La república tenía nombre de mujer

La proclamación de la II República vino acompañada de un enorme fervor popular. Grupos de modistas madrileñas paseaban por la capital cogidas del brazo. No faltaba el gorro frigio. Las mujeres empezaban a ocupar el espacio público. Lo hicieron primero de modo simbólico, para ir consiguiendo (no sin reticencias) algunas conquistas democráticas. Se abría un periodo de esperanza. Después la oscuridad se volvería a cernir sobre España.

Las condiciones de vida de la mayoría de mujeres en aquellos años eran dramáticas. Ninguno de nosotros puede si quiera imaginarse la situación a la que se tenían que enfrentar cada día, menos aun siendo hombres. Los medios de control de la natalidad eran prácticamente inexistentes y la falta de higiene suponía un grave problema. Las familias eran excesivamente numerosas y la mortalidad infantil terriblemente elevada. Las mujeres sufrían en sus carnes la enfermedad de una sociedad machista, que se resistía al empoderamiento de la mitad de su ciudadanía. Las mujeres tenían su propia lucha y la república les daba un escenario más prolífico para librar sus batallas.

Algunas mujeres, muchas de ellas formadas en instituciones tan míticas como la Institución Libre de Enseñanza o la Residencia de Señoritas, se convertirían en una verdadera élite intelectual y política. Con la llegada de estas a la esfera pública se fueron desarrollando multitud de asociaciones como la Unión Republicana Femenina creada por Clara Campoamor o la Asociación Femenina de Educación Cívica de María Lejárraga. Otras, ya existentes, se desarrollaron formidablemente. Las mujeres llegaron incluso a participar en el marco internacional. En este sentido cabe destacar el filocomunista Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, que posteriormente pasaría a llamarse Asociación de Mujeres Antifascistas (AMA). En la derecha, no podemos olvidarnos de Acción Femenina Nacional, que más tarde pasaría a llamarse Acción Femenina Popular, de la Sección Femenina de Falange y de Acción Católica de la Mujer. Estas últimas contradictorias, en tanto rechazaban el nuevo papel de la mujer pero al mismo tiempo le otorgaban cierto grado de preponderancia. Las mujeres participaban, pero lo hacían para defender su rol tradicional. A mi juicio no hacían sino profundizar en sus desigualdades con respecto a los hombres.

Entre las victorias de las mujeres encontramos el reconocimiento del derecho a voto. En las elecciones de 1931 las mujeres podían presentarse pero no podían votar. Resultaron elegidas Margarita Nelken en las listas del Partido Socialista Obrero Español, Clara Campoamor por las del Partido Republicano Radical y Victoria Kent por las del Partido Republicano Radical Socialista. Esta última, sin embargo, consideraba que las mujeres no estaban preparadas para ejercer el derecho al voto. La extraordinaria defensa del sufragio femenino que Clara Campoamor hizo ante la Cámara (unida por supuesto a la legitimidad que le daban todas las mujeres que luchaban) consiguió que la propuesta saliera adelante. Las mujeres votarían por primera vez en las elecciones generales de 1933.

En un contexto en el que proliferaban en Europa regímenes fascistas o fascistizados, España se enfrentaba a las tradicionales relaciones de género, promovía la escolarización de sus mujeres y alcanzaba derechos civiles como el divorcio y el aborto (este último ya durante la Guerra Civil). El papel de estas fue en aumento durante la contienda. La figura de la miliciana se convirtió durante los primeros meses en un símbolo de valor y de defensa de las libertades, aunque esta no fuese tan numerosa como el cine nos pueda haber hecho creer y a pesar de que solo pasaran unos meses hasta que se decidiera que las mujeres debían de volver a la retaguardia. No menos importantes fueron las que no tomaron las armas y las que más tarde combatirían a la dictadura bajo la figura de “mujer de preso”. Muchas serían también encarceladas y otras tantas asesinadas o víctimas de la represión. Pero para entonces la república les había otorgado una dignidad que solo podemos apreciar cuando vemos la multitud de entrevistas con las que contamos gracias al trabajo de historiadoras como Ana Aguado, así como al de multitud de activistas anónimas.

Sé de sobra que la república distó de ser el cielo en la tierra. De hecho hay a mi juicio una excesiva sacralización del periodo republicano por parte de algunos miembros de la izquierda. Algunos creen que este fue más prolífico en términos democráticos que la actual monarquía parlamentaria, lo cual es totalmente falso. Y esto lo dice alguien que se define a sí mismo como republicano y que es consciente de los retrocesos que nos está tocando vivir. Pero decir otra cosa sería faltar a la verdad.  Esto no quita que fuese una experiencia extraordinaria para su época, que a mi juicio benefició a la mayoría de los españoles, especialmente a las mujeres. Es por eso que en el 87 aniversario de su nacimiento he decidido hablar de ellas. Lo he hecho lo mejor que he podido. La república no logró emancipar a las mujeres pero al menos lo intentó. Las feministas de hoy le deben muchísimo a las de aquellos años y todos les debemos a ellas la democracia. Una democracia que nos arrebataron durante casi cuarenta años.

Foto portada/youtube

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