La falacia de la economía como herramienta de gestión. Cuando nos robaron el aire.

Durante un gran período de nuestra historia, probablemente a partir de la que podríamos interpretar como la primera revolución de la historia, la Revolución Neolítica, nuestra especie ha ido desarrollando mediante la constante dialéctica con la naturaleza y la acumulación de conocimientos en el tiempo distintas formas de gestión. Unas formas de gestión, es decir, unas economías, que han abordado de distinta manera el constante conflicto entre el interés particular y el colectivo o general. La división del trabajo y los excedentes de la producción desarrollaron, como bien es sabido, un primer sistema jerárquico en el que una reducida elite controlaba, gestionaba y se apropiaba desde sus asentamientos de las rentas agrarias que producían un buen número de agricultores y ganaderos. Como fue capaz de percibir Estrabón en su periplo por la antigua Hispania, las tierras más allá del Ebro eran un territorio heterogéneo y poco cohesionado, totalmente colonizado -aunque con cierto carácter autóctono- por influencias célticas, helenizantes y orientalizantes. La entrada en el cosmos de dominio con el que Roma había cambiado una gran parte de Europa, supuso la reestructuración de los pueblos locales y su territorio: los puertos, las grandes rutas comerciales como la Vía Augusta, las centurias y los poblados de nueva fundación servían a otra elite, esta vez mucho más poderosa, que aspiraba al dominio de los recursos desde la Península Itálica. En respuesta a ese expolio masivo de las rentas del trabajo de los íberos, algunos como Indíbil o Viriato se alzaron en armas, al mismo tiempo que el bandolerismo de subsistencia y las razzias se hacían más comunes. Y pese al paso de los siglos, la Edad Media no cambió mucho el carácter de las economías en lo fundamental, donde una nobleza gestionaba el territorio desde sus castillos y bajo la tierna caricia de Dios.

La irrupción de las primitivas democracias liberales después de la Revolución Francesa y las sucesivas Revolución Científico-técnica y Revolución Industrial (1) no cambiaron en lo fundamental el estándar de acumulación y concentración de capitales (2) y, atendiendo a Harvey, de producción de espacios desiguales. De hecho, el descubrimiento de América –o la conquista mediante genocidio, mejor dicho- abrió un mundo nuevo de posibilidades a la movilidad y el crecimiento del capital, sobre todo a partir del siglo XIX, cuando se generalizaron los transportes a motor. En un mundo donde hasta el momento la fe había excusado en su nombre la explotación del hombre sobre el hombre –y sobretodo del hombre sobre la mujer-, la nueva mirada al mundo apoyada en la razón, que se suponía más trascendental y analítica, sin embargo parecía no acabar con dicho patrón.

Es importante saber que fueron unos actores concretos con unos intereses concretos los que desde las escuelas de economía de Inglaterra y Francia –después de los fisiocráticos-, asentaron las bases de un nuevo campo  de pensamiento, un nuevo régimen de lo pensable capaz de incorporar tanto la religión cristiana (3) como las nuevas “leyes de la economía”, que postulan a dicha disciplina como una ciencia exacta que de algún modo suponía para la subjetividad de dichos personajes haber superado la época de los dogmas. Adam Smith, con su “mano invisible del mercado” y David Ricardo, mediante sus teorías sobre la riqueza de las naciones y las ventajas comparativas de mercado, establecieron las primeras falacias en forma de axioma que otros economías liberales posteriormente desarrollarían y consolidarían. El Crack del 29, las crisis de sobreproducción y los estallidos financieros, sin embargo, deslegitimaron el carácter predictorio de dichas disciplinas.

Como cuenta el profesor José Manuel Naredo, esa nueva materia excluía en su análisis la valoración de muchas de los elementos que conforman nuestro universo material; es decir, que pecaba de simplista y parcelaria. Y no por casualidad, sino porque como herramienta política que era la economía, el capital eliminaba aquellas contradicciones que limitaban su desarrollo como medio de lucro. Como cuenta Yayo Herrera a través de la metáfora del ecofeminismo, fueron las tareas reproductivas de la mujer y los servicios ambientales que la naturaleza nos presta los mayores perjudicados, desplazando por tanto y de nuevo a la propia vida humana –y por tanto a la Declaración Universal de los Derechos Humanos- en el modelo de gestión que como especie hemos ido desarrollando. Un modelo que convertía la economía en un cosmos de carácter puramente crematístico donde el valor de cambio de las mercancías desvirtuaba completamente el valor de uso real de las cosas; un capitalismo basado en un hetereopatriarcado con la base de reproducción del discurso en el propio seno de la unidad familiar y promotor de un sistema de endeudamiento progresivamente desigual. Y muy importante, uno que aceptaba la fuerza de trabajo humana como un factor de producción más con el que se podía negociar como cualquier otra mercancía.

Centrando nuestra mirada en esa parte de los servicios ambientales, podríamos decir que hemos hecho uso del territorio sin reconocer su trascendencia real en el proceso de desarrollo. Siempre ha habido una parte en la empresa que ha salido gratis, y eso ha supuesto el desarrollo del cortoplacismo, la ignorancia sobre el ecosistema y la explotación. Y a veces, las famosas “tragedias de lo común”. La inmensa mayor parte de la época industrial y post-industrial (4) nos la hemos pasado sin asignar un precio a las emisiones de GEI’s (Gases de Efecto Invernadero) que emitíamos a la atmosfera, y cuando se ha creado un mercado de emisiones sin embargo no ha sido lo suficientemente estricto y serio como para desincentivar el uso de las energías fósiles en pro de otras formas de generación más sostenibles. Hemos arrasado con varios de los pulmones forestales del mundo, cambiando sus ecosistemas de forma drástica e irreparable y privando de sus servicios medioambientales (5) a las generaciones futuras –de hecho, el único pulmón forestal relativamente primigenio que queda en Europa es el bosque de Bialowetza, entre Polonia y Bielorrusia-. Hemos desarrollados modelos movilidad por encima de nuestras posibilidades, primando la supuesta comodidad y el crecimiento difuso y horizontal –extensivo- por encima de otros modelos más compactos y multifuncionales, verticales, que primasen la proximidad. Nos han cobrado facturas desorbitadas por la construcción y gestión de autopistas que solo daban respuesta a una economía que cada vez más detritívora, no tenía en cuenta las necesidades reales de las personas, sino que solo pretendía la movilidad de capitales y de fuerza de trabajo.

Es muy simbólico el caso de las empresas eléctricas. La Unión Europea ha estado promocionando mediante directivas la progresiva liberalización de los mercados eléctricos hacia un “mercado eléctrico común”, que permitiese tanto la seguridad de abastecimiento como la optimización del uso de la red eléctrica. El poder político representado por el Bipartidismo, en respuesta, transformaron la forma de gestión del sector eléctrico durante la década 1995-2005. Se pasaba de un sistema de tarifas fijas y monopolio del Estado a un sistema de libre competencia en la producción y la comercialización, donde teóricamente una gran entrada de agentes económicos -productores, comercializadores y traders– establecerían un sistema de competencia real que por una parte, debía bajar los precios y por la otra, favorecería a que el mismo se ajustase mejor a la demanda energética de los consumidores. Y de nuevo, bajo un sin fin de conceptos de dudosa racionalidad y bajo la apariencia técnica del lenguaje económico, la falacia, esta vez neoliberal, volvía a su estrategia de inundar la habitación de humo para poder robar sin ser visto. Precio de casación, mercado spot, operador de mercado, rentabilidad, peaje de red,…formando así un entramado que desdibuja la gran mentira que realmente ha sido ese proceso de teórica liberalización.

¿Cuál ha sido el resultado real? Como muy bien explica el periodista Carlos Corominas, esa multitud de agentes capaces de crear una competencia semi-perfecta no era más que un oligopolio, conocido como UNESA -los Cinco Grandes-. El déficit de tarifa, es decir, aquella cantidad extra que los consumidores abonamos con el objetivo de compensar el coste real del sistema eléctrico, en realidad no es tal. Los cálculos de los economistas calculan en miles de millones el dinero que los españoles hemos pagado en este concepto, y sin embargo las grandes eléctricas se niegan a que se auditen sus cuentas. Y más aún: somos el país de Europa con la tercera electricidad más cara -solo superada por Irlanda y Chipre-. ¿Cómo puede ser eso cierto? Tenemos un potencial eólico considerable, contamos con el potencial fotovoltaico más potente de nuestro continente -pese al poco desarrollo de esta tecnología-, y grandes masas de agua -fluviales y oceánicas- cargadas de energía cinética y sobretodo, tenemos una necesidad de acondicionamiento bastante inferior a la de la mayoría de nuestros vecinos europeos, con un clima mucho más frío. Claro está, que el hecho de ser muy dependientes de los precios de los carburantes fósiles aumenta los costes de producción en centrales térmicas. Pero es que, además, y esto ya es el colmo, el precio al que se tasa la energía es el del último kilovatio producido y comprado en el mercado spot. ¿Y qué pasa cuando además es el propio productor el que decide que tecnología será la que suministre ese último kilovatio? Pues que evidentemente, elegirán la más cara.

Y más allá de este golpe maestro del latrocinio, de ironía de Berlanga, está la gran apropiación de la economía en B, la que el interés individual oligopolista -un mecanismo de puertas giratorias entre el poder político, económico y judicial- omite. Es la desarticulación mediante decreto del ecosistema como servicio público. Véase, cuando la normativa pasa de hablar de servicio público al de interés general, que evidentemente nunca es tal. Entonces, lo que en un principio debía ser un préstamo que la sociedad en conjunto mediante mayorías sociales y a través de las herramientas que pone al servicio del pueblo la democracia, pasa a ser absolutamente regalado y sin compensación. Utilizan los recursos naturales -que más allá de mercancía son en realidad, las condiciones materiales que aseguran ese medio ambiente de calidad reconocido en la de nuevo citada aquí DHDH- no para proporcionarnos un servicio público sino para el beneficio propio. Es decir, de nuevo el interés individual. La mafia calabresa Ndrangheta se pasó años -y probablemente aún lo haga- lanzando residuos nucleares al Mediterráneo a expensas de un estado casi fallido en algunos aspectos como es el Estado Italiano. Uno de los problemas es que a la mafia española no tiene nombre, y nos hemos conformado con denominarlos con un sesgo en mi opinión más sutil, quizá demasiado light; casta.

Al igual que los íberos, que entregaron su territorio al interés individual, también nosotros y mediante otros mecanismos hemos entregado nuestros bosques, ríos y mares a lo mismo, al beneficio de unos pocos -aunque hablemos de momentos históricos distintos, como repite Pablo Iglesias constantemente, lo podemos comparar porque es diferente-. Nos hemos hipotecado porque los que hablaban bajo el estandarte de la Constitución nos han transmitido que nos cobraban barato algo que realmente nos estaba saliendo muy caro. Somos, al contrario que nos hacen creer, nosotros los acreedores de una deuda económica -hablando en su lenguaje- importante, y de una deuda ecológica impagable. Como dice el profesor Eugenio Burriel, uno de los geógrafos con mayor responsabilidad de estado del territorio ibérico, una mala gestión o una mala planificación económica sobre el territorio tiene muy difícil arreglo, y es absolutamente imposible de corregir. Es importante que tomemos conciencia sobre este expolio tan legitimado por los medios conservadores y progresistas -si es que esto último aún tiene significado-. El fracking o las prospecciones en alta mar son muestra de que de nuevo, bajo el estándar del progreso económico, quieren que metafóricamente hablando les demos nuestro diamante a cambio de carbón y de una buena cantidad de contaminantes cuyo tratamiento -si es que existe- habremos de sufragar nosotros mismos. Y que quede claro que, en un futuro, sea cual sea el sistema económico existente, requerirá de unos ingredientes mínimos esenciales; recursos suficientes y de calidad, que son sin duda el alma de cualquier civilización que aspire a la vida digna y no a la mera supervivencia.

1) En realidad, hablamos de un conjunto de cambios sociales, técnicos y económicos que se retroalimentan provocando un cambio de paradigma histórico

2) Las desamortizaciones rompieron con la lógica de la herencia y el derecho de pertenencia casi divino, pero fueron susceptibles de apropiación de nuevo

3) Más tarde, con la ampliación de los límites del capitalismo, también ocurriría con otras religiones. No obstante, la economía partió de una cosmovisión europeizada.

4) Post-industrial no significa que las industrias sufran un retroceso, sino que la economía amplía su abanico de actividades y muchos actores más se incorporan en un mundo globalizado donde la informática es clave en el proceso productivo.

5) Los servicios agroambientales son muchos y variados: producción de alimentos, biodiversidad, paisaje, servicios de ocio y esparcimiento, captura de Gases de Efecto Invernadero, estabilización del ecosistema global y fuente de simbolismo y cultura.

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