La desaparición del internacionalismo ante la dimensión global de los retos emancipadores

Siempre fue difícil ser internacionalista, pero quizá ahora lo sea aún más. Tanto la izquierda como la derecha política se conciben así mismas fundamentalmente en la escala nacional, de manera que los debates más radicales plantean como máxima, como es el caso de España, la apertura a un nuevo proyecto constituyente de índole reformista. Parece que aquellas nociones antropológicas del Leviatán de Hobbes, que señalaban el Estado como la única forma de organización social ante la barbarie, de alguna manera siguen vigentes en la sociedad actual. Al igual que, como dijo Zizek, nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, algo similar ocurre cuando pensamos en los Estados Nación. Nos es más fácil pensar el fin del mundo que el fin de los Estados tal y como los conocemos. Es sin duda en esa crisis de la imaginación donde el capitalismo depura sus contradicciones y redobla esfuerzos desde el imaginario individual.

Como doctrina política, el internacionalismo de Marx y Engels abogaba por un movimiento basado en los intereses homogéneos de la clase proletaria mundial ante una clase dominante que ya a finales del siglo XIX alcanzaba una dimensión global. No obstante, ese socialismo planteó una serie de mitos que el devenir de la historia desmenuzó violentamente. La globalización mercantilista suscitó la visión pesimista de un nuevo mundo y, como explica Paxton, “el miedo al hundimiento de la solidaridad comunitaria se intensificó en Europa a finales del siglo XIX debido al crecimiento urbano, el conflicto industrial y la inmigración” -inmigración que, trazando paralelismos con la situación actual, devino de una crisis de refugiados proveniente de Europa del Este-. Paralelamente, las prácticas eugenésicas empezaban a generar acólitos tanto en los Estados Unidos como en Suecia o Alemania. El concepto de “raza”, interclasista y con un sesgo marcadamente nacional, proclamaba un proyecto en cierta manera antagónico a la utopía de clase transnacional socialista. Y la Unión Soviética, atrapada en la geografía y en su concepción estatal y nacional de la organización social, fue incapaz de superar las barreras culturales ni de extender su mitología por el mundo. En el seno de esta crisis, los monstruos aparecieron. Los fascismos pretendían una “dictadura del bienestar social” a escala nacional administrada por una nueva élite cuya punta de lanza serían los héroes naturales. En ese proceso, tanto las ideas de la decadencia de la burguesía de Nietzsche como las del subconsciente de Freud fueron malversadas, dando lugar a una supuesta “revolución espiritual que revitalizaría la nación sin modificar la estructura de clase”, como escribe literalmente Oswald Spengler en libro La Decadencia de Occidente.

Después de la Segunda Guerra Mundial y con la conciencia del Holocausto, los Estados Unidos pusieron en marcha su propio “Plan Global”, como denomina Varoufakis al proyecto mediante el cual el país norteamericano revitalizaría Europa a través de Alemania, y el Este y Sudeste Asiático a través de Japón, a fin de convertirlos en grandes mercados para sus productos y excedentes de capital. La respuesta fue un sindicalismo mermado, asfixiado en una dimensión estatal que aún prevalecía como espacio político único debido entre otras cosas a los fracasos múltiples de los proyectos transnacionales, desde la ONU a la Comunidad Económica Europea –véase, económica antes que política-. Paradójicamente, pero con una explicación racional desde una perspectiva de acumulación capitalista, los años cincuenta y sesenta coincidentes con la Edad de Oro del capitalismo aumentaron la participación en el PIB mundial de países como Alemania (+18%), Japón (+156%) o Francia (+4.9%). Las políticas keynesianas indujeron ese nuevo espejismo de clase, sin fundamentos materiales, que habría de ser la clase media. La antigua clase proletaria y su sindicalismo organizado habían caído en la gran trampa del nuevo orden liberal. El internacionalismo obrero era ya por entonces un recuerdo atrapado en unos cuantos tomos viejos.

Traslademos el análisis a la Unión Europea actual. Las últimas elecciones generales de algunos estados europeos, como es el caso de España, nos dejan dos enseñanzas. La primera, que ante el desmantelamiento del internacionalismo y de la clase obrera, había que mover ficha hacia cambios profundos en la manera de la izquierda de pensarse así mismo; de cómo sentar las bases para un proyecto moderno e inclusivo que tuviese en cuenta la realidad cultural actual. La segunda, que somos parte perjudicada de un proyecto totalitarista como es la Unión Europea, donde no existe la solidaridad y las decisiones las toma unilateralmente una élite a la que poco le importa la sociedad española, griega o incluso alemana. La crisis de 2008 y la posterior gestión de la misma fue una muestra de ello. No obstante, ante la obviedad de la dimensión global de esta depresión económica iniciada por Wall Street y donde grandes bancos europeos adquirieron derivados financieros cuyas tasas de retorno dependían del crack de algunos países –algunos de esos derivados apostaron, por ejemplo, contra la quiebra de Portugal-, la reacción no fue equiparable, en términos cualitativos y cuantitativos, al descalabro que se estaba cociendo a fuego lento. El “sueño americano” quedó parcialmente deslegitimado, pero pronto la ilusión de la clase media de seguir autoconcibiéndose como tal relanzó un caminar sin rumbo.

Pero no todo es desesperanzador. Las crisis son laboratorios de futuros y allí también se cocinaron recetas alternativas. Este es el caso de España. Ante la asunción del Estado Nación como único espacio político y de su poca operatividad a la hora de regular la vida en un mundo globalizado, los movimientos emancipadores han tomado dos rumbos distintos; uno global y otro regional. Uno trata de poner en común los problemas que se derivan de la concentración capitalista y la no regulación tanto del comercio mundial (TTIP) como del sector financiero (como es el caso de Podemos, Syriza o el Plan B Europa); la otra reclama justicia en el interior del Estado Nacional, abogando por unos mecanismos fiscales más justos y una mayor solidaridad interregional. Ambos trabajan en simbiosis. Es la expresión de un nuevo internacionalismo que demanda solidaridad interterritorial e interclasista. Una oportunidad que ha de ser aprovechada. Si bien, los fantasmas también aparecen en esos laboratorios de futuro que en ocasiones experimentan desde el pasado. La cara oculta de este nuevo período de reacción ante la globalización capitalista encarna los peligros del escepticismo político y la vuelta a la exaltación de la nación. Como alertó Owen Jones en un artículo reciente, “la extrema derecha está lista para una nueva crisis económica”.

Foto principal: http://internacional5.blogspot.com.es/2012/03/el-internacionalismo-y-la-huelga.html

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