Las redes sociales y la política

¿Cuáles son los contenidos que más impactan en el discurso público y en el cerebro de las personas?

Lo que sabemos sin duda y que, en parte hemos experimentado dolorosamente, es que la simplicidad gana. Mensajes simplificados, placativos e incluso incorrectos, pueden hacer la diferencia en las campañas electorales y los discursos más polarizados. El año 2016 permanecerá en nuestra memoria como uno de los años en los que más visible se hicieron las debilidades de nuestra querida democracia. En fin, las debilidades de los pueblos. Nuestras debilidades.

La discrepancia entre lo que pide el pueblo y lo que hace; lo que puede hacer; la política es una brecha que siempre ha tenido su lugar en el discurso público.

Personalmente, yo he estado de acuerdo muchas veces con las versiones que se venden desde los niveles más altos de la política. Sí, creo que el Brexit fue mala idea para los ingleses, creo que Hillary Clinton hubiera sido mejor Presidenta, creo que el comercio libre entre Canadá y la Unión Europea nos va a ayudar (sin que tenga las dimensiones de las que nos intentaron convencer muchos de los llamados expertos) y sí, creo que la Unión Europea tiene que dar un paso integrativo justo ahora en su fase crítica. Cada uno de esos temas se merece como mínimo un artículo por sí mismo y muchos datos que lo expliquen en detalle.

Es aquí donde se revela el poderoso e indiscutible rol de las redes sociales. Las redes sociales son predominadas por símbolos, eslóganes, pancartas, gráficas, animaciones, antagonismos y también por odio. Las normas de educación, de discurso y de la propia lógica quiebran ante la presión de la polémica pública. Los temas anteriormente nombrados, son debatidos sin mucho esfuerzo y después de pocos intercambios de opiniones queda bien claro lo que “el pueblo” quiere.

Miremos algunos de los aspectos importantes pare entender las redes sociales en un contexto político. Uno es el medio y cómo funciona. Evidentemente hay grandes diferencias entre las dinámicas de Twitter, Facebook, Pinterest, Instagram y las plataformas menos abiertas como las “Meta-páginas” de los periódicos. Sin embargo, salvo pocas excepciones, comparten la naturaleza de la simplificación y del descontrol. Desarrollan comportamientos incontrolables e imprevisibles – los partidos políticos invierten cada vez más recursos para entender el cuándo y el cómo de los incidentes virtuales. La forma menor de la actividad política en las redes sociales son publicaciones (posts) que nadie, o muy poca gente lee. Eso puede ser, por una parte, un político local que avisa de qué va a hacer en una tarde particular y con eso quiere señalar que es activo y busca la transparencia popular (o incluso el contacto) o, por otro lado, y esto es importante, reportes elaborados con esfuerzos extensos y costosos que contribuyen a la emancipación política global, pero que desaparecen en espacios nebulosos que se podrían llamar la oscuridad o la profundidad de la red ya que la gente no quiere o puede sacrificar tanto tiempo y esfuerzo para informarse sobre el tema. Así puede suceder que una investigación sofisticada realizada en varios meses desaparezca en la red, mientras que un eslogan simplificado y poco educativo se convierta en una verdadera estrella de la web.

Los ingredientes de una “estrella” así no son tan simples, ni tan arbitrarios como podríamos pensar a primera vista. Necesitamos un tema que polariza, un tema controvertido, porque tanto el apoyo, como la resistencia contra ello, empujan el mensaje y lo elevan a las alturas de las pantallas. Obvio: compartiendo o “retwitteando” lo que todo apoyamos y nadie rechaza, no tendría sentido. Dicho tema controvertido va acompañado por una cara, una cita o algo que conecte un tema específico con una persona. Lo que se admira, y lo que se odia igualmente, necesita una personificación para capturar dichas emociones y dirigirlas a un sujeto específico. El último ingrediente puede ser, y esto es más bien opcional, una frase o una palabra que insinúe una solución. Visto que la capacidad de atención de la mayoría de la gente bajando el timeline de Facebook o mirando las novedades de twitter no excede por mucho la de un pez, todo eso tiene que caber en muy pocas líneas y, si es posible, estar escrito con palabras no más largas que cuatro sílabas. Si todo lo enumerado funciona bien y los canales de las redes sociales responden, se puede llegar a la forma máxima de cobertura virtual. El llamado “tsunami” de las redes sociales. Así se llama una situación en la que un tema específico ocupa todas las redes sociales de la Web. Una cobertura tan masiva de un tema particular muchas veces tiene la consecuencia de que algunos políticos y los medios de comunicacion clásicos, integren el tema viral a la agenda política. Esta forma de comunicación política de abajo hacia arriba es nueva y abre nuevas posibilidades – y riesgos.

No hay que ser profesor de lingüística para entender que esa forma de comunicación resulta en una percepción torcida de lo que es la realidad social y política. El debate del Brexit, la campaña electoral de Trump (y también la anterior de Obama cuyo compromiso en las redes sociales obtuvo el término “Obama-Effect”), y también los debates virtuales sobre los tratados de libre comercio con los EEUU y Canadá han sido influenciados (o manipulados) por las redes sociales. Los argumentos en la red social son más cortos, los hechos menos importantes, y las emociones arden bajo el umbral virtual. La Canciller Merkel originó un término que me parece bastante acertado. Vivimos en la época “pos-fáctica”. Una época en la que la evidencia pierde su valor. Y no parece exagerado pensar que Internet tiene algo que ver con esa evolución.

Edelmann escribió en 1971 que la política es una lucha de símbolos y ritos. Desde que tenemos las redes sociales podemos observar en vivo lo que él describió. Los símbolos pueden ser creados, manipulados y soltados a la esfera pública para concentrar la atención de los espectadores. Normalmente son los símbolos los que dictan cómo la política se tiene que comportar y, por primera vez, lo podemos observar y documentar. El símbolo del muro en la frontera de México fue tan poderoso como es símbolo del trabajador rumano que le quita el trabajo al inglés. Lo único que nos queda es crear símbolos nuestros. Símbolos de apertura y tolerancia – explicarlos y esperar que la mayoría estará con la democracia y con el internacionalismo. Los partidos políticos tienen que invertir más en imágenes y símbolos porque, aun siendo medios muy limitados, pueden transmitir mensajes correctos y progresivos.

Creo que el riesgo de esas características de la red es que es fácil que el miedo ocupe, por su inmensa potencia, los puntos claves del discurso público. Si eso pasa perpetuamente, estamos en peligro de perder cualquier estabilidad política.

El potencial, por otro lado, es que si encontramos una manera regulada, probablemente más sofisticada, de utilizar las redes sociales, pueden ser el elemento inclusivo y participativo que deseamos y que la democracia necesita desesperadamente. La ventaja de la simplicidad de esa forma de comunicación es que puede incluir a personas que anteriormente no se hubieran interesado por temas políticos. La pregunta es: ¿por qué la derecha radical logra lo que no logramos nosotros en las redes sociales? Incluir a gente apartada y convencerla. En Alemania, Inglaterra y Austria no se ha visto nunca que tantas personas clásicamente desinteresadas por la política se animen para buscar las urnas y votar. Tenemos que celebrar esa oportunidad. Y eso aunque, por el momento, nos parece ser una desventaja.

Foto portada/addacover.com

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