Le Pen, Podemos et notre oubliés

Relataban recientemente los medios europeos una anécdota que, más allá del valor que cada uno quiera atribuirle a un suceso con escasa relevancia electoral, sintetiza y explica a la perfección el fenómeno Marine Le Pen en nuestro país vecino. La película era de sobra conocida por todos, porque no son pocos los medios de comunicación que han puesto su atención en ella: una gran multinacional que ofrece trabajo a centenares de obreros decide marcharse a un país a millares de kilómetros con el único objetivo de beneficiarse de los niveles de sueldo del país en cuestión y su regulación fiscal y laboral. Lo que comúnmente es conocido como deslocalización, vaya. En este caso la empresa era Whirlpool, y la localidad Amiens, donde curiosamente nació Emmanuelle Macron. Mientras Macron se reunía con los sindicatos afectados en una Cámara del Comercio, tras haber pospuesto tal reunión durante meses hasta ahora, en plena campaña por la segunda vuelta de las elecciones, Marine Le Pen decidió visitar la fábrica, siendo recibida por los trabajadores con gran entusiasmo, y asegurándoles que haría todo lo que esté en su mano por defender al trabajador autóctono frente al monstruo de la globalización. Macron, avisado por su equipo, hubo de replantear su estrategia y decidió finalmente visitar la fábrica, si bien con un resultado mucho menos agradable: silbidos, críticas y abucheos. ¿El balance? Punto para Le Pen en la casa de Macron, si bien jugando en un terreno que le es favorable: la Francia de los “oubliés“.

Le Pen/Macron por renta y situación

Sabemos, como observamos en todos los análisis sociológicos realizados hasta el momento, que la fortaleza de Le Pen proviene, fundamentalmente, de segmentos de la población que conviven con una precariedad acrecentada por los últimos años de la crisis y decepcionados por las respuestas que la política institucional ha ofrecido a su situación. Son obreros, son agricultores, provienen elementalmente de la Francia rural, no son especialmente mayores en cuanto a edad y, por sorprendente que nos parezca frente a tanta estigmatización, no tienen cuerno ni rabo. Simplemente, se sienten olvidados por parte de los partidos políticos tradicionales y expuestos frente a un mundo incierto y convulso que les coloca a la defensiva, en posición de repliegue identitario ante fenómenos como la inmigración o la globalización, de la que se sienten, y en buena medida son, perdedores.

Cabría preguntarse, y en ese sentido trata de caminar humildemente este artículo, cómo son nuestros olvidados y qué influencia tienen, ya sea con su actitud o con su voto, en un sistema de partidos como el nuestro, que innegablemente se ha visto modificado por el transcurso de la crisis, como ha sucedido en todo occidente. Para ello, y a pesar de la complejidad del asunto en cuestión, especialmente de cara a tratar de ponderarlo a través de encuestas, con los posibles sesgos que ello puede conllevar, hemos podido profundizar en la relación que mantienen con los centros de poder político dos colectivos que, en líneas generales, han sufrido la crisis de distinta forma debido a factores como la disfuncionalidad del Estado de Bienestar español: los obreros no cualificados y las clases altas y la media-alta. Si bien la comparación debería ser complementada en el futuro con el objetivo de fortalecer la hipótesis planteada, si que parece existir una diferenciación más que notoria a la hora de relacionarse con la política entre uno y otro colectivo, tal y como era previsible.

(%) De acuerdo con: esté quién esté en el poder, siempre miran por sus intereses

 

(%) De acuerdo con: los políticos no se preocupan de gente como yo

Observamos como la desconfianza en el sistema y en los políticos como canalizadores de su opinión e impulsores de políticas que pudieran transformar su día a día no ha hecho más que aumentar de la mano de la crisis económica y la crisis política. Los casos de corrupción y la visión de que la política no sirve de nada porque está subordinada al orden económico, entre otros factores, han colocado en niveles excepcionalmente bajos la confianza en el poder político, que ya en tiempos de bonanza económica era, siendo generosos, moderada. Tal estado de pesimismo tiene un efecto evidente y directo en la participación electoral, que se ve gravemente resentida por motivos obvios, generando un posible círculo vicioso: las capas más desencantadas con el sistema terminan por movilizarse menos, asumiendo que su situación es inherente a su condición y que ningún partido hace nada por revertirlo, generando un escaso incentivo entre los partidos políticos para plantear políticas que pudieran reinsertar en la sociedad a estos grandes olvidados. El desencanto tiene también otra vertiente, procedente del sentimiento de haber sido traicionado por otros políticos en el pasado, ayudando a generar un relato de rechazo frontal frente a la política difícil de confrontar. Especialmente interesante es observar cómo, y ante una misma crisis, las clases más pudientes muestran, pese a que nos encontremos igualmente con valores altos que mantienen una evolución similar al alza, una menor desconfianza en el sistema político y sus posibilidades. Acompañado, a su vez, de mayores índices de participación no convencional y de interés por informarse.

(%) Abstención en elecciones generales (2008-2016)

Paralelo a este suceso encontramos a otros colectivos como los pensionistas, que pese a no encontrarse entre los grandes damnificados por nuestra crisis, si muestran índices de participación electoral muy elevados, influyendo decisivamente en la agenda política. En cambio, segmentos poblacionales como los analizados solamente parecen movilizarse masivamente en circunstancias excepcionales, donde encuentren estímulos elevados para confiar en un partido u otro, como parece suceder ahora en Francia con Le Pen y sus cantos de sirena para colocar en escena sus intereses en contraposición a una larga lista de partidos y políticos que les condenan a la precariedad.

Pudiera parecer que la entrada en escena de nuevos partidos en nuestro país, ocupando nuevos espacios electorales que quedaron huérfanos con la llegada de la crisis, ha ayudado a minimizar el recelo previamente mencionado, reilusionando y recogiendo las demandas de un número considerable de ciudadanos, que se sienten más cómodos en un nuevo sistema de partidos más plural y menos encorsetado que el anterior modelo bipartidista. En ese sentido es interesante observar el papel que puede jugar Podemos como dinamizador de las clases populares desde posiciones progresistas para sustituir a un PSOE en declive; se entiende que Podemos, que trata de reformular el eje político nacional estigmatizando a las élites como culpables del sufrimiento vivido por buena parte de la sociedad española, nace como respuesta a esta deslegitimación multinivel que vive nuestro sistema político, intentando generar un nuevo proyecto de país que reintegre a todas estas capas desinteresadas y damnificadas por determinadas políticas. En cambio, nada de esto, pese a la lógica que se le presupone, tiene reflejo en la realidad, al menos considerablemente. Si bien es cierto que existen colectivos que si han encontrado en Podemos o Ciudadanos una respuesta a esta convulsión, como los jóvenes, no es el caso de los trabajadores más precarios que, mayoritariamente continúan votando a los partidos tradicionales pese a seguir mostrando altos niveles de desconfianza e incluso rechazo frente a sus políticas, o persisten en su rechazo a las instituciones, donde siguen sin encontrar respuestas a sus problemas, posicionándose en posturas abstencionistas. Pese a que muchas veces desde ciertos medios de comunicación se traslada el mensaje de Podemos como un partido nutrido de votantes desesperados económicamente, comparando esta situación con el votante de Le Pen o de Trump, se trata de un relato que no parece sostenerse: pese a que Podemos es un partido altamente competitivo entre los grupos más precarios, no es ahí donde, aparentemente, reside la fuerza de su competitividad electoral, que se encontraría en su discurso territorial o su gran atractivo entre el votante joven y urbano. Su fracaso -hasta el momento- para alcanzar colectivos aparentemente afines, como el voto tradicionalmente obrero, explican parte de su incapacidad para alcanzar cotas más altas de poder.

(%) por clase social y voto el 26J

(%) en la categoría de renta que vota a cada partido

En conclusión, a toda la evidencia existente que alumbra la necesidad de combatir la desigualdad, la pobreza y la exclusión por motivos éticos, políticos o económicos, habrá que ir añadiendo un motivo eminentemente democrático: de poco servirá tildar a partidos como Le Pen como ultraconservadores o fascistas, pese a que lo sean, si nuestros sistemas de bienestar abandonan sistemáticamente a millones de europeos frente a la intemperie de la desesperanza. Si nuestras instituciones no sirven como impulso transformador del día a día de las personas, éstas, con buen criterio, decidirán buscar nuevas vías para corregir las injusticias. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Foto portada/http://5www.ecestaticos.com

Álex Pérez Rivero (Benifaió, 1995) estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública. Interesado en la desigualdad y en todos los rincones de la política que puedan ayudar a transformar el día a día de las personas. Allá donde no hay contradicción, hay dogma.

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