La olvidada crisis de la natalidad (2)

En la primera parte de este análisis (puedes verlo aquí) veíamos como ha sido en los últimos años este descenso de la tasa bruta de natalidad. Una reducción tan brusca de la natalidad tiene muchos efectos negativos en la sociedad como ya vimos pero, tal vez, uno de los más importantes sea el del efecto que tiene sobre el crecimiento poblacional.

El crecimiento de la población española ha descendido bruscamente desde el año 2008 pasando de una cifra del 9,67 (por cada mil habitantes) a una del -1.93 en el año 2012 (-4,73 en el año 2013, estas cifras son provisionales). El crecimiento ha pasado a ser negativo, la población española no solo no está creciendo si no que disminuye. Aquí influyen además otros factores como la emigración y el descenso de la inmigración. ¿Nadie se alarma con estas cifras?

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Figura 2. Evolución tasa de crecimiento poblacional. Fuente: Instituto Nacional de Estadística (INE).

Un país envejecido conlleva gravísimos problemas que afectan a toda la sociedad; si la población jubilada supera a la población en edad de trabajar ¿Cómo se sostiene el sistema? los ingresos públicos serán menores a los gastos públicos y así no se puede mantener el estado de bienestar; no se podrán pagar las pensiones, ni la sanidad, la educación, ayudas a la dependencia… Esto es algo que nos afecta a todos.

Como ya he mencionado, no se trata de una cuestión coyuntural, la crisis es sólo un agravante más. Según los estudios de Juan Jesús González y Miguel Requena (“Tres décadas de cambio en España”) los cambios en las estrategias familiares de reproducción social en España vienen determinados por los cambios en el sistema productivo y la transición democrática. El aumento de derechos, la creciente incorporación de la mujer en estudios superiores, la incorporación al trabajo remunerado y los cambios culturales que también se han desarrollado en Europa occidental.

Entonces, si no es la crisis la causante del descenso de natalidad no podemos esperar a que la situación económica mejore ni, por supuesto, tratar de solucionarlo con una ley que prohíba el aborto. Si esperamos a que la crisis pase el problema será más grave, no mejorará con la recuperación económica y cuanto más se tarde en poner una solución más difícil será corregir esta tendencia. Hay que buscar políticas públicas acordes al problema que tenemos. El descenso de la natalidad se debe a un cambio cultural, por tanto tenemos que adaptar nuestra sociedad a ese cambio. Los políticos tienen que ser capaces de reconocer el origen del problema y dar con una solución seria y efectiva, que esté a la altura de las circunstancias. Si la solución del ex ministro era prohibir el aborto para obligar a las mujeres a quedarse en casa al cuidado de los hijos, del marido y del hogar como hace cuarenta años es que no es capaz de ver la realidad social en la que vive.

Toda Europa ha vivido en las últimas décadas, en mayor o menor medida, un cambio cultural en torno al papel de la mujer como agente activo en la sociedad. Ha habido países que se han sabido adaptar mejor a este cambio. En este mapa realizado por Eurostat vemos los datos de las diferencias de natalidad por regiones en la Unión Europea. A simple vista se ve que España es uno de los países con mayores problemas poblacionales:

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Ilustración 1. Tasa de Natalidad. Fuente: Eurostat.

Entonces, ¿qué está haciendo mal España? El gasto público de Dinamarca para las familias se encuentra alrededor del 4%, el de España está alrededor del 0,5%. Si el gobierno no invierte en ayudas a las familias habrá un gran sector en la población que no pueda tener tantos hijos como deseen porque no se lo pueda permitir económicamente o profesionalmente. Y aquí es donde yo quería llegar; creo que deberíamos encontrar la manera de que cada mujer, cada hombre, cada familia tenga los hijos que desee tener y si el Estado va a intervenir debería ser para crear las condiciones óptimas para que esto pueda ser así.

Esping-Andersen es uno de los autores que ha estudiado sobre los distintos modelos europeos de Estado de Bienestar y sobre las distintas políticas públicas familiares. Esping-Andersen sostiene la idea de que si los gobiernos no apoyan a las familias a largo plazo nos encontraremos ante una Europa formada por sociedades sin niños, por sociedades envejecidas y que si no se hace algo hoy este puede ser uno de los problemas más graves del futuro de Europa. La natalidad y la calidad de vida de los niños combinan una utilidad privada y unas ganancias sociales, no hay ninguna pérdida económica en invertir en ayudas a la maternidad y la paternidad, pero ayudas de verdad. El Estado tiene que encontrar la manera de que las mujeres quieran tener hijos sin tener que renunciar a su vida profesional porque ese cambio cultural que se ha dado en nuestra sociedad no hará sino que ir a más.

Si las mujeres pudieran mantener su trabajo al decidir tener hijos o incorporarse al mercado laboral después de haberlos tenido, no se verían en la tesitura de tener que renunciar a uno de estos dos aspectos de su vida. No tendrán que elegir qué clase de mujer quieren ser, dejará de haber dos tipos de mujeres: las que se quedan en casa y las que salen al mundo. Por no hablar de que los hombres también pueden y quieren involucrarse en el cuidado de sus hijos y en países como España están aislados y desprotegidos social y legalmente.

Una política pública orientada a conciliar la vida laboral con la familiar, de mujeres y hombres, no está basada en una simple prestación económica sino en dar seguridad a las familias de que sus hijos no tendrán problemas económicos y de que ellos van a poder tener tiempo para educarles. Bajas de maternidad y de paternidad más largas por ejemplo, en Finlandia la madre y el padre tienen un año cada uno de baja y sus sueldos se mantienen: tienen seguridad económica y pueden disfrutar de los primeros años de sus hijos, que además son los años más importantes en cuanto al desarrollo del bebé. Se trata de proteger el futuro profesional de los padres.

Si los padres no tienen problemas económicos se reduce el riesgo de pobreza infantil y de exclusión social, lo que supone ahorros de ayudas del Estado para estos problemas. Es cuestión de reinvertir del dinero por otra vía que persigue el mismo fin. Si disminuye la pobreza y la exclusión social, disminuye la desigualdad y aumenta el bienestar social.

Hace unas semanas Mónica de Oriol, presidenta del Círculo de Empresarios, realizó unas declaraciones en las que explicaba que prefería contratar mujeres menores de veinticinco años y mayores de cuarenta y cinco porque no quería empleadas que pudieran quedarse embarazadas. Si el Estado no da ayudas y las empresas se niegan tan abiertamente a contratar mujeres que puedan cometer la fechoría de tener hijos ¿qué futuro nos espera? Una sociedad sin niños es una sociedad sin futuro.

Si las madres y los padres pueden mantener sus trabajos y tener hijos al mismo tiempo se creará una situación de bienestar social y seguridad económica que hará aumentar la natalidad, dejará de ser una sociedad envejecida, aumentaran los ingresos por encima de los gastos y así el sistema fluye. Y, de nuevo, lo más importante: las familias podrán decidir cómo, cuándo y cuántos hijos quieren tener. Que nadie decida por nosotras.

¿Qué tal si invertimos más en educación y, por supuesto, en educación sexual para la prevención de embarazos no deseados? Tal vez así reduciríamos las cifras de abortos ¿Qué tal si damos más ayudas a las madres y los padres para que puedan tener los hijos que quieran?, ¿qué tal si aplicamos una política pública destinada a conciliar la vida laboral con la familiar? ¿Qué tal si dejan de solucionar todo a base de prohibición? ¿Qué tal si los gobiernos se centran en buscar el bien común de sus ciudadanos? Creo que de eso trata la política.

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