Meritocracia: del mito al logos

Debatía el Parlamento Vasco en las últimas semanas la reforma de la Renta de Garantía de Ingresos, ante el escepticismo de parte de la sociedad vasca. ¿Las críticas habituales? El aparente alto nivel de fraude que rodeaba su aplicación y, principalmente, la relación entre cronificación de las ayudas (ya saben, aquello de que, si recibes una paguita, no vas a intentar trabajar) y el inmigrante, que, al parecer, se aprovecharía de su condición para poder vivir del dinero público.

Tras iniciarse una investigación para poder corroborar el estado de tal Renta, que dicho sea de paso es referencia en nuestro país en materia de bienestar, encontramos que la realidad distaba mucho del marco que trataban de crear ciertos partidos: el dinero defraudado ni siquiera alcanzaba el 1% del gasto total, la cronificación (concentrada principalmente en los mayores de 65 años) era mucho menor entre los inmigrantes que los nacionales y, además, la cantidad de inmigrantes (un tercio de los perceptores) acogidos al programa de inserción en cuestión era considerablemente menor que el de autóctonos. No significa que no existan aspectos a mejorar, pero como poco nos sirve para conocer que buena parte de las críticas tenían más de prejuicio que de constatación física. Y no es el único mito con el que convivimos.

Lo preocupante de estos mitos es que tienen consecuencias, y no escasas, en agenda política y pueden esconder problemas que persisten pero que quedan ocultados entre una maraña de anécdotas que imposibilitan la toma de conciencia pública y el intento por solventar el problema; la falta de demanda, además, favorece que los partidos se olviden de estos problemas y contribuyan a engrandecer el relato mitológico en un lógico intento por alcanzar o mantener el poder político. ¿Un ejemplo? La igualdad de oportunidades. Nos encontramos frente a uno de los valores que, desde las revoluciones liberales del S.XIX marcan la actividad de cualquier buen gobierno, convirtiéndose en un principio rector a priori hegemónico y defendido por tradiciones tan variopintas como el socialismo o el liberalismo. Su aplicación consiste, básicamente, en garantizar el mismo número de posibilidades a todos los ciudadanos para desplegar sus vidas, evitando que condiciones como la clase social sirvan como limitación. Además de profundamente injusto, sabemos que este hecho es una traba para el futuro de cualquier país, que estaría perdiéndose el crecimiento de millones de personas, que no dispondrían de las herramientas necesarias (¿para qué está el Estado, si ni tan siquiera logra garantizar algo tan básico?) para poder desarrollar su vida y sus capacidades.

En este sentido es necesario destacar la paradoja del sueño americano y la miopía que la misma nos impone. La premisa es clara, sencilla y perfecta para legitimar las posibles miserias de todo un sistema: si trabajas y te esfuerzas, podrás formar una familia y vivir en una casa con jardín y piscina. El discurso se adapta al desarrollo tecnológico y es perfectamente camaleónico, además de, aparentemente, positivo en términos morales, al premiar cuestiones tan bien valoradas como la ética de trabajo. En España el mito lo encarna a la perfección Amancio Ortega, del que prometo no hablar en términos fiscales o laborales por esta vez, hombre de éxito que nació pobre y fallecerá rico. ¿Entre medias? Trabajo, dedicación e innovación, a priori. La pregunta que surge frente a un relato tan poderoso es sencilla y viene cargada de ideología: ¿si él ha podido conseguirlo a base de trabajar, por qué tú no vas a poder lograrlo?, o, en términos de conciencia de culpa, ya que si no lo consigues es porque no lo has intentado, no culpa de las instituciones. Si eres pobre es porque, en fin, algo has hecho mal. Pero, ¿qué tiene esto de mito, y qué de realidad?

En primer lugar, es especialmente complejo poder calcular este tipo de relatos; no existen índices como tal que logren medir la meritocracia o la igualdad de oportunidades al completo, y lo único que nos puede aportar una cierta luz son los factores que integran la transmisión intergeneracional de la pobreza, fenómeno que tiene lugar en aquellas situaciones donde las situaciones parentales limitan y determinan, hasta cierto punto, el futuro de un ser social. Ello agrietaría la igualdad de oportunidades y pondría en tela de juicio el papel que está jugando nuestro Estado de Bienestar. Obviamente, es imposible borrar cualquier influencia familiar o social en este sentido, pero las instituciones deben encargarse de limitar, en la medida de lo posible, todas estas disfunciones para ofrecernos un país mejor. Vaya por delante que no pretendo obviar el desarrollo de nuestra sanidad o educación pública, que ha mejorado exponencialmente (nacido, a decir verdad), en las últimas décadas y que han venido para quedarse en nuestro ideario, permitiendo que millares de hijos de familias obreras hayan podido acceder a la universidad, símbolo del progreso que nuestro país ha vivido.

Dicho esto, observemos la relación entre los estudios de los padres y sus hijos. Parece claro que existe un sesgo importantísimo que vincula los estudios de forma generacional, hasta el punto de que solo uno de cada diez hijos con padre sin estudios obtiene estudios superiores, o que solo cinco de cada cien hijos con padre con estudios superiores únicamente alcanzan estudios primarios.

Formación adultos según estudios padre.

Otro posible indicador podría ser la correspondencia existente entre la formación de un adulto y el nivel de vida que llevaba en su adolescencia, reducido a las facilidades o dificultades entre las que convivía. Observamos como, nuevamente, parece existir una relación más que interesante: quien de joven vivió en una casa con muchas dificultades económicas muestra fuertes tendencias a tener un menor nivel de estudios que quien sí disfrutó de facilidades en su adolescencia, y viceversa.

Formación y problemas económicos en adolescencia.

Este hecho, unido al vínculo que existe entre estudios y futuro nivel laboral (a más estudios, mejores condiciones, generalmente), es revelador a la hora de comprender hasta qué punto tu infancia determina tu futuro. En la línea de ello encontramos que la tasa de pobreza entre adultos que sufrieron una adolescencia precaria es más del doble que la observada entre quién vivió facilidades en su hogar.

Tasa de pobreza de adultos según problemas financieros en su hogar siendo adolescente

Profundizando en la materia, y añadiendo una perspectiva comparada que nos permita conocer si estos hechos son inherentes a cualquier sistema político que se precie o existe margen de mejoría, volvemos a apreciar una diferenciación más que significativa al relacionar pobreza y estudios paternos: los hijos de padres sin estudios se enfrentan a un riesgo de pobreza desproporcionado en comparación a los hijos de familias con estudios superiores. Este hecho muestra una cierta réplica en términos europeos, si bien de forma mucho más moderada, con la curiosidad de que la educación superior se muestra más frágil como protectora frente a la pobreza para tus hijos que en España, mientras que en el resto de capas académicas sucede al contrario.

Tasa de riesgo de pobreza en función del nivel de estudios de los padres.

¿Qué sucede si introducimos a uno de los colectivos más denostados y estigmatizados de la sociedad, como son los inmigrantes, y lo relacionamos con la transmisión de la pobreza? Los resultados dejan poco lugar a la duda, y van al corazón de otro de los grandes tópicos existentes en relación a la inmigración: no, ser inmigrante en España no es ningún privilegio, por más que lo repitan los grupos xenófobos. Existen pocos segmentos poblacionales que hayan sufrido más la crisis que los inmigrantes, y no parece que sus hijos vayan a poder disfrutar de mejores condiciones de vida. España, en comparación al resto de la Unión Europea, parece un lugar especialmente cruel para ser inmigrante, ofreciendo un futuro poco alentador para sus hijos, por desgracia.

Tasa de riesgo de pobreza en función del lugar de nacimiento de los padres.

Como el mero hecho de sugerir la existencia de diferencias cognitivas entre autóctonos y extranjeros, o entre hijos de familias ricas y pobres, es una completa barbaridad que difícilmente puede ser tomada en cuenta, podemos afirmar que se trata de un fenómeno que se nutre de una disfuncionalidad institucional que coloca al Estado en una posición más que delicada. Cabría continuar investigando en esta línea para encontrar explicaciones más convincentes y desarrolladas, sin que sea descartable, en ningún caso, que existan elementos férreos y difícilmente transformables para solventar parcialmente esta situación (esto es, que haya parte de inherente a la existencia de desigualdades).

Porcentaje de gasto social destinado a familia e infancia.

Dicho esto, existen dos indicadores reveladores a la hora de definir la posición que nuestro Estado de Bienestar ha venido jugando: la inversión en infancia y el porcentaje de trasferencias que realiza el Estado sobre las capas más ricas y las más pobres.

Transferencias públicas recibidas.

Analizando a la sociedad española como a un todo, y tras dividirla en diez partes en base a la renta, encontraríamos diez deciles desiguales que irían desde el 10% de la población más pobre del país hasta el 10% más rico. Suponiendo que el Estado de Bienestar es una herramienta que trata de proteger a los más débiles, redistribuyendo desde las capas más altas para mejorar la situación de los más desfavorecidos y el país en general, cabría esperar que el orden fuese fuertemente progresivo: los más pobres recibirían mucho más que los más ricos, para compensar la situación previa. Sin embargo, nuestro Estado hace todo lo contrario: de forma regresiva, marginando a los sectores más pobres de la población y beneficiando a los más pudientes, generando una espiral muy peligrosa. Por si nos parece anómala esta explicación, la comparativa con otros países de nuestro entorno no nos deja tampoco en muy buen lugar: somos el tercer país de la OCDE que menor porcentaje de transferencias redistribuye desde las instituciones hacia el decil más débil. Lo que viene siendo un completo absurdo y un asunto que inexplicablemente no acapara una mayor atención política y mediática, rompiendo, dicho sea de paso, la idea generalizada -y profundamente conservadora y reaccionaria- de que en España se dota de demasiada atención e importancia en materia de subvenciones a los más pobres.

Porcentaje de transferencias recibido por el 10% más pobre.

En definitiva, y para no alargarme más en un tema con posibilidades infinitas, si bien es cierto que existen personas que se benefician del ascensor social y pueden progresar a lo largo de su vida gracias a sus capacidades, no es menos cierto que la tónica general camina en dirección opuesta. España es un país en el que, por desgracia, continúa existiendo un fuerte determinismo sociolaboral que imposibilita el progreso y el crecimiento desde edades muy tempranas, condenando al ostracismo y a la marginalidad a millones de personas a las que las instituciones niegan una oportunidad de forma sistemática. Frente al mito, reformas.

Foto portada/http://adamanddavid1.homestead.com

Related News

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported (CC BY-SA 3.0)

UA-55908739-1