La crisis de la democracia

Trump en Estados Unidos, Macron en Francia, el Movimiento 5 Estrellas en Italia o Podemos y Syriza en España y Grecia. La aparición de nuevos actores y partidos políticos que hasta la fecha se consideraban outsiders cada vez son más comunes en las democracias europeas.  En este artículo intentaré arrojar algo de luz acerca de porqué se dan estos procesos de cambio que afectan a la democracia representativa y sus instituciones, así como el comportamiento electoral de los ciudadanos de estos países.

En primer lugar, es importante destacar las consecuencias económicas de la crisis. Recordamos que la crisis comenzó siendo financiera y mutó rápidamente en una crisis fiscal y de solvencia en los Estados, lo que significa que los Estados debían más de lo que disponían, teniendo que aplicar una serie de recortes y reducciones de costes por mandato de instituciones no democráticas como la Troika, limitando las políticas sociales al máximo y produciéndose un brusco giro de las políticas keynesianas a las políticas de austeridad.

De esta manera, el terremoto que supuso la Gran Recesión de 2008 en Europa desencadenó rápidamente en una crisis política de legitimación y representatividad que ha afectado a los partidos políticos tradiciones, puesto que la gestión de la crisis ha provocado una sensación de apatía por parte de los votantes habituales de estas formaciones, frustrados por la incapacidad de los partidos de realizar políticas acordes a su tradición ideológica.

Así pues, la imposición de las medidas de austeridad por parte de los gobiernos, aplicándolas al margen del debate democrático, es una amenaza para la sostenibilidad del sistema político, generándose un vacío de responsabilidad y dándose una democracia intervenida que tiene sus consecuencias en la ciudadanía y en los sistemas de partidos tradicionales.

Pero, ¿por qué pasa esto?

El politólogo Peter Mair defiende que actualmente se está dando en las democracias occidentales un divorcio entre el componente popular de las democracias –el pueblo- y sus representantes –los partidos políticos- (2007: 22), produciéndose un vaciado institucional. Se trata de un proceso de separación de elites y ciudadanía respecto a la política electoral y la consecuente transformación de los partidos políticos. Esto lleva a los ciudadanos a un doble sentimiento de indiferencia: hacia la política y sus instituciones y hacia la democracia.

Además, como indica Sánchez-Cuenca las consecuencias políticas de aplicar este tipo de medidas para los partidos de izquierda suponen un gran coste electoral y le afectan de manera muy negativa al no casar con su ideología, mientras que para los partidos de la derecha no resulta difícil aplicar estas políticas porque en su ideario está la defensa del status quo y la responsabilidad económica. De esta forma, el papel de la política progresista deja de centrarse en proporcionar soluciones desde arriba mediante el ejercicio de la acción del gobierno, sino que su papel se reduce a medida que aumentan las prácticas e instituciones no gubernamentales, creando sentimientos de “antipolítica” entre la población (Mair, 2007: 23).

De acuerdo con Mair, estos procesos provocan un doble efecto, y es que: 1) cada partido tiende a alejarse cada vez más de sus votantes tradicionales; y 2) mientras que la distancia entre los partidos y los votantes se ha ampliado, las distancias entre los propios partidos se han reducido, provocando la erosión de las identidades políticas de los partidos y el desvanecimiento de las fronteras entre ellos. Ambos procesos contribuyen a reforzar la creciente indiferencia y la falta de confianza de los ciudadanos en los políticos y sus instituciones.

Mair describe este proceso como la transformación de la democracia de partidos en la “democracia de audiencias” (2007: 40), donde los ciudadanos pasan de ser partícipes a meros espectadores. En consecuencia, la retirada de los ciudadanos de la escena política nacional produce inevitablemente el debilitamiento del principal actor que permanece en ella: los partidos políticos. Los partidos tradicionales sufren problemas para mantenerse cuando la política se vuelve un pasatiempo, convirtiéndose en elementos de contención política. Mair afirma también que existe una tendencia clara de las elites políticas de acompañar la desvinculación de los ciudadanos con su propia desvinculación, retirándose los dirigentes de los partidos “del reino de la sociedad civil hacia el gobierno y el Estado” (2007: 41).

Junto al descontento con las instituciones políticas, la ciudadanía entiende a los partidos políticos como estructuras cerradas, jerárquicas y poco democráticas. Fruto de esto lleva a la “cartelización de los partidos”, donde los dirigentes se han alejado de la sociedad civil y de sus instituciones sociales y los partidos tienden a considerarse como organizaciones autónomas dependientes económicamente del Estado. Esto ha provocado un debilitamiento de la identidad colectiva tradicional y de la afiliación a partidos políticos.

Este hecho causa a su vez una grave erosión de su identidad partidista y la entrada en un proceso de crisis de representación, pues supone una ruptura entre representantes y representados. Además, los malos resultados económicos hacen que la gente se harte y se produzca un aumento del rechazo y el desprecio hacia nuestros políticos, auto-situándose al margen del sistema político, que es incapaz de resolver sus demandas y producir outputs en su beneficio.

Todo ello ha inducido a que los indicadores de satisfacción con la política y sus instituciones democráticas desciendan como consecuencia del empeoramiento de las condiciones generales de la población y los ciudadanos tengan una sensación de “impotencia democrática” ante sus elites políticas y económicas. Este hecho incita a un serio riesgo de deterioro de las instituciones democráticas que, afectadas por una pérdida de credibilidad a causa de la ausencia de democracia sustantiva, puede dar paso a versiones de democracias de corte tecnocráticas o populistas.

Estas modificaciones en los pilares de la democracia representativa liberal junto a los efectos de la crisis económica iniciada en 2008 ha provocado en muchos casos la alteración de los sistemas de partidos o el surgimiento de nuevos partidos políticos en contraposición de los partidos tradicionales. Algunas investigaciones ya han analizado las consecuencias electorales e indican que tras la Gran Recesión han aumentado el impacto de las variables económicas y que el apoyo a los partidos tradicionales se ha reducido, lo que generado un aumento de la volatilidad política y la inestabilidad del sistema de partidos.

En resumen, la crisis actual que atraviesa la democracia representativa supone un gran desafío político, puesto que si los partidos tradicionales no son capaces de gestionar esta situación, su espacio político será ocupado por nuevos partidos e ideologías y estos partidos serán relegados a la marginalidad política, como podemos observar en las recientes elecciones italianas o como le ha pasado a muchos partidos socialdemócratas a lo ancho de Europa Occidental.

Víctor Torres Llorens (L’Eliana, 1994), graduado en Ciencias Políticas y Sociologia por la Universidad de Valencia. Actualmente, máster en Comunicación Política (UCM). Me interesan los partidos políticos, el análisis y el comportamiento electoral. En Twitter @vtorresllorens.

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