, en base a la evidencia académica reciente, en una situación del todo intolerable, y que inexplicablemente es pasada por alto por la mayor parte de nuestros partidos políticos, como es la pobreza infantil.

En primer lugar, y de manera aclaratoria, sería ingenuo pensar en un fenómeno aislado de otros rasgos socioeconómicos, y solucionable sencillamente aumentando la inversión en protección infantil al nivel de otros países desarrollados: la pobreza infantil es otra cara de la misma moneda de la precariedad laboral, la insuficiencia en materia de conciliación laboral-familiar, el paro, el sistema de becas y transferencias, el excesivo coste de la vivienda en muchos lugares de España o, en definitiva, la naturaleza del Sistema de Bienestar que construimos en las últimas décadas. Sea como sea, es intolerable que el tener o no un hijo venga asociado, para muchas parejas, con bordear, o no, la pobreza. Y la crisis, claro, ha agravado este hecho, con los efectos que además posee de cara al hijo.

Gráfico 2.

Frente al manido discurso individualizador que se ha apoderado de buena parte de nuestro imaginario colectivo, profundamente liberal y regresivo, es importante saber qué efectos produce la pobreza o la necesidad en las primeras etapas de la vida, y por qué es tan importante tomarnos en serio un asunto tan trascendental y abusivo. Con todo, y pese a las posibilidades del asunto, nos centraremos en dos campos elementales, como son la sanidad, por motivos evidentes, y la educación, por su vínculo con las futuras condiciones de vida.

Empezaremos, como prueba de la persistencia de tales desigualdades desde edades tempranas, con el inicio del proceso vital. Pese a que los estudios que vinculan factores socioeconómicos con la salud perinatal son, en nuestro país, bastante escasos, conocemos por la evidencia reciente que los países desarrollados se enfrentan cada vez más al problema de nacer con bajo peso, con los efectos negativos que conlleva, y que nuestro país muestra niveles bastante claros de desigualdad desde el momento de venir al mundo. A nivel provincial o local sí que contamos con un número más relevante de estudios en la materia que confirman lo previamente mencionado: si, las situaciones de desventaja son casi innatas y, por tanto, las respuestas no deben limitarse a edades avanzadas (la universalidad de la educación infantil de entre 0 y 3 años, por ejemplo, sería un buen comienzo).

Gráfico 3.

Avanzando en el análisis, encontramos como la pobreza infantil continúa generando efectos indeseados en la vida de las personas a lo largo de sus vidas. Existen, como comentaba, numerosos estudios al respecto, pero todos ellos van en la misma línea: quién sufre pobreza en su infancia, tiene muchas más papeletas por sufrir determinadas enfermedades en su vida adulta, como el asma o la hipertensión, repercutiendo por motivos evidentes en el bienestar de las personas de forma completamente injusta. Si no resulta suficientemente potente este hecho, otro argumento como para tomar en serio la pobreza infantil es el ahorro que potencialmente puede suponer en gasto médico en el futuro.

Gráfico 4.

Por desgracia, los efectos de esta situación se extienden a muchos más ámbitos relacionados con el bienestar: la propensión a consumir con mayor frecuencia productos hipercalóricos o encontrarse en situaciones de sobrepeso u obesidad, con los efectos que ello conlleva, su capacidad limitadora en el desarrollo cerebral de los primeros años de vida o una mayor trastocación en edad adulta de la salud mental, son otros ejemplos de los perjuicios de este tipo de situaciones.

Pasamos, por último, al ámbito educativo, donde podemos imaginarnos con algo de olfato, y en base a lo que hemos ido viendo, la brecha existente entre quién se encuentra en una situación pudiente y de estabilidad económica, y quién convive con un contexto de precariedad y convulsión sociolaboral, en entornos de infracualificación académica. Sabemos, por el ruido generado a su alrededor, que nuestro sistema educativo no destaca, precisamente, por sus resultados en comparación a otros países de nuestro entorno. Idealmente, y especialmente a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de nuestros gobiernos han priorizado la educación como eje básico sobre el que construir sociedades de bienestar modernas por su capacidad para garantizar la igualdad de oportunidades, no dejando atrás a nadie, independientemente de su procedencia, y por la necesidad de generar conocimiento e innovación de forma constante para mejorar nuestra realidad. La escuela pública era, por tanto, una forma de garantizar el abrigo del Estado para todos los ciudadanos. Pero, por desgracia, nuestra educación es profundamente ineficiente a la hora de corregir desigualdades.

Gráfico 5.

Como vemos, el gráfico deja poco lugar a dudas: los alumnos de familias pobres obtienen una puntuación considerablemente más baja que la de los alumnos de familias ricas. Algo falla, y dicho sea de paso, la propia OCDE lleva varios años tratando que España corrija tal disfuncionalidad.

Gráfico 6.

Encontramos, por tanto, que sufrir situaciones de precariedad en la infancia determina considerablemente la vida académica: una tasa de abandono escolar mucho mayor, peor rendimiento, una menor posibilidad de dedicar horas a actividades complementarias, una enorme desventaja en periodos vacacionales, una mayor dificultad a la hora de poder dedicar tiempo a los deberes, más repeticiones de cursos (una idea, por cierto, espantosa y fuertemente arraigada, por desgracia, en nuestro país) una mayor tendencia a asistir a escuelas masificadas y, en algunos casos, guettificadas y, en definitiva, un sinfín de elementos que dificultan el día a día académico. Como siempre, es importante dejar claro que no se trata de que, como si de una ley científica se tratara, todos los niños que sufren pobreza en su infancia van a tener vidas cortas y precarias, pero sucede con alarmante frecuencia. Y, por supuesto, peores rendimientos académicos vienen aparejados de peores empleos y condiciones de vida más precarias.

Nos encontramos, por tanto, frente a uno de los mayores retos a los que nos vamos a enfrentar en los próximos años. La inacción probablemente seguirá condenando, hasta que verdaderamente tomemos en serio tal desafío, a cientos de miles de niños que no podrán desarrollarse vitalmente como les gustaría. No solo estamos ante una necesidad ética (¿quién puede justificar que haya niños pobres?): combatir la pobreza infantil es una excelente idea para mejorar la educación, aumentar la inserción laboral, con los efectos en productividad que ello puede suponer al dejar de renunciar al talento de quién sistemáticamente se queda fuera, garantizar el sistema de pensiones, aumentar la participación política o, en definitiva, vivir en un país mejor. Háganlo por lo que prefieran, pero por favor, que alguien piense en los niños.

Foto portada/http://www.cormacmoore.com/marriage-referendum-ireland-913

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