La diversidad cultural: patrimonio de todxs

Esta semana, y con las declaraciones del archiconocido expresidente del València CF, Amadeo Salvo, como hito referencial, parece que vuelve a destacar dentro de la agenda social valenciana el debate sobre el provecho (o la falta de éste) que se deriva de estudiar nuestra lengua vernácula. Al parecer de nuestro reconocido intelectual, el hecho en cuestión restaría más que sumar dentro de la formación de nuestras futuras mentes pensantes, pues dificultaría (imposibilitaría, mejor dicho) la incorporación de competencias óptimas en lenguas verdaderamente útiles. Salvo, en un ejercicio de cinismo sin comparativa, acaba por definir al valencià como lengua muerta, mostrando, por una parte, un desprecio indecente por la lengua de uso habitual de más de 7 millones de personas y, por otra, una ignorancia absoluta.

Dejando a un lado la profunda estupidez y escaso soporte intelectual que atesora el emisor del mensaje, lo cierto es que la idea que subyace dentro del discurso de Salvo ha tenido un impacto relevante dentro de nuestro contexto desde hace tiempo, fruto de años y años de, entre otras, una clara dominación de carácter lingüístico.

Hoy me gustaría emplear la pluma contra aquellos que, refugiados en un discurso de carácter meramente instrumental, de corto recorrido y escaso fundamento, atentan contra uno de los bienes intangibles de mayor valor que el ser humano ha sido capaz de crear a lo largo de su existencia: su lengua, vehículo y a la vez contenido de nuestro aporte cultural y fundamento básico de nuestra vida en sociedad.

Seguramente no sea ésta tarea para un politólogo, siendo más propia de disciplinas como la filología o la antropología, entre otras. De todas formas, me gustaría aportar mi granito de arena a la causa, tratando de aportar una visión diferente y complementaria, que espero contribuya a una mejor comprensión del tema en cuestión.

Parto de un axioma central: la pérdida de diversidad cultural y la asimilación de las llamadas minorías de carácter lingüístico por parte de las llamadas mayorías, usualmente dominadoras del centro político, no me parecen hechos atractivos o deseables, tanto desde un punto de vista instrumental como desde un punto de vista ético.

Desde un punto de vista ético, no considero que la opresión cultural ayude a construir un entorno favorable, que garantice la construcción de dinámicas de respeto y comprensión en el seno de nuestras sociedades, unas dinámicas sin las cuales es imposible, bajo mi punto de vista, edificar sociedades sanas. Desde un punto de vista instrumental, la pérdida de diversidad es la pérdida humana de perspectiva, de explicaciones y visiones de un mundo que todos habitamos.

En un occidente demasiado condicionado por los hechos derivados de la revolución positivista del XIX y deudor orgulloso de la Ilustración convertida en mito, valorar aquello intangible, no cuantificable en términos numéricos, y embridar razón instrumental y razón ética, desvinculadas entre sí por el discurso ilustrado, parecen tareas imposibles. Las herencias viciadas de dos procesos cruciales en la historia de occidente, dos momentos que ayudaron al desarrollo tanto simbólico como material de nuestras sociedades, dificultan hoy nuestro progreso, pues legitiman a aquellos que destruyen nuestro patrimonio simbólico más valioso. La lógica positivista nos hace obviar aquello intangible, que no tendría un valor práctico apreciable, visto más como un lastre que como un valor añadido de nuestra historia. La lógica ilustrada nos permitiría separar aquello meramente instrumental de aquello meramente ético, posibilitando que, fundamentadas en principios apreciativos de carácter positivista, nuestras acciones se encaminen, en nombre de la instrumentalidad más burda, a la destrucción de nuestra diversidad cultural. Superar este estadio es ganar el progreso. Desligar herencia viciada de herencia necesaria es el punto de partida para, conservando nuestra diversidad y riqueza cultural, construir un contexto más sano y fértil.

La única forma de garantizar, dentro de un contexto hostil, la supervivencia de nuestra diversidad lingüística, es construir regímenes lingüísticos ajustados a las necesidades de cada colectividad que ayuden a cambiar las percepciones ciudadanas en relación a la diversidad, empoderando a las comunidades llamadas minoritarias y rompiendo en parte con las jerarquías de carácter identitario. Para ello, sería conveniente romper con alguna de las lógicas propias de los estados-nación clásicos, tratando además de construir una globalización más sana, una globalización que no genere a su paso un sinfín de “identidades humilladas” (la terminología es propia de Amin Maalouf), también en el aspecto lingüístico.

¿Cómo hacer esto? Cada caso es un mundo. Las mismas recetas no servirán para todas las colectividades llamadas minoritarias, pues las diferencias entre las mismas son apreciables. No es lo mismo hablar de quichuas en Ecuador, que hablar de occitanos en Francia, que hablar de catalanes en España.

Si nos ajustamos a la teoría (utilizaré la desarrollada por Alain G-Gagnon, teórico del federalismo de matriz plurinacional), la diferencia en la gestión de la pluralidad define diferentes modelos de régimen lingüístico, que serían ajustables a cada colectividad, dependiendo de sus características de base. Encontramos tres tipos ideales: el modelo de unilingüismo, donde cada comunidad lingüística elige su lengua de adscripción y la promociona; los modelos de bilingüismo personal y territorial, que acaban por cristalizar en el modelo híbrido de bilingüismo institucional, donde la misma administración central, de forma más o menos tibia o fuerte, acaba por aceptar la realidad “multicultural” del estado y adopta una posición más o menos bilingüe; el modelo de ausencia de modelo, cuando el estado no reconoce la oficialidad de una lengua minoritaria determinada, promocionando así la asimilación cultural.

El modelo de unilingüismo representaría el modelo puro de respeto hacia una minoría lingüística territorializada; el modelo de bilingüismo territorial, una solución intermedia; los modelos bilingües personal e institucional, pueden suponer una buena solución para minorías dispersas; el modelo de ausencia de modelo, es la negación más evidente de la diversidad cultural y los derechos colectivos de las diferentes minorías.

Para el caso valenciano, donde el modelo de bilingüismo de carácter territorial se da por sentado, la profundización en este mismo, lejos de polémicas estériles sobre la denominación de la lengua o atrocidades varias, se antoja necesaria. Las autoridades futuras (doy por descontado el escaso interés de las actuales) deberían de tomar nota.

Al fin y al cabo, de lo que se trata, y seguiré utilizando la teoría desarrollada por Gagnon, es de construir espacios de interculturalidad, donde, más que la imposición, fundamentada en argumentos de carácter instrumental sin sostén, en dominaciones históricas naturalizadas con el tiempo o en discursos vacíos como el del señor Salvo, reine la cooperación entre colectividades. Para ello, como he expresado anteriormente, es necesario romper con las lógicas viciadas que se derivan de la revolución positivista y de la propia Ilustración, desechando gran parte de los discursos adscritos al estado-nación clásico y rompiendo con las dinámicas perversas de una globalización que, fundamentada en todo lo anterior, antepone el beneficio económico a cualquier valor que no se ajuste.

Se trataría de construir, dentro y fuera de nuestros estados, espacios de interculturalismo, espacios que irían más allá del multiculturalismo tan idolatrado por muchos.

El multiculturalismo, a diferencia del interculturalismo, se estructura desde el centro. Preconiza la existencia de una sociedad multicultural con una cultura dominante, mayoritaria, que acabaría por tener una capacidad de influencia bastante superior a la del resto de culturas, minoritarias y, a menudo, minorizadas. Existe una clara relación de jerarquía, que favorece una posición pasiva de los mismos ciudadanos. La cultura valenciana adscrita a la española sigue este paradigma punto por punto.

El interculturalismo, en contraposición, se estructura desde las periferias, en el seno de un estado donde conviven diferentes colectividades. Existe una relación horizontal entre las mismas, favoreciendo así el empoderamiento en el seno de las colectividades minoritarias, que en ningún caso permanecerían minorizadas, sino que obtendrían la existencia simbólica y efectiva de un espacio propio de gestión.

Mucho por hacer; mucho por cambiar.

Foto de portada: http://tecnica61-diversidad-linguistica.blogspot.com.es/

 

 

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