La mentira y sus aristas

La mentira o la media verdad es un elemento muy utilizado en los distintos ámbitos de nuestra vida. Medios de comunicación, clase política, parejas de enamorados, un padre a su hijo…, mentimos, es un hecho incontrovertible. Pero como casi todo, estas mentiras tienen sus distintas aristas, visiones y, lo esencial, camuflan grandes intereses.
Esta semana parece propicia para abordar y analizar este elemento dialéctico, tan útil como peligroso. Aunque este peligro, para los poderosos quizás no lo es tanto y, este debe ser nuestro objetivo, que mentir les resulte peligroso, arriesgado.
Para que realmente la constante utilización de la mentira y la manipulación fuesen peligrosas para quienes la emplean debería haber una reflexión y un análisis acerca de toda aquella (des)información que recibimos, análisis y reflexión que considero no existen en nuestro país. Todo ocurre muy deprisa y con una afluencia masiva, de ahí que no pueda procesarse.
Ellos, sí, existe un ellos, están encantados de esta ausencia de reflexión. Los sofistas de nuestros días que causan el agobio, el desasosiego en el pueblo, esos titiriteros son grandes estrategas que se valen de la mentira para alcanzar sus objetivos. Les llamo estrategas y no brillantes. A mi entender, creo que es necesario dotar a la brillantez de un sentido positivo, que esté basada en la verdad, en la lucha por el progreso y el despertar de las conciencias de los aplastados por el sistema, los vilipendiados, olvidados, los silenciados.
Su estrategia, la mentira, queda blindada aprovechando el déficit reflexivo y analítico de los buenos. Pero, cabe pensar, ¿cómo va a pararse un currante que a penas llega a fin de mes a analizar las insidiosas palabras de un político o una agradecida pluma a sueldo de este último? La respuesta es fácil, NO, el currante no lo hace y ellos lo saben y lo aprovechan. Lo máximo que éste hará será cagar unas cuantas hostias o mentará a algún Dios, porque concibe todo lo que le rodea como ponzoña, escoria que le miente con el fin de someterle, y quizás no esté mal encaminado del todo.
De ahí que muchos estén realmente enfadados con el ‘Operación Palace’ del domingo. Muchos dicen ¿si ya no puedo fiarme ni de Évole, de quién lo voy a hacer?
Este es el elemento que más destaco del falaz documental. Esa crítica a la “comodidad” asumida por el televidente o el lector cuando llega a casa tras un día duro de trabajo, el que todavía lo tenga, al poner una tertulia o un digital para que le resuman qué ha pasado o cómo está la situación del país. De este modo, la (in)conciencia que se tiene acerca de la realidad es la inoculada por los medios de comunicación.
Lo podemos observar estos días con el debate sobre el estado de la nación, peones dentro de un tablero de intereses de facción lanzándose todo tipo de improperio baldío y pobre en cuanto a su contenido. Los media preguntan ¿quién ha ganado el debate? Y yo pregunto ¿y qué más da, si los que perdemos somos los ciudadanos?
Acudimos a una chusca representación teatral cada vez más previsible en que nada importa lo que se dice. Nada importa porque, mientras ellos se mienten y nos mienten, bajo de nuestras casas hay ancianos buscando entre la basura, gente durmiendo entre cartones y en cajeros… ¡Qué acabe ya esta broma pesada!
La diferencia entre ellos y el pueblo radica en que ellos saben quienes son y, para qué y quién trabajan. El pueblo, en cambio, debe, debemos darnos cuenta que tenemos que construir un NOSOTROS, un contrapoder fuerte que ponga en cuestión todo aquello que le presentan envuelto en un halo de verosimilitud. Un NOSOTROS que participe e influya obligando a cambiar lo que nos silencia y anula, de lo contrario seguiremos mordiendo el polvo.

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