Hang the DJ y la futilidad de las relaciones exprés

Black Mirror, como ya escribí en un artículo anterior referido a este serie, es probablemente uno de los productos audiovisuales que más me han fascinado en estos últimos años. Lo que me lleva a volver a escribir sobre ella es el capítulo de la última temporada ‘Hang the DJ’, sin duda el más interesante de los 6 que la componen.

Dicho capítulo, como toda la serie, combina un tema específico y sus nexos con la tecnología. En este caso, el cuarto acto de la temporada nos sumerge en el mundo de las relaciones sentimentales a través de las aplicaciones para ligar. En él, Frank y Amy, los protagonistas, personajes de cuerpo humano que representan la virtualidad de la aplicación, experimentan, tras conocerse en una primera cita, toda una gincana de ‘relaciones’ con personas que les son asignadas y con las cuales no tienen ningún tipo de complicidad hasta que, de nuevo, vuelven a encontrarse. Freno aquí para no desvelar el final del capítulo y para entrar en los aspectos implícitos en el relato que más interés me suscitan.

Pese a que el autor ha declarado que el capítulo se inspira en Spotify y no en aplicaciones exclusivamente de relaciones como puede ser Tinder, lo cierto es que las situaciones que se describen a lo largo del capítulo recuerdan más a esta última.

Durante 51 minutos, esta obra de Tim Van Patten y Charlie Brooker pone de manifiesto una gran multitud de las características que definen mucho de lo que tiene que ver con las relaciones interpersonales y, más concretamente, con las relaciones amorosas. Aunque no sólo habla de eso.

Hang the DJ es un retrato de la velocidad con que vivimos. Una realidad tan exigente y que ocupa tanto de nuestro día que no deja tiempo para dedicar a conocer y profundizar en las relaciones. Es aquí donde hace acto de presencia la aplicación de citas, sobre la cual pivotan todos los demás elementos que aparecerán de forma tácita o más explícitamente.

La aplicación, con todos los datos que tiene de los usuarios y de las usuarias, es la que se encarga de concertar los encuentros de acuerdo a los criterios de compatibilidad que estos datos le proporcionan. Una de las pruebas de esto que señalo se da en la primera cita entre Frank y Amy en la que, cuando se disponen a pedir la cena, el menú de ésta ya está predeterminado. Es decir, las sucesivas relaciones personales sirven para acumular información. Un manejo del Big Data que, al contrario que otras empresas como Facebook utilizan para conocer patrones de conducta comercial, política, etc., se enfoca a la búsqueda de la pareja ideal.

A su vez, vemos rasgos de una obsolescencia programada aplicada a las relaciones. Lo primero que hacen al encontrarse con sus citas es mirar la duración asignada para la misma. En función de ésta, muestran mayor o menor interés y no se preocupan en conocer ni empatizar con la otra persona. De hecho, a lo largo del capítulo y a medida que van acumulando citas, los más experimentados aconsejan pasar de los preámbulos e ir directamente al coito.

También vemos una llamada a la obediencia, a la creencia en la infalibilidad del sistema bajo la amenaza de ser castigados/as. Esto es así porque la sucesión de relaciones infructuosas lleva, en muchas ocasiones, a la decepción de los protagonistas. Por eso, periódicamente se realizan actos en los que se muestra a parejas felices, personas que, gracias al sistema, han encontrado a su media naranja, lo cual invita a creer en la posibilidad de ser el próximo o la próxima. Este determinismo lleva aparejado otros comportamientos que se muestran durante el capítulo, tales como la anulación de la voluntad, de la libertad de escoger con quién quieres estar más allá de lo que diga un algoritmo.

Así, vemos que el tipo de relaciones son de usar y tirar, superficiales y carentes de cualquier tipo de interés emocional. Pero, pese a ello, se siguen teniendo porque existe la esperanza de encontrar a la persona perfecta. A su vez, este hecho pone de manifiesto algo que en nuestras sociedades es muy recurrente: el miedo a la soledad y la asociación de felicidad y vida en pareja.

Pero Hang the DJ también muestra una visión antisistema que aparece cuando Frank y Amy vuelven a ser emparejados. Ambos acuerdan no mirar la fecha de caducidad del encuentro, es decir, juegan a tener una relación normal, como las que suceden fuera del sistema, una relación en la que las dos personas tienen el poder de decidir. Pero esa libertad genera una incertidumbre que el sistema no genera. Éste, al menos, te marca hasta cuándo va a durar. Te libera del peso de tomar las riendas de tu vida sentimental. Por eso, llega un momento en que el chico decide mirar la caducidad de la relación. Al romper esta confianza, basada en el pacto que habían establecido, el sistema toma este acto como un síntoma de su incompatibilidad. Es decir, liga la confianza a la duración de una pareja.

La simulación finalmente concluye con ambos desafiando a todo el sistema coercitivo que les empujaba a seguir las normas. Un sistema que no sólo es el de una autoridad representada en unos guardias, o de quienes observan las acciones de los protagonistas desde arriba, sino de todo el entorno social que mira con desaprobación el consenso social de comportamiento que están a punto de romper con su acción. Y ahí radica la fiabilidad de la aplicación.

Por eso, todos los elementos de crítica hacia estas aplicaciones, acaban con un final paradójico y contradictorio. Porque se está dibujando un retrato de aplicación que va a sustituir, con su alta fiabilidad, la complejidad de las experiencias vitales protagonizadas en primera persona por un algoritmo.

Foto portada/Netflix

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