La izquierda de Europa, ¿todo como siempre?

Creo que vale la pena mirar cómo les está yendo a las fuerzas de la izquierda moderada en los países más importantes de Europa. No porque sea un tema del que poco se habla, sino porque en este periodo estamos siendo testigos de una incertidumbre política que ya se ha extendido a los sistemas gobernantes de los países del oeste. El orden de la posguerra, como ya he explicado en otro artículo, está en declive y su ruptura se puede ver simplemente mirando en la debilidad de sus instituciones. Las Naciones Unidas, tras ser objeto de crítica del nuevo presidente estadounidense, tras fallar en dar una solución en la crisis de los países árabes, llamada primavera árabe, ha perdido mucho de su credibilidad y más aún de su autoridad. Este mismo presidente ha llamado a la OTAN “obsoleta”, lo que les habrá alegrado a los rusos tanto como a los chinos. La única institución que intenta emanar fuerza es la Unión Europea. Tras el voto del Brexit los europeos sí que trataron de mostrar cierta continuidad en la retórica, digamos cruelmente formal, respecto al Reino Unido. Dicha fuerza, desde mi punto de vista, parece más bien una proyección. Las sanciones contra Rusia están siendo puestas en duda por varios países miembros de la UE y también la idea de una posición estricta contra el Reino Unido en las negociaciones. La situación en Turquía y los Países de África del Norte dificultan la situación de la UE y, como si eso no fuera suficiente, la crisis financiera de Grecia amenaza con un nuevo rol protagonista en los meses que vienen.

Es en esa situación de preocupaciones y desorden, que los dos jugadores europeos que manejan producir una estrategia (por lo muy poco estable que esa sea) común, llaman al electorado a las urnas. Francia y Alemania celebraran elecciones este mismo año y los resultados podrían cambiar el orden mundial, un orden que se está sosteniendo por un hilo en este momento. Y este hilo es la Europa desunida de la que acabo de escribir. Anne Applebaum, hace casi un año formuló una frase que se ha debatido en todo el globo: “Nos encontramos a dos, a lo mejor tres, malas elecciones del fin del orden mundial liberal.” Una de ellas, la de Estados Unidos, ya salió “mal”.

Alemania: El país probablemente más potente de Europa y uno de los más importantes del mundo. Sin que tenga el tamaño de muchos otros países tiene la capacidad de presentarse con una confianza increíble. ¿La razón? Es el país con la mayor influencia en la Unión Europea. Desde hace doce años este país está gobernado por el partido de Angela Merkel y su partido cristianodemócrata. Ella dijo un día, que no como su predecesor Helmut Kohl, querría acertar en una de las tareas más difíciles en la vida de un político: el saber cuándo hay que parar. No querría salir de la política hecha un desastre, dijo en una entrevista. Muchos piensan que ese momento ya ha pasado, que debería de haber dimitido tras la gran crisis de los refugiados en Alemania. Está cometiendo el mismo error que a su tiempo cometió Kohl. Cree que no es sustituible. La realidad es que su presencia ha favorecido el ascenso del partido de derecho radical AfD. La verdad es que su partido la ha abandonado emocionalmente. La verdad es que con la nominación del candidato Schulz, es muy probable que ella vaya a perder. Merkel pensaba que con Gabriel como líder, el SPD sería demasiado débil para amenazarla. No contaba con un candidato que se considera outsider desde el punto de vista del Gobierno y que, por lo tanto, puede atacarle a ella como él vea oportuno. Contaba con un oponente al que siempre hubiera podido decir: “pero en la gran coalición esa política la hicimos juntos.” Con Martin Schulz eso no será posible. De hecho Schulz nos ha hecho esperar que de verdad va a cambiar unas cosas que pueden ayudar a la democracia liberal: restablecer su credibilidad. Una de las medidas que más se ha discutido es la idea de vincular los salarios de las direcciones de empresas a las de los trabajadores. Según Schulz, debería de haber una relación entre los dos. Por ejemplo que el salario de la dirección no puede exceder la del trabajador multiplicado por treinta. Con esa medida, si la dirección quisiera subir su salario, tendría que subir la del trabajador también.

Son ideas que intentan calmar la sed que se ha acumulado en el pueblo. El pueblo se siente tratado injustamente, se siente inseguro y está esperando a alguien que escuche y que no se ría de las emociones que expresa, por lo mucho que se pueda decir que no son racionales.

Francia

Las elecciones presidenciales que se celebraran en dos meses tendrán un gran impacto sobre la atmósfera política de Europa. Mientras que una victoria de Marine Le Pen podría, y no creo que estoy exagerando, acabar con la Unión Europea, una pérdida de los derechistas sería una señal que lo que ha pasado en los EEUU no se va a repetir en Europa. El candidato de los socialistas, Benoít Hamon, es suficientemente de izquierdas para asustar a un montón de votantes moderados, el conservador Fillon se ha convertido en una verdadera lástima tras los escándalos descubiertos alrededor del nepotismo relacionado con su mujer y su hijo. En este momento en el que los partidos clásicos muestran debilidad, se ha presentado una opción alternativa: Macron. Quiere reunir las fuerzas pro europeas y liberales para ganar contra el peligro del radicalismo derechista de Marine Le Pen. Ya no vivimos en tiempos en los que una victoria de su partido Front National se considere imposible. El centrista y politico bien respetado Bayrou ha anunciado que va a apoyar a Macron con todo lo que pueda. El apoyo viene en buen momento, las probabilidades del éxito del candidato independiente Macron van aumentando, también porque la izquierda de Francia está en pésimas condiciones. Si ganase Macron, tendríamos más tiempo para averiguar qué podemos hacer para ganar de nuevo la confianza de los votantes. La izquierda europea necesita innovación y coraje.

La socialdemocracia de Europa está esforzándose, tiene el abismo ante los ojos e intenta reaccionar. Aun así no ha encontrado un camino firme y mucho menos da la apariencia de ser capaz de salvar a las democracias europeas. Pero, desde mi punto de vista, no existen otras fuerzas que puedan salvarlas. Nuevos conceptos como la renta incondicionada, los impuestos sobre las transacciones en las bolsas, la vinculación de los salarios de los dirigentes de las empresas a los salarios de los empleados y la Unión Europa de Política Social, digamos un Estado de Bienestar europeo – para defendernos contra la amenaza derechista necesitaremos reformas fundamentales como éstas, y tienen que venir pronto. Todo se decide en este año 2017, en el que se vota tanto en Francia como en Alemania y en el que veremos definitivamente qué dirección tomará el Brexit. Tenemos motivos para estar nerviosos. Si la izquierda ganase, nadie sabe si podría convertir en realidad lo que prometen ahora. Nadie sabe si la Europa del Sur, en la que muchos quieren que Schulz salga canciller de las elecciones del septiembre que vienen, recibiría el impulso y la inversión que tanto necesita. Esas promesas tienen que convertirse en realidad. Si no las convierten en realidad, me temo que la democracia sufrirá uno de los peores golpes desde la Segunda Guerra Mundial. La gente ya no quiere esperar. Quiere un cambio.

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