Malditos populistas (I)

Pablo y Errejón, un solo corazón.

El interesante debate que ocurre en el seno de Podemos entre errejonistas y pablistas se extiende a la velocidad del rayo por los diferentes espacios del movimiento popular en todo el Estado. Se intuye que la militancia en todo el país discute sobre cuáles son las tesis ganadoras: a quién tender la mano, a quién enseñar los dientes, si es mejor el ceño fruncido o la sonrisa conciliadora, si las banderas deben ser rojas o no serlo, y otras estrafalarias codificaciones de hipótesis políticas, que algunos han querido etiquetar en términos más académicos (y erróneos, en mi opinión) como una disputa entre populismo y republicanismo. Como explicaré a lo largo del artículo, creo que es más acertado fronterizar el debate entre posturas esencialistas y posturas antiesencialistas.

La discusión política suele llevar a la caricaturización del oponente, a la simplificación de las posturas en lucha: izquierdistas llamando moderados o blandos a los populistas, y populistas acusando de marginalismo infantil a los izquierdistas. En este artículo intentaré refutar algunos de los malentendidos habituales sobre la hipótesis plurinacional-popular que empantanan los debates, volviéndolos circulares. Sobra decir (o quizás no), que el fin del artículo es fomentar el debate para desanudarlo. Aunque esté por decidir desde qué flanco atacaremos, en esta coyuntura histórica sólo hay una trinchera para las fuerzas transformadoras: la del pueblo.

El populismo no es suficientemente ideológico.

Realmente se trata de una crítica acertada: el populismo no tiene ideología, porque no es una ideología ni aspira a serlo. Estrictamente hablando, no se puede elegir entre ser populista o ser comunista, tanto porque son conceptos que se refieren a aspectos diferentes de la política, como porque el comunismo es un tipo de populismo. El populismo es un concepto formal, que propone una forma de aglutinación política, una manera de agregar voluntades individuales para conformar un movimiento popular. El sentido político de tal movimiento popular es absolutamente contingente, dependiente del carácter ideológico que le imprima la dirección del movimiento y las circunstancias históricas. ¿Qué características generales tiene un movimiento populista? Trazando grueso, podríamos hablar de:

  1. El discurso populista fronteriza todo el espectro político en dos bandos claramente diferenciados: el pueblo y la oligarquía. No siempre se expresa con estos nombres (“la gente”, “el proletariado” o “la raza aria” vs. “la casta”, “la burguesía”, “el contubernio judío”…).
  2. El discurso populista defiende la inclusión de los que se consideran excluidos: el movimiento siempre señala a sectores de la población en posición subalterna cuyas demandas están siendo ignoradas por la élite, y propone su irrupción en el sistema para transformarlo y volverlo más justo. Esto se ve con claridad en el caso de Podemos y sus consignas (“recuperar las instituciones para la gente”), pero aún mejor en experiencias latinoamericanas que supusieron la inclusión en el sistema político de sujetos indígenas mayoritarios pero ignorados.
  3. El discurso populista liga toda una serie de demandas populares en torno a una demanda fundamental que equivale a todas ellas, y que suele ser un significante vacío, como explicaremos más adelante. Las diferentes aspiraciones desatendidas del pueblo, pues, se engloban en una sola: “independencia”, “Revolución social”, “proceso constituyente”…
  4. Un líder carismático dirige el movimiento, encarnando el ser del pueblo y defendiéndole ante las élites. Suele tener rasgos o conductas que aspiran a demostrar autenticidad y cercanía ante las preocupaciones de los de abajo (ir en chándal, tocar la guitarra en mítines, llevar coleta y pendientes, etc.), buscando ridiculizar el amaneramiento y la estética de los dirigentes tradicionales. Además, el líder recurre a discursos con un fuerte componente emocional (demagógico, para algunos) que buscan vincular emocionalmente a los individuos con el sujeto colectivo que busca construirse.

Como se observa, el contenido material -ideológico- del movimiento es independiente de la forma populista de aglutinación política. El bolchevismo es un tipo de populismo comparable al nazismo en términos formales, algo que ha sido señalado hábilmente por el liberalismo contemporáneo con esa odiosa frase de “los extremos se tocan”. En realidad, aunque en términos formales todos los populismos compartan características, el contenido ideológico es fundamental para definirlos, porque determina qué clase de país quiere construirse, esto es, qué efectos tangibles en forma de políticas públicas tendrá el éxito del movimiento. Una fronterización popular raza aria vs. judíos no tiene los mismos efectos políticos que una fronterización proletariado vs. burguesía, porque opera discursivamente para justificar y legitimar políticas de tipo muy diferente. Tener claro esto es fundamental para comprender el siguiente punto.

Los posmodernos engañan, la izquierda habla CLARO.

La afirmación anterior expresa claramente lo que considero el mayor defecto del izquierdismo, la hipótesis esencialista. Cuando se opone “hablar claro” a “ser ambiguo”, se está considerando necesariamente que existe una interpretación objetiva de los fenómenos sociales (citarla sería precisamente “hablar claro”), mientras que escapar de los límites de tal interpretación sería una maniobra de engaño, un subterfugio para engañar a las masas que por su “falsa conciencia” no están preparadas para escuchar la Verdad. Esto deja en buen lugar a los sectores afines al esencialismo, porque ennoblece su discurso y los convierte en portadores de conocimientos inapelables, pero parte de premisas epistemológicas ya superadas.

El enfoque posmarxista de Laclau y Mouffe utiliza la siguiente premisa: existe una realidad social objetiva, lo que ocurre externamente a los observadores, pero todo intento de interpretación de la misma siempre implica la elaboración de un relato contingente -que es de una forma pero podría ser de otra- y que justifica una determinada distribución de poder en la sociedad. Ninguno de esos relatos refleja una verdad objetiva e inapelable, sino que se convertirá en la “verdad” si se vuelve mayoritariamente aceptado como cierto. Ejemplificando: la existencia de privilegios fiscales para la nobleza era un hecho social objetivo durante el Antiguo Régimen. Ahora bien, considerar que tales privilegios fiscales eran de sentido común porque se adherían a la Santa Tradición, o atacarlos porque atentaban contra la Igualdad, uno de los valores supremos de la República, suponen relatos alternativos para explicar un mismo fenómeno. Ninguno de los dos es la explicación verdadera, aunque los partidarios de uno u otro discurso necesiten legitimar sus respectivos relatos elevándolos a la categoría de verdad objetiva.

Utilicemos un ejemplo más actual: el trabajo asalariado es un sistema de relaciones sociales de producción que consiste, resumidamente, en que el titular de los medios de producción (el burgués, en términos clásicos) le paga un salario al proletario a cambio de su fuerza de trabajo, y retiene la plusvalía generada para su propio beneficio. Podemos citar dos relatos para interpretar ese fenómeno: bien que se trata de un sistema en el que el burgués parasita la fuerza de trabajo del obrero, o bien que se trata de un sistema en el que el burgués recibe una justa recompensa por la iniciativa que demuestra poniendo en marcha una empresa que satisface necesidades sociales, en ocasiones arriesgando capital que puede haber acumulado trabajando él mismo. El marxismo, como muchas otras doctrinas, considera que su relato es esencialmente cierto (de ahí la acusación de esencialismo), es decir, que refleja La realidad objetiva y material: cualquier otro relato alternativo sería producto de la enajenación y la falsa conciencia. De esta forma se niega la autonomía de lo político respecto a la economía, porque la política para un marxista no es la construcción discursiva de relatos que distribuyan poder en un sentido u otro, sino la expresión fantasiosa que los humanos nos damos a nosotros mismos de fuerzas económicas subyacentes (las clases sociales, el desarrollo de fuerzas productivas, la legitimación de determinadas relaciones de producción…). La política marxista es, pues, una política mesiánica: no se trata de generar relatos emancipadores o construir sujetos populares, porque el relato ya existe -aquél que refleja la realidad de la explotación de clase, objetivamente cierta aún si nadie la enuncia- y el sujeto popular ya está predeterminado -la clase obrera destinada a liderar la revolución socialista-.

La concepción marxista de la política tiene serias deficiencias respecto a la posmarxista. Por una parte, conduce innegablemente al dogmatismo y al estancamiento intelectual: si el relato político se deduce naturalmente de lo económico y los sujetos políticos emancipatorios ya están predeterminados, cualquier voluntad de subvertir relatos clásicos, incluso aunque sea con buenas intenciones, se convierte en un peligroso ejercicio de herejía revisionista. No importa que la cosmovisión marxista clásica haya sido derrotada tras la caída de la Unión Soviética, y que la clase obrera como sujeto emancipador haya desaparecido de la imaginación colectiva: para un marxista, como tal imaginario refleja la realidad objetiva de la existencia de un proletariado oprimido por la burguesía, insistir en su utilización es una obligación hasta que toda la clase trabajadora despierte de su engaño. Esto impide reapropiarse del imaginario hegemónico del adversario para utilizarlo a favor de la transformación social (porque eso sería recurrir a “discursos burgueses”) y, como explicaremos en la segunda parte de este artículo, también subordina todas las opresiones existentes en la sociedad (género, raza, nación…) a la opresión “de verdad”, la opresión de clase.

La tesis plurinacional-popular que defendemos algunos no considera que haya una realidad objetiva esperando a ser descubierta y enunciada para despertar a borregos, sino que el sujeto emancipador, el pueblo, se construye hilando todas las luchas y opresiones contra las que buscamos rebelarnos en un relato no definido previamente. Ese relato no adopta formas rígidas, sino que es contingente al momento histórico y a cada pueblo-nación. No hay recetas mágicas ni escrituras sagradas que indiquen el camino, sino sólo comprender las contradicciones del sentido común de una época, favorable a la dirección cultural de los poderosos, y subvertirlas para legitimar un orden inverso de relaciones de poder que favorezca a las oprimidas.

Foto portada/LaRioja.com

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