Moción de censura y legitimidad del Gobierno Sánchez: el parlamentarismo estaba vivo

Parece ser que a raíz de los últimos acontecimientos muchos han descubierto que en España tenemos un sistema de democracia parlamentaria en vez de un modelo presidencialista. Más vale tarde que nunca.

Los hechos son de sobra conocidos:

El 24 de mayo la sentencia del caso Gürtel condena al Partido Popular como partícipe a título lucrativo [pág. 1507]; además, cuestiona la credibilidad del testimonio de Mariano Rajoy, del que afirma “no aparece como suficiente verosímil para rebatir la contundente prueba existente sobre la Caja B del partido” [página 1078].

Ante esta situación, el PSOE registra una moción de censura con Pedro Sánchez como candidato. El viernes 1 de junio se vota en el Congreso de los Diputados, el resultado ya lo conocen: Rajoy es desalojado de La Moncloa con los votos de PSOE, Unidos Podemos, ERC, PDeCat, PNV, Compromís, EH Bildu y Nueva Canarias. En contra votaron PP, Ciudadanos, UPN y Foro Asturias. Se abstuvo Coalición Canaria.

Hay reacciones de todo tipo ante el nuevo gobierno presidido por Pedro Sánchez pero yo quiero destacar aquellas que señalan al nuevo gobierno como “no votado por los españoles”. Esta reacción era previsible al provenir de algunos periodistas y líderes de opinión ligados a la derecha española, pero es necesario aclarar varios conceptos e ideas para que la ciudadanía conozca mejor el sistema político de nuestro país.

En primer lugar, es primordial aclarar que en las elecciones generales no elegimos al Presidente del Gobierno, sino que votamos para repartir los escaños del Congreso de los Diputados; en el Congreso están los representantes de la ciudadanía y son ellos los que eligen al Presidente del Gobierno. Es decir, elegimos al Legislativo que, a su vez, construye acuerdos para elegir al Ejecutivo.

Tenemos un sistema de democracia parlamentaria, en el que el Congreso de los Diputados es el centro de la vida política. Cada Gobierno de la Nación sale del Congreso. Es decir, el Congreso, en el que están representadas las diferentes opciones políticas, otorga la confianza a un Gobierno; y al igual que la otorga, la puede retirar (vía moción de confianza o vía moción de censura.)

Como bien explicó el profesor de Derecho Constitucional Rubén Martínez Dalmau en este artículo, la expresión “ganar las elecciones” se utiliza a menudo de forma incorrecta. En un sistema parlamentario no gana las elecciones el partido más votado, sino quien es capaz de construir los suficientes acuerdos en el Parlamento para que éste le otorgue la confianza para gobernar, sea la lista más votada o no.

Las ventajas del parlamentarismo frente al presidencialismo y viceversa dan para escribir otro artículo aparte. Hay quien dice que en nuestro sistema hay un problema: los “pactos de perdedores”. Sin embargo, desde esa crítica, el lenguaje es tramposo, ya que muchas veces ellos entienden que en nuestro sistema el ganador es quien tiene un solo voto más que el resto ignorando la pluralidad de minorías que puede haber; como acabamos de demostrar, el ganador en el parlamentarismo es quien hace méritos para que el Parlamento le otorgue la confianza.

De hecho, en el caso que nos ocupa, la moción de censura, hace falta una mayoría más amplia que para investir Presidente por la vía “estándar” (que es la del artículo 99 de la Constitución). Mientras que para hacer a un candidato Presidente del Gobierno se permite la mayoría simple en segunda votación (99. 3 CE), para apartar al Presidente es requisito imprescindible la mayoría absoluta además de presentar un candidato, por esto último decimos que en España la moción de censura es constructiva.

Por lo tanto, es evidente que el diseño institucional tiende a conservar lo existente, buscando la estabilidad política; por eso para apartar a un Presidente es necesaria una mayoría más amplia que para la “investidura estándar”.

Si bien es cierto que Pedro Sánchez en marzo de 2016 protagonizó una investidura fallida y que su llegada al poder se debe a los últimos acontecimientos (el peso de Gürtel se hacía insoportable y apartar al PP se ha tratado en el debate político como una cuestión de higiene democrática e imperativo moral); si hablamos de legitimidad, con los números en la mano, Sánchez ha sido apoyado por 180 diputados, 10 más que los 170 de Rajoy en 2016.

Basta con explicar en qué consiste la democracia parlamentaria para desmontar una idea que se está extendiendo: la de que el Gobierno-Sánchez es ilegítimo.

La legitimidad procede de las urnas del 26 de junio de 2016, ese día los españoles elegimos cómo quedaba conformado el Congreso, y el Gobierno-Sánchez podría haberse formado perfectamente con los mismos apoyos que ahora en 2016. Del Congreso terminó saliendo el Gobierno de M. Rajoy y como estamos en un sistema parlamentario lo que realmente hay que preguntarse es qué ha ocurrido para que el mismo Congreso que en su día le otorgó la confianza se la retire ahora. Quizás un repaso al trabajo que da el Partido Popular a los jueces en los últimos tiempos ayude.

Mención aparte merece la cuestión de la convocatoria de elecciones: según el artículo 115 de la Constitución sólo el Presidente tiene la potestad para disolver las Cortes y convocar elecciones antes de su fecha de celebración automática (cada 4 años). Si Sánchez debería convocar elecciones o no es parte del debate político, evidentemente es una aspiración legítima como cualquier otra el querer que Sánchez disuelva las Cortes, una opinión política más; pero se debe señalar que según la ley no está obligado a hacerlo, no hay imperativo legal, el hecho de que se llegue al cargo vía moción de censura por primera vez en la historia no implica nada en este aspecto. El sistema político español seguiría funcionando de forma democrática aunque el nuevo presidente optase por no convocar elecciones y agotar la legislatura. Se da la coincidencia de que los que insisten más fervientemente en que el nuevo presidente debe convocar elecciones son aquellos que van primeros en las encuestas. Repito: aspiración legítima y una opinión política más pero curiosa coincidencia.

El objetivo de este artículo no es exponer una opinión ante el nuevo gobierno presidido por Pedro Sánchez, mi opinión me la reservo. El objetivo es desmontar discursos que están surgiendo estos días y demostrar cómo una vez más el marketing político y la propaganda que hacen algunos medios de comunicación chocan con la realidad de la ciencia política y el derecho constitucional.

La moción de censura es un mecanismo democrático previsto en el artículo 113 de nuestra Constitución. Es un instrumento propio de las democracias con sistema parlamentario, presente en muchos más ordenamientos jurídicos en todo el mundo. Hay unos trámites a seguir y unos requisitos necesarios; en definitiva, la moción de censura es un mecanismo constitucional democrático más, como la aplicación del artículo 155; resulta chocante presenciar cómo para algunos sólo es constitucional uno de los dos instrumentos.

Por ejemplo, Juan José Imbroda, el Presidente de Melilla, ha llamado “golpe de estado” a la moción de censura contra Rajoy; aunque sea por respeto a quienes sufrieron uno, conviene no desvirtuar el significado del concepto “golpe de estado”, tan usado últimamente; por no hablar de que el propio Imbroda llegó al poder en el año 2000 gracias a una moción de censura.

Es legítimo que algunas personas del mundo de la política deseen que Sánchez convoque elecciones ya mismo, respecto a este tema tampoco voy a dar mi opinión sobre si yo las quiero o no; simplemente me sorprende que algunos de ellos desconozcan algo tan elemental como que tenemos un sistema parlamentario en vez de uno presidencialista y que la confianza la otorga y la retira el Congreso, que es la representación de todos los españoles. Quiero creer que realmente sí conocen esto pero se muestran a la opinión pública jugando con el lenguaje por puro marketing político.

Un ejemplo de estas prácticas es el tuit excesivamente simplificador, al más puro estilo Gabriel Rufián, de la cuenta oficial de la política Begoña Villacís, no es nada personal contra ella y hay muchos más casos así, pero sorprende viniendo de alguien que cobra del erario público. A mi juicio, esto ya sí es mi opinión, la limitación de caracteres de la red social hace mucho daño a la discusión política seria.

Dejando de lado la huida final de Rajoy desde su puesto de trabajo a un restaurante y la surrealista imagen de un bolso negro ocupando su asiento del Congreso, es hora de analizar dos estilos de comunicación radicalmente distintos en la reacción del PP:

Por un lado, la calma y el buen perder de Soraya Sáenz de Santamaría afirmando “Es la democracia” ante Juan Carlos Monedero, acusado de machista por su gesto cogiendo por los hombros a la vicepresidenta saliente.

Por otro lado, desde el sector más hooligan y rabioso del PP, Rafael Hernando llegó a decir más de 20 mentiras en media hora de intervención en el Congreso, peligrosamente cerca de la mentira por minuto. Ignacio Escolar ha señalado cada mentira en este artículo. La duda que nos queda es si Monedero se hubiera comportado igual teniendo enfrente a Hernando, Rajoy u otro hombre del partido.

Con ejemplos así, en los que se retuerce tanto el lenguaje y la política se convierte en espectáculo, difícilmente vamos a aumentar la cultura política en España, aunque puede que no sea esa la tarea principal de los políticos por la propia naturaleza del cargo. Debe ser el objetivo de los periodistas rigurosos y de los profesionales del derecho y la ciencia política el aumentar los conocimientos generales de la población sobre el funcionamiento de las instituciones, tratando la realidad siempre con sentido crítico.

Si algo nos ha enseñado la moción de censura es que el parlamentarismo estaba vivo. Las épocas en las que un único partido copaba la mayoría absoluta y coincidían, grosso modo, Legislativo y Ejecutivo, han quedado atrás pese a que hoy alguno mire al pasado con nostalgia. Este sistema ha dado una lección de cultura política a quienes pensaban que la lista más votada siempre gobierna o que en las elecciones votamos al Presidente. Y sí, todos estos aparentes “cambios”, que en realidad son características del sistema político del que nos dotamos a finales del siglo pasado, son democráticos.

Pablo Laín Guerrero. Estudiante de Ciencia Política y Administración Pública. En Twitter (@soyPabloLG).

Foto portada/Flickr. La Moncloa Gobierno de España.

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