Malditos populistas (II)

Continuando la serie de artículos iniciada hace un par de semanas, intentaremos desmontar los argumentos habitualmente presentes en el discurso esencialista contra la hipótesis nacional-popular. Hoy, hablaremos de los significantes vacíos y la relación entre las diferentes luchas según el enfoque populista.

Los significantes vacíos: la palabreja.

La categoría de significante vacío, frecuentemente utilizada por Laclau al describir el funcionamiento del discurso populista, es una de las señas de identidad de su hipótesis, y uno de los elementos más repudiados por el discurso esencialista. ¿Qué es un significante vacío? En principio, si asumimos que la relación entre un significante (la palabra “arte”, por ejemplo) y su significado (¿la plasmación de la belleza? ¿La cultura como movilizador de las masas? ¿El reflejo de la realidad divina?) Es contingente y evoluciona a lo largo del tiempo, entonces todos los significantes tienen matices de vacuidad, en tanto que el significado de las palabras nunca es sólido, fijo a lo largo del tiempo e inapelable, sino que todas ven modificada su significado como producto del devenir de la realidad social (la influencia del arte, la política, la religión, la ciencia y toda la cultura en general).

No obstante, existen determinados significantes en política (y éstos son en general a los que se refiere Laclau cuando nos habla de significantes vacíos) que están “especialmente vacíos”, es decir, especialmente indefinidos, ya que están sujetos a disputa política por cargarles de un significado afín a un proyecto. Por ejemplo, el significante “libertad” ha sido especialmente disputado a lo largo de la historia por la potente capacidad de movilización de masas que tiene: hoy en día es abanderado por los liberales como sinónimo de “ausencia de control estatal”, y es abanderado por los abolicionistas del trabajo como “capacidad económica y adquisitiva para poder decidir sobre la vida propia”.

Como ya explicamos en la parte I de este artículo, el discurso populista vincula una serie de demandas populares insatisfechas y las identifica como equivalentes a una demanda fundamental, que las engloba a todas ellas (“proceso constituyente”, “independencia”, “hacer que América vuelva a ser grande de nuevo”, etc). Pues bien, esta demanda fundamental suele adoptar la forma de significante vacío. Esto es lógico, en tanto que cuanto más ambiguo y en disputa esté su significado, más capacidad tendrá esa palabra en concreto para referirse a un mayor número de demandas. Se ve esto con especial claridad en el caso del populismo independentista catalán: se ven reflejados en el significante “independencia” tanto aquéllos como la CUP que quieren separarse de España para constituirse en República socialista, como los convergentes que quieren una República liberal insertada en la Unión Europea del mercado desregulado. Esto es posible porque el significado de “independencia” es ambiguo, y su concreción excesiva comprometería la capacidad del discurso independentista para aglutinar intereses muy diversos. Es decir, la indefinición de los significantes vacíos que abanderan el discurso populista no es una debilidad de éste, sino su condición misma de éxito, por permitir la articulación de voluntades necesariamente plurales y diversas en torno a un único movimiento popular. Es evidente, no obstante, que esta ambigüedad nunca es completa: la elección de las demandas que se vinculan equivalencialmente dota de contenido sustancial al movimiento (elegir ciertas demandas y no otras es ya un acto político e ideológico, como comentamos en el artículo anterior).

El camarada Alberto Garzón, que desde que se han agudizado los conflictos políticos internos de Podemos parece tener un inaudito interés por la teoría laclausiana, vierte sus críticas sobre este asunto en dos sentidos: por una parte, y como ya hemos dicho, que la ambigüedad inherente al uso de significantes vacíos resta potencia ideológica y conflictual frente a otras alternativas como su concepción propia del marxismo; por la otra, que la ambigüedad de los significantes vacíos impide una solidificación del movimiento en torno a una doctrina que garantice políticas a favor de los de abajo (en el ejemplo del independentismo, a Garzón le angustia que la ambigüedad del discurso independentista en términos generales no garantice la victoria de los intereses de la CUP frente a los convergentes).

Respecto a lo primero, sólo cabe decir que históricamente todos los movimientos subversivos exitosos han recurrido al uso de significantes vacíos para vertebrar sus discursos. Entendemos que esto es así porque el despliegue organizado de intereses diversos que requiere una revolución social sólo es posible a través de apelaciones a la pluralidad social, no a una clase social con intereses “objetivos” inmutables y seguros. Esto lo entendió a la perfección Lenin cuando el sujeto de la revolución dejó de ser el proletariado y pasó a ser, discursivamente, la famosa “alianza de trabajadores y campesinos”. Esto se ve también, como nos recuerda con precisión historiográfica el camarada Valtonyc, en la famosa consigna leninista de “paz, pan y trabajo” -¿es posible imaginar una consigna más vaciada de significado? ¿Quién puede no querer paz, comida y trabajo?-. Que la primera revolución socialista exitosa fuese aquélla que se apartó discursivamente del dogma esencialista del marxismo ortodoxo no es casualidad.

En cuanto a la segunda preocupación de Garzón, creo que está íntimamente relacionada con algo que molaría llamar, referenciando a Uliánov, la enfermedad infantil del esencialismo: la creencia ciega en la posibilidad de un fin de la historia, de un cierre irreversible del conflicto social que pone punto y final a nuestras preocupaciones por la política. Es imposible escaparse de la creencia en tal profecía si uno aún sigue interiorizando que la abolición de las clases sociales a través de la dictadura del proletariado traerá el paraíso comunista a la Tierra. Quienes rechazamos esta concepción de la historia por ser religiosa y anticientífica entendemos que la incertidumbre respecto al sentido último de los discursos políticos no es algo inherente al populismo, sino inherente a la política en sí. Cualquier intento de cerrar la historia deviene siempre en experimentos totalitarios que, más allá de juicios morales, se han demostrado ineficaces y perecederos, y por lo tanto, inútiles para solucionar los problemas contra los que fueron creados.

La contradicción de clase como la contradicción fundamental.

Como hemos repetido, el esencialismo marxista considera que la lucha de clases expresa la contradicción esencial en términos históricos, es decir, aquella relación de opresión cuya existencia es el nudo que ata también el resto de opresiones. Esto lo expresan algunos personajes con seudónimo ruso en Twitter afirmando que, junto al capitalismo, caerá también el patriarcado, la sumisión de las naciones colonizadas, la opresión de blancos sobre el resto de razas, etc. Esto no es así porque coyunturalmente, como se define desde la hipótesis populista, la demanda de clase pueda referir equivalencial y discursivamente a otras (como de hecho pensamos que ocurrió durante las revoluciones socialistas exitosas del siglo XX), sino porque la demanda de clase es la demanda fundamental, la demanda de verdad, en términos materiales, objetivos, inapelables según las leyes de la historia descritas en las grandes obras de la teoría marxista.

Este enfoque es peligroso, en síntesis, porque invisibiliza cualquier otra lucha que no sea la de la clase obrera contra los propietarios. La opresión patriarcal sobre la mujer, la persecución cultural que sufren habitualmente las naciones sin Estado o la discriminación racial se convierten en contradicciones secundarias cuya resolución es deseable, pero que jamás vertebrarán el discurso del esencialista porque para él, si no se señala la cuestión de clase como el centro alrededor del cual pivotan el resto de opresiones, entonces no se estará siendo suficientemente radical, en tanto que es la explotación del proletariado la raíz de todos los problemas del mundo. Cuando decimos que el populismo vincula una serie de demandas sociales insatisfechas haciendo que se contaminen unas de otras, que se entremezclen en un discurso que define el sentido de cada demanda en función de aquellas otras demandas con las que está ligada en el seno del movimiento nacional-popular -esto es, una cadena de equivalencias-, estamos otorgando la misma importancia ontológica a todas las demandas: que unas adopten una mayor visibilidad que otras responde a motivos contingentes, circunstanciales, de puntualidad histórica, pero no a que haya unos dolores sociales más cruciales que otros. De esta forma, es posible pensar, desde la hipótesis populista, la refundación de un país a favor de los de abajo sin necesidad de que la demanda central sea la demanda de clase. Así fue en numerosos procesos africanos y latinoamericanos durante el siglo XX, con los Movimientos de Liberación Nacional presentando un discurso clarísimamente nacionalista, en el que la libertad de la Patria frente a potencias invasoras extranjeras (materializadas en las multinacionales que extraían la riqueza natural del país) suponía la idea fuerza de un discurso que, no obstante, operaba clarísimamente a favor de demandas obreras, campesinas y feministas. En general, la concepción discursiva de las luchas frente a otras concepciones economicistas y esencialistas permite una mayor flexibilidad estratégica y táctica, impide caer en dogmatismos incapacitantes y facilita la inclusión de nuevos dolores sociales al relato del movimiento popular.

Foto portada/infobae.com

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