Legislatura destituyente sí, en las calles también

En 2014 mi compañero Álex Aguilar ya señalaba el necesario resurgir del movimiento estudiantil (leer aquí). Hoy, dos años después, ese artículo sigue igual de vigente y necesario de cara a las reformas que se nos imponen al estudiantado, los continuos ataques desde el capital que hace referencia en el artículo. A finales del mes pasado escribía un modesto texto (aquí) en el que señalaba las deficiencias en materia educativa del anunciado –y fallido en primera instancia- acuerdo PSOE-Ciudadanos y la salida a las calles de los y las estudiantes contra la reforma 3+2 que se produjeron días después. La semana pasada en el país vecino, Francia, salían decenas de miles de estudiantes –500.000 según los organizadores- en una movilización a nivel estatal para mostrar la primera de las próximas señales de fuerza en contra del proyecto de reforma laboral del gobierno de Hollande. Una de las fechas más importante fijadas será el 31, la huelga general convocada por los sindicatos.

El proyecto de reforma tiene en su contra a las organizaciones estudiantiles pero también a sindicatos, trabajadores, críticos del partido de Hollande y partidos de izquierdas. Ésta permitiría la superación del tope de 35 horas semanales, se aumentarían las razones por despido –descenso de pedido, beneficio o reorganización empresarial-, una rebaja general de la indemnización, una rebaja en la retribución por horas extra o una reducción del poder sindical, entre otras características que recuerdan a la reforma laboral de 2012 en España. Una vez más, la socialdemocracia y derecha europea dándose la mano en beneficio del capital y contra los intereses de las clases populares. Que se busque reducir las condiciones laborales va ligado al intento de hacer de la mayoría de los y las estudiantes una fábrica de futuras trabajadoras precarias y de mano de obra barata. He aquí uno de los principales motivos que han llevado a llenar las calles de Francia.

Según Diane Raby, la apertura rupturista de un régimen a otro es sólo posible por la crisis hegemónica o de régimen, el fracaso de los partidos de izquierda y la disposición revolucionaria latente de las clases populares. En España, desde 2011 con el 15M, se demostró dicho fracaso de los partidos de izquierda cuando lo movimientos sociales protagonizaban los anhelos de cambio y se percibía a estos partidos como coautores de la crisis y de la situación del pueblo. Esta crisis de los partidos de izquierda –del Partido Socialista, como aglutinante mayoritario de ese electorado- precipitó, entre otros factores, la crisis de hegemonía del llamado Régimen del 78, pues como señala Manolo Monereo con la lucidez que le caracteriza, es el PSOE el partido que garantiza la continuidad y sostenimiento del sistema surgido tras la Transición. Que este partido pierda, elección tras elección, un sustancial número de votos es reflejo del fracaso de la izquierda tradicional y una grieta cada vez más grande de la crisis orgánica.  Ambas características se mantienen actualmente, pero desde 2014 existe un reflujo de la movilización que ha reducido notablemente esa disposición revolucionaria de la población para poner contra las cuerdas al régimen y precipitar una ruptura constituyente.

La incertidumbre política actual parece llevarnos de morros a unos nuevos comicios donde sabemos, más o menos, como entrará cada partido, pero nadie sabe cómo saldrán. En caso de nuevas elecciones, el resultado de las fuerzas que no plantean el sostenimiento de las políticas implementadas desde 2008 hasta ahora será crucial si no queremos dejar la puerta abierta a la recomposición  y restauración de las élites cerrando la ventana a un proceso constituyente que rompa democráticamente con el Régimen del 78. Aun así, queda un cierto resquicio a que los partidos viejos y el ‘viejoven’ se pongan de acuerdo, haciendo ingeniería y contorsionismo para hacer realidad los sueños del IBEX y aquellos que ven en otras formaciones peligrar sus privilegios.

En cualquiera de ambos escenarios, el retorno de la movilización en las calles es necesario para sumar las tres patas que señalaba Diane Raby y que dé, como resultado, una apertura desde abajo. Francia nos ha dado algunas pistas; un movimiento estudiantil que sea punta de lanza en las movilizaciones contra las reformas que nos ahogan todavía más en la miseria y construyen un futuro negro para los y las jóvenes. Por esto, la unidad de las luchas estudiantiles en el Estado español es necesaria. Más en un momento de crisis orgánica, en la cual el momento restauración-ruptura dejó de darse en la calle para entrar en el Parlamento en esta legislatura destituyente. No es suficiente. La lucha en la calle debe acompañar a la lucha institucional para construir la alternativa constituyente.

Quedan menos de dos meses en el que cada movimiento va a ser vital. Dos largos meses en los que cada día amanecerá con un embate a toda alternativa de cambio con la vista puesta en unas probables elecciones. La fuerza y el apoyo popular que desprenda y reciba Podemos va a ser un eje central de cara a que las élites se decidan entre unas nuevas elecciones –y así Podemos pierda posiciones respecto al 20D- u obliguen a PP, PSOE y Ciudadanos a ponerse de acuerdo si ven que Podemos y las confluencias pueden salir reforzadas. Toca cavar trinchera, pero no atrincherarse. On vaut mieux que ça! ¡Sí se puede!

Foto portada/Dominique Faget

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