Marx tenía razón… pero sólo a medias

“Maldita casta, bendita gente”. Con este nombre lanzaba Podemos su primer spot de la campaña electoral el 5 de Diciembre de 2015. En los diferentes vídeos del mismo, observamos a unos ciudadanos caracterizados por un importante afán de trabajo,  que han padecido de forma agresiva las políticas de los diferentes gobiernos. Han perdido sus empleos, sus hijos se han marchado de casa y, por si fuera poco, la clase política no ha aportado ningún tipo de solución a sus demandas. Se construye así un enorme contraste entre la idealización de un pueblo trabajador que ha hecho “todo lo que se supone que había que hacer para vivir decentemente” con la incompetencia de unas élites que han preferido jugar al Candy Crush en vez de escuchar las quejas de los ciudadanos.

El enfoque elitista en la Ciencia Política nace a finales del siglo XIX centrando el peso en lo político en contraposición con las teorías marxistas que basan sus hipótesis en el poder de lo económico y lo social. A día de hoy, y tal como defendía Michels en su libro Los Partidos Políticos, parece haberse generado cierto consenso en la aceptación de que toda estructura compleja conlleva necesariamente la aparición de una oligarquía, a la que el autor socialdemócrata alemán denominará la “ley de hierro de la oligarquía”. Si observamos los diferentes sistemas políticos que conviven en todo el planeta, resulta imposible encontrar uno sólo en el que no exista una élite que concentre el poder. Partiendo de esta premisa, se presenta el primer choque en la teoría política. Mientras que algunos autores como Schumpeter o Sartori entienden que la existencia de esta élite no es incompatible con la democracia, el enfoque marxista considera a esta élite una “clase social” (a diferencia de los autores elitistas) a la que es necesario derrotar para lograr un sistema más justo.

Esta concepción marxista de las élites es fácilmente reconocible en el discurso de Podemos, que redefine un lenguaje viejo y logra conectar con una buena parte de la ciudadanía. En el fondo, la formación morada recupera la idea de la “lucha de clases” y consigue introducirla en el debate público con una habilidad que merece ser reconocida. Esta apelación rousseauniana a un pueblo que nunca se equivoca rescata en realidad un debate antiguo, el de la democracia formal frente a la democracia ideal. Como dice Sartori la diferencia entre ambas es que en la primera hablamos en sentido descriptivo (lo que es) y en la segunda en sentido prescriptivo (lo que queremos que sea), de manera que parece complicado poder aceptar en términos prácticos su aparición.

Sin embargo, si algo hemos aprendido de las desregulaciones de los años 80 es que Marx tenía razón…aunque sólo a medias. El pacto social y liberal que constituye los principios de la Unión Europea parece haberse resquebrajado. Lo social  está pasando a un segundo plano, mientras que los Estados se enfrentan a un proceso de cesión de soberanía en el que determinadas élites económicas han ido aumentando progresivamente su poder. En el momento en el que Europa “rompe” su pacto social (Privatización de los servicios públicos,  “El Pacto de la Vergüenza”, reducción del Estado del Bienestar…) el poder político se presenta subordinado al económico, tal y como defiende la teoría marxista. Sin embargo, tampoco es cierto que los Estados hayan perdido totalmente su soberanía, ni que la mal denominada “clase política” sea un títere de los grandes poderes económicos. Un ejemplo muy claro es el Reino Unido, un país que mediante una consulta ha ejercido su soberanía y ha decidido romper el “contrato europeo”, aunque ahora las encuestas parecen indicar que de celebrarse hoy un nuevo referéndum el resultado podría ser bien distinto (dato interesante para los fanáticos de la democracia ideal).

Es evidente que la democracia representativa tal y como la entendemos hoy debe introducir elementos de democracia directa si quiere “sobrevivir” a un contexto en el que los ciudadanos han decidido poner una enorme lupa sobre el comportamiento de las élites. Éstas, probablemente, deban “ceder” algunas de sus funciones al constituyente entendiendo que no por ello se renuncia a la democracia “delegada” en el constituido.

La decisión del Secretario General de Podemos (Pablo Iglesias) de destituir a su Secretario de Organización (Sergio Pascual) plantea el dilema al que ahora ha de enfrentarse esta formación política. El propio líder del partido de izquierdas,  nos dejaba estas declaraciones hace apenas un mes:

Esa idiotez que decíamos cuando éramos de extrema izquierda de que las cosas se cambian en la calle y no en las instituciones es mentira”

La conclusión de este artículo bien podría ser esta: Es difícil imaginar una sociedad en la que no existan las élites, tal vez por ello aquellos que basen sus discursos en la desaparición de las mismas debieran tener en cuenta que su máxima aspiración es llegar a sustituirlas.

Foto portada/sintetia.com

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