La gobernanza cultural. Gramsci, Žižek y el cine

Cine y política van más unidos de lo que se piensa. El cine es un gran creador de imaginarios colectivos, siguiendo a Žižek pensamos e imaginamos nuestras sociedades y su historia a través de lo que hemos visto en el cine. Por ejemplo, está claro que la imagen que se tiene en España de la Guerra Civil como un conflicto en el que no hubo ni buenos ni malos o del período de la II República como algo mejor olvidar porque trajo radicalismos, es en parte por un cine realizado desde la Transición marcado profundamente por la cultura de la reconciliación y el “borrón y cuenta nueva” que implicó la denominada ‘Cultura de la Transición’. ¿Acaso nos hemos olvidado ya que la cultura es ante todo una forma de dominación por consenso? Frente a lo que se ha convertido en común en nuestras sociedades pospoliticas[1], de pensar la cultura como <<folklore>> o un conjunto de tradiciones, entendemos la cultura como lo haría el autor sardo que hoy en día después de un largo ostracismo, se ha convertido en referencia obligada.

Efectivamente fue Gramsci, dirigente del PCI, el que señaló que lo fundamental del poder no era su naturaleza coercitiva, que residiría en el Estado y las instituciones. Sino que en las sociedades capitalistas avanzadas la dominación se producía por que había un consenso establecido. Ese <<sentido común>> de época, y su  disputa por grupos sociales con unos intereses concretos para definirlo y construir identidades, que den paso a sociedades culturalmente coherentes. De esta forma deberíamos asombrarnos ante un sistema que condene a miles de familias al frío y el hambre, mientras hay casas vacías y supermercados llenos y que su estructura no tiemble lo más mínimo. Hemos naturalizado esos dramas estructurales. Decimos esto es así y lo será siempre. Pero no es así, solo es así bajo el capitalismo y sí que hay alternativas. Y no fue Marx sino Weber (un acérrimo conservador) el que explicaba la perversa relación que se producía entre una estructura económica basada en el máximo lucro y la competitividad, con la cultura de su época, con la religión anglicana. No es casualidad que el protestantismo sirviera para generar una imagen de una sociedad individualista, y que premiara precisamente los caracteres más capitalistas con la vida eterna. Una operación perfecta de lo que es llamado cultural governance.

Los oprimidos aceptamos tranquilamente nuestro rol de oprimidos porque consideramos que es algo natural a las sociedades humanas. Esto amigos, se llama hacer política, y las clases dominantes la utilizan a la perfección. Ya se dice por ahí, que la mejor manera de hacer política es no hacerla. Que parezca natural, objetivo, neutral. “Las cosas son así”.

La cultura sería entonces todos esos mecanismos, prácticas, artes, publicaciones, tradiciones (institucionales o no) que generan un sentido de pertenencia a una misma colectividad. Y aquí entra el cine y su papel eminentemente político. Decía Walter Benjamin que “la naturaleza que la habla a la cámara es distinta de la que habla a los ojos[2].”  Para ir directo al grano: leemos nuestras vidas en clave cinematográfica. Es la magia de la imagen en movimiento, que atrapa nuestro subconsciente. Un poder que reside en la capacidad de universalizar los significados construyendo la interpretación de nuestras propias vidas. Un arte de masas, una industria que produce en el espectador el <<ideal de que la vida no pueda distinguirse más de los films>>[3].  Antes de seguir, volvamos a Gramsci. Hemos señalado que la dominación se produce por consensos establecidos y que estos, tienen que ver con una guerra de posiciones que libran determinados sujetos políticos en la cultura, para establecer un sentido común. Con este análisis señalábamos la artificialidad de las relaciones sociales, en tanto que son constructos que nada tienen que ver con una suerte de características inmutables humanas, por tanto, el consumo, la moral, la religión, la patria e incluso las relaciones sexo afectivas estarían sometidas, en mayor o menor medida, a este sentido común del que hablamos. ¿O acaso se vivían en el franquismo como hoy vivimos nuestras relaciones amorosas? Sin entrar a provocar demasiado, Erich Fromm decía que <<El hombre moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando, en realidad, desea únicamente lo que se supone (socialmente) ha de desear>> Y volviendo al cine podremos decir que tenemos que ser enseñados a desear y en eso el cine ha jugado un papel central.

Žižek[4] da cuenta de cómo las ficciones estructuran nuestra realidad. Según nuestro provocador esloveno, el arte del cine consiste en despertar el deseo, jugar con él, pero al mismo tiempo, domesticarlo, hacerlo palpable y mantenerlo a una distancia prudente. Su importancia radica en que a través de estos juegos entre realidad y fantasía es posible ver cómo se fisuran las jerarquías del orden y este se revela cómo es. Una construcción social e ideológica.  A todos nos va a venir a la mente la forma en que Hollywood ha construido nuestras relaciones amorosas impregnándolas de patriarcado o cómo Disney ha patrocinado la figura de la princesa inocente relegada a un papel secundario hasta que un hombre venga a salvarla. Y esto se ancla en nuestro subconsciente desde renacuajos. Ideología. Política. ¿Que por qué? Vamos a habar claro, << el cine es una industria, la película una mercancía y bajo el modo de producción capitalista globalizado, no es más que un gran conglomerado de corporaciones multinacionales que genera ingentes beneficios a su productor, su distribuidor y a su exhibidor>>[5]

¿Aún dudamos del papel político que juega el cine?

Imagínense entonces el problema cuando lo que viene siendo el cómo vemos la vida y nuestro entorno (laboral, familiar o escolar) lo definen élites y minorías que poco tienen que ver con nuestra forma de vida. La famosa falsa consciencia engelsiana o como se viene diciendo, el otro es un agente constitutivo de primer orden del poder, está sujeto a las formas de representación impuestas por un grupo social dominante: el pobre solo piensa en hacerse rico y ser como él (vulgarizando un poco la operación claro), lo que señalamos es que el otro, el oprimido, se encuentra atado a estas normas sociales pero porque primero las ha aceptado como buenas o justas. El ser humano se guía por un sentido de moralidad. Esta forma de dominio se basa en que las personas actúen y orienten su vida a través de estos modelos, que siendo artificiales y en sí mismos construcciones culturales, aparecen a los ojos de los sujetos como naturales. Una clase que es capaz de ejercer este tipo de dominio es lo que Gramsci llamó clase hegemónica.

No quisiera ofender a los artistas, y como amante del cine no sería justo terminar con este pesimismo. El cine también es arte y se han producido auténticas piezas que han pasado a la historia. Y se siguen produciendo y espero que lo sigan haciendo. Pero mientras este sistema condicione nuestras vidas, seguramente deberemos señalar y decir que al final, todo artista se prostituye. Ya lo vimos en Abajo el Telón. Efectivamente habrá otros que apostaran por subvertir las formas de representación hegemónicas, como en la grandiosa Noviembre, y tantas otras.

Foto portada/http://albaciudad.org/2015/09/cinco-peliculas-chilenas-nunca-antes-proyectadas-en-venezuela-se-estrenan-en-cinemateca-celarg/

[1] Pospoliticas en el sentido que al naturalizar un orden existente y presentarlo como “lo normal” han excluido el conflicto de las sociedades y sin conflicto no hay política.

[2] BENJAMIN, W.(2013) La obra de arte en la época de la reproducción mecánica

[3] ADORNO, T. HORKHEIMER, M.(1944) Dialéctica de la Ilustración

[4] Žižek, S. (2006). Lacrimae Rerum. Madrid: Debate.

[5] ROMERO,R (2013) Cine político y Rap. Encuentros, conflictos, fronteras

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