La Isla Mínima y la Transición: el cine como dispositivo contrahegemónico

He de advertir que en el presente texto contiene spoilers de La Isla Mínima, por lo que si aún no la han visto sería aconsejable que detengan aquí la lectura y pasen primero a disfrutar de una de las joyas de nuestro cine más reciente.

Que el cine es una máquina de fabricar ideología en las sociedades contemporáneas es algo absolutamente obvio. Si además la narración se encuentra contextualizada en un periodo histórico clave, el cine no solo contribuye al entretenimiento, sino que ayuda a construir un relato histórico e ideológico determinado que permanece en el imaginario colectivo. Por tanto, resulta elemental señalar que la cinematografía es uno de los principales campos de batalla ideológicos que existen, a tenor del consumo de masas existente[1].

Por todos es conocida la difícil relación entre el cine español y periodos de nuestro pasado más reciente, como la Guerra Civil española. La lucha contra el fascismo en nuestro país, al contrario de los extendidos tópicos, apenas ha sido reflejada en la producción cinematográfica nacional[2]. Asimismo, cuando ésta se ha realizado se ha caracterizado, en términos generales, por la equidistancia entre ambos bandos o por representar carente de toda ideología el propio conflicto. Ejemplos al respecto lo constituyen Soldados de Salamina, Balada Triste de Trompeta o la reciente Gernika[3]. Sin embargo, esta complicada relación entre cine y Guerra Civil no se debe a que nuestras producciones cinematográficas carezcan de calidad, sino que ejemplifican la propia relación que los españoles tenemos con nuestro pasado.

Pero si bien las cintas que abordan con cierto rigor la Guerra Civil son escasas, más lo serán las contextualizadas en la Transición española. El mito fundacional de nuestro actual sistema político ha gozado de un consenso absoluto hasta nuestro más cercano presente. Dicho consenso se articuló principalmente en torno a un pacto social que constaba de dos elementos: libertades democráticas tras cuarenta años de dictadura y la construcción del Estado del Bienestar. Conforme a este pacto se solventaban, y aparentemente superaban, las contradicciones internas que estaban implícitas en la propia Transición. Sin embargo, dicho consenso estalló tras la crisis financiera y sus posteriores consecuencias en la abolición y recorte de gran parte de nuestros derechos sociales.

Surgida en este contexto, La Isla Mínima (2014) no solo supuso un auténtico éxito cinematográfico[4], sino que también se constituyó como novedosa, si tenemos en cuenta la representación que de nuestro pasado se realiza a través del cine.

Ambientada en la Andalucía rural de los primeros años de la democracia, la película narra la historia de dos policías que investigan una serie de asesinatos acaecidos en un pueblo andaluz. Los asesinatos tienen un denominador común: todas las víctimas eran chicas jóvenes del pueblo, que además de ser asesinadas habían sido víctimas de ataques sexuales por parte de sus verdugos. En paralelo a ello, el pueblo sufre un alto grado de conflictividad social motivada por las duras condiciones a la que se enfrentan los jornaleros y las pocas concesiones que reciben por parte de los terratenientes.

Sin embargo, la película representa algo más que la investigación de unos asesinatos, la cinta es una muestra de las contradicciones internas que se darán en nuestro país en los años de la denominada Transición[5]. Los dos policías protagonistas son absolutamente antagónicos, no solo por sus aparentes metodologías de trabajo, sino por lo que cada uno representa para la España de aquellos momentos. Por una parte encontraríamos a Pedro Suárez, un policía con altas expectativas profesionales pero que, por motivos que no se exponen claramente, termina relegado de la capital. Ideológicamente, tal y como se expone en diversos momentos de la cinta, se caracteriza por un pensamiento progresista, algo que le lleva a enfrentarse en más de una ocasión a su compañero[6] y a otros agentes de la zona[7]. Por otro lado, encontramos a Juan Robles, un policía procedente de la Brigada Político-Social, la policía secreta del franquismo. Su posición respecto a la democracia difiere de la de su compañero y sus métodos son muy diferentes, utilizando la violencia en cualquier momento si lo considera necesario[8].

No obstante, los personajes no serán planos, sino que por el contrario evolucionarán a la hora de resolver los conflictos que se le presentan. Dicha apreciación podemos verla de forma más clara en Pedro Suárez, cuya transformación será sumamente llamativa y que podemos dividir en tres categorías. La primera de ellas es la ya descrita para el inicio de la película, un policía de firmes ideales y principios, con un carácter tremendamente rupturista con respecto al franquismo. La segunda de ellas se caracteriza por la omisión con respecto a los actos que realiza su compañero. Pedro sabe que son ilegales y, por supuesto, poco éticos, sin embargo no termina de oponerse de forma taxativa a ellos, siendo consciente del avance que le supone para el caso[9].

Finalmente, la tercera fase por la que pasará este personaje es la propia culminación de su evolución, en la cual será él mismo quien asuma las metodologías que, en teoría, le son propias a su compañero. Existen varios hechos que evidencian este aspecto, pero sin lugar a dudas el más certero es la propia agresión que terminará realizando él a la encargada del cortijo donde tenían lugar los abusos. Por consiguiente, nuestro protagonista termina alejándose bastante de las posturas defendidas en un primer momento, y asume de forma extralimitada la posición de autoridad que le confiere el Estado[10].

Sin embargo, el ejercicio de la violencia política podemos verlo en otros aspectos más allá de las contradicciones internas que sufre el protagonista de la película. A pesar de que el franquismo fue una feroz dictadura, no podía haberse perpetuado a lo largo de cuarenta años simplemente recurriendo a la violencia[11]. Es evidente que en paralelo a la depuración física e ideológica que los regímenes fascistas persiguen, también logran generar un consenso y adhieren a ciertas bases sociales que no siempre tienen que encontrarse entre las élites económicas. Precisamente el gran éxito del franquismo será, además de la despiadada represión y eliminación de sus enemigos, su gran capacidad camaleónica para adaptarse a diferentes contextos internos del propio país y externos a él. Por ello, aunque se dieron distintas etapas, siempre existió un denominador común entre todas ellas: el dominio de las tradicionales clases privilegiadas del país[12].

Por tanto, la muerte del dictador en 1975 no supuso el final del denominado franquismo sociológico. No existió un rupturismo expreso, con respecto a la dictadura, en cuanto a los poderes fácticos existentes en España se refiere, algo que pone de relieve ‘La Isla Mínima’. Las redes clientelares y la dependencia de las zonas rurales de la figura del cacique en la película son dos aspectos fundamentales que se destacan en la cinta de Alberto Rodríguez.

Independientemente de cómo se estuvieran articulando las instituciones y libertades democráticas del país, en ‘La Isla Mínima’ se evidencia como la articulación del poder en las zonas rurales continúa constituyéndose en torno al cacique. Este personaje representa el poder en sí mismo, un poder que no se pone en entredicho y que todos asumen que existe y continuará existiendo. Sin embargo, el cacique en ningún momento ejerce violencia subjetiva[13], más allá de las relaciones que tenga con los asesinatos, ya que no lo necesita. Concentra consenso en torno a su figura, pero también sumisión, ya que de él depende el trabajo del pueblo y, por consiguiente, tiene derecho sobre las vidas de los jornaleros de la zona[14]. Asimismo, también las propias capas populares asumen este rol de inferioridad en la jerarquía social. A pesar de que fueron cuatro los asesinatos que se habían dado en la población, tan solo se actuará de manera firme una vez fueron raptadas las dos chicas que protagonizan el caso principal. Según las palabras del propio padre, tal circunstancia atiende a que: “ustedes están aquí porque el primo de ésta (en referencia a su pareja) hizo la mili con el juez Andrade”[15]. Luego, a pesar del advenimiento de la democracia, lo cierto es que los poderes fácticos, tal y como se representa en la película, continuaras ejerciendo su dominación.

Sin embargo, el momento en el que el director consigue mostrarnos de forma clara este continuismo con el franquismo, a pesar de los teóricos cambios, es el final de la cinta[16]. Una vez que muere el supuesto culpable de las muertes y es detenido el personaje que lograba captarlas, parece que el caso está resuelto. A pesar de ello, era evidente que existía otra persona que había estado en los encuentros con las niñas, algo que se pone de relieve en otras partes de la película. Juan lo sabe, ya que él ha sido testigo de diversos actos y ha recibido información a la que no ha tenido acceso su compañero. No obstante, Pedro tampoco es ajeno de forma absoluta a esta realidad, pero no hará nada al respecto.

Pero Pedro también terminará conociendo la realidad de su compañero, quien no solo había sido miembro de la Brigada Político Social, sino que además había tomado parte en las torturas y asesinatos que la policía política franquista realizó. Es a partir de entonces cuando se cristalizan todas las contradicciones internas que Pedro ha ido aceptando paulatinamente, algo que culminaría con la lapidaria frase de su compañero al final: “Todo en orden, ¿no?”. El joven de los policías tendrá que asumir con resignación esta realidad. Termina la evolución de un personaje que comenzó presentándose como absolutamente rupturista con respecto al régimen precedente, pero que irá aceptando contradicciones internas que desembocarán en el pacto de silencio que de facto admitirá. La analogía que el cineasta Alberto Rodríguez logra construir con respecto a la Transición de forma simbólico es absolutamente brillante. Y es que, como planteaba Manuel Vázquez Montalbán, la Transición no fue un proceso de correlación de fuerzas, sino de debilidades, donde ni las fuerzas rupturistas del régimen ni el franquismo estaban capacitados para derrotarse mutuamente[17].

Foto portada/zoom.news

Por Miguel Ángel Roldán Torreño (El Gastor, Cádiz, 1992) es graduado en Historia por la Universidad de Málaga y máster en formación del profesorado por el mismo centro. Actualmente se encuentra cursando el máster “España contemporánea en el Contexto Internacional” por la UNED. Asumiendo cada día que la labor de un historiador debe ser, como nos decía Pirre Vilar, pensar históricamente nuestro presente. Twitter: @MigueRold

[1] BELINCHÓN, Gregorio (2017). “El cine en España tuvo más de 100 millones de espectadores en 2016” en El País (03/01/2017). Disponible en http://cultura.elpais.com/cultura/2017/01/02/actualidad/1483350472_132303.html (Consultado el 03/04/2017).

[2] “Sólo el 1,4% de las películas de la última década hablan de la Guerra Civil” en cinemania.elmundo.es (27/09/2011). Disponible en http://cinemania.elmundo.es/noticias/solo-el-14-de-las-peliculas-de-la-ulima-decada-hablan-de-la-guerra-civil/ (Consultado el 09/04/2017).

[3] Por supuesto que otras películas como Las Trece Rosas constituyen un ejemplo contrapuesto al planteado, pero desgraciadamente no es el ejemplo más general que encontramos.

[4] Algo que atestiguan sus 15 Goyas en la edición de 2015. “Victoria máxima de ‘La isla mínima’” en El País (08/02/2015). http://cultura.elpais.com/cultura/2015/02/08/actualidad/1423356538_096683.html (Consultado el 08/05/2017)

[5] El propio director no ocultará que su intención era realizar una película política. “Coloquio Alberto Rodríguez “La Isla mínima es una película política”” https://www.youtube.com/watch?v=ZDRMa5dPZbo (Consultado el 08/05/2017)

[6] “La Isla Minima – Clip “Llegada al Pueblo” HD” https://www.youtube.com/watch?v=Q5liEFxbvI8 (Consultado el 08/05/2017).

[7] “La Isla Mínima – Clip “Fama de Fáciles” HD” https://www.youtube.com/watch?v=EWJRMByK49A (Consultado el 08/05/2017).

[8] “La Isla Mínima – Clip “El Quini” HD” https://www.youtube.com/watch?v=r4PNP5uf2WE (Consultado el 08/05/2017).

[9] Ejemplos de lo expuesto lo encontramos en que no hará nada cuando su compañero Juan decida agredir a la mujer que les muestra la casa donde tienen lugar los abusos de las niñas (tan solo interviene cuando su compañero ha conseguido información) o que tampoco se negará de forma categórica a realizar escuchas ilegales a una de las niñas que será agredida pero no asesinada.

[10] Dicha soberanía también es puesta en duda por parte del juez cuando, ante una detención ilegal, le comunicará a los dos policías: “Les recuerdo que estamos en una democracia. La próxima vez que quieran detener a alguien pídanmelo a mí. Este es ya otro país.” Sin embargo, este mismo personaje ante la petición que harán los policías para interrogar y tomar muestras de ADN al cacique del pueblo actuará de manera diferente, no solo se lo negará, sino que además lo justificará exponiendo: “¿Usted no sabe cómo se organizan aquí las cosas? Va usted a ser padre (en referencia a Pedro), debería tener más cuidado con lo que hace”.

[11] Tal y como planteaba Gramsci, el Estado era una combinación de sociedad política y sociedad civil, es decir, “hegemonía acorazada con coacción”. GRAMSCI, Antonio (2013). Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Madrid: Akal, p. 261.

[12] Es evidente que en los años 40 y 50, las décadas más duras del franquismo, esta tesitura se verá de forma muy clara. Pero es interesante también ver la propia evolución del régimen en los años del desarrollismo. Durante ese periodo el régimen tratará de dotarse de una nueva legitimidad que tendrá su origen no en la victoria, sino en la creciente abundancia, pretendiendo con ello ganar el consenso de las nuevas clases sociales emergentes. DOMÈNECH, Xavier (2012). Cambio político y movimiento obrero bajo el franquismo. Barcelona: Icaria, p. 62.

[13] El pensador esloveno Slavoj Žižek distingue entre violencia subjetiva y objetiva. Mientras que la primera se produce en aquellos momentos de turbación o alteración normal de las cosas, la segunda es la inherente al propio supuesto estado normal de las cosas, al ser parte fundamental del propio sistema y de su misma articulación. ŽIŽEK, Slavoj (2008). Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona: Austral, p. 12.

[14] En la negociación colectiva que el terrateniente tiene con los jornaleros se expone dicha potestad, tras las protestas de los campesinos ante los bajos salarios, el capataz terminará concluyendo: “el que no quiera trabajar que no trabaje”.

[15] “Antonio de la Torre es RODRIGO y Nerea Barros es ROCÍO en LA ISLA MÍNIMA” https://www.youtube.com/watch?v=kYDHj0bVF58 (Min. 0:20-034) (Consultado el 08/08/2016).

[16] “El final de La Isla Mínima” https://www.youtube.com/watch?v=Qh5V_W2fTC8 (Consultado el 08/08/2016).

[17] “Todo acto político es el resultado de una correlación de fuerzas y cuando no es así es porque la correlación se establece entre debilidades. Éste es el caso de la transición española. El franquismo no puede sucederse a sí mismo y la oposición no puede imponer la ruptura. El pacto es total, político, económico, cultural y memorístico”. VÁZQUEZ MONTALBÁN, Manuel (2009). Erec y Enide. Barcelona: Público, p. 42.

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