Hacia la movilización de la juventud artística

El cierre de la guerra de movimientos tras el 26J, tal como ya ha sido expuesto con elevado grado de consenso por numerosos intelectuales cercanos a Podemos en las semanas siguientes al desenlace electoral, abre un nuevo ciclo en los deberes políticos del movimiento plurinacional, popular y ciudadano cuyo referente electoral ha sido Podemos y sus confluencias en todo el Estado. Tras una etapa de maniobras rápidas regidas por la lógica arriba-abajo en un marco que, sobre todo, estaba definido por las normas de lo mediático-masivo, comienza una nueva fase de tempo lento, de guerra de posiciones trabada desde los órganos de la sociedad civil para arrebatar las trincheras del sentido común colectivo al adversario. Comienza, pues, una larga y lenta lucha por la hegemonía, una batalla cultural en la que, como ha sido señalado por Íñigo Errejón en más de una ocasión, no es la lógica de la razón la que determina la victoria o la derrota, sino la capacidad para movilizar y encuadrar las pasiones populares en torno a un relato que permita imaginar una reordenación radical-popular de las relaciones sociales de poder. Entre los dispositivos culturales capaces de movilizar las emociones colectivas, entendemos que el arte juega el papel fundamental como creador de imaginarios, comunidades afectivas y horizontes políticos. Por tanto, la política hegemónica ha de ser, en gran medida, una política artística, o mejor, un arte politizado, puesto al servicio de la creación de identidades populares emancipatorias.

La razón neoliberal, como razón hegemónica, ha logrado volver mayoritaria una concepción impura y contaminada del arte con fines políticos, como si la pretensión artística sólo fuera válida cuando se refiere a realidades individuales, sin cuestionar los fundamentos de la sociedad en la que están encuadradas. La pretensión de transformar la sociedad a través del arte sería, para el pensamiento director, una pérdida de neutralidad imperdonable dado el carácter mezquino de la lucha política, un terreno ocupado por corruptos avariciosos incapaces de valorar positivamente la cultura. Pero ya desde el 15M sabemos que si nosotros y nosotras no hacemos política, los de arriba nos la van a hacer, y no según nuestros intereses, sino según los suyos. La pretendida neutralidad del artista es un fenómeno denunciado desde la intelectualidad popular desde hace años: el hacer política desde el apoliticismo es hacer política conservadora. Cuando en busca de una elevación idealista sobre el sucio terreno de la política el artista renuncia a la posibilidad de cambiar la realidad social a través de su trabajo, lo que realmente está haciendo es, de hecho, política. Esto es, política al servicio del orden social existente, política conservadora. La misma política conservadora, corrupta e indiferente a la cultura que el artista dice despreciar, y contra la cual pretende rebelarse no definiéndose políticamente.

Superar esta situación requiere una resignificación radical del concepto mismo de arte, bajándolo desde la metafísica individual improductiva a la praxis social fértil: el arte sólo despliega toda su potencialidad cuando es capaz de transformar la realidad social. Esto lo consigue ordenando productivamente los afectos colectivos para construir una comunidad capaz de observarse a sí misma y alcanzar objetivos comunes. Debemos ser capaces de transmitir la idea de que el arte no se agota en la descripción de lo que ya existe (el consumismo y el machismo como temas fundamentales de la música popular contemporánea), sino que se manifiesta en su máxima expresión al aglutinar y movilizar el descontento social contra la injusticia. Transversalmente a todos los géneros musicales, desde los mayoritarios como el pop y el reggaeton hasta los más marginales como el trap o el rap, la exposición de la problemática humana se realiza en clave individual. Esto se ve especialmente en las canciones de amor, o en las que exponen una huida hacia adelante, un carpe diem consumista (sexo y drogas, fundamentalmente), ante la falta de referentes. Se trata de subvertir esta lógica y presentar lo social como solución a los problemas individuales, hablar de lo que tenemos en común, construir una identidad colectiva a la que sea atractivo vincular nuestra propia identidad individual. La música occidental de los años 60 puede ser un buen referente para ejemplificar lo que intento decir, aunque lógicamente debemos crear nuestra propia cultura emancipatoria, reflejo de nuestro propio tiempo, y no calcar experimentos fallidos del pasado. Esta línea discursiva está por construir y no puede definirse desde instancias militantes como la mía, sino que debe surgir espontáneamente desde la propia intelectualidad artística a través de la visión sensible que le es propia, enfocándola hacia lo social y no hacia lo individual.

La extensión de la formación musical en nuestra juventud (sobre todo en el País Valenciano, con una potente tradición musical), su accesibilidad material frente a otras disciplinas como el cine, la pintura o la escultura, y su enorme popularidad, objeto de consumo de masas, hace que la música sea el dispositivo cultural más eficaz e inmediato para que los jóvenes contribuyamos a la batalla cultural que ya está librándose. Éste no es un artículo que pretende ser leído, valorado, cerrado y olvidado. Este artículo es un llamamiento a los cuadros y futuros cuadros del movimiento plurinacional y popular ya en construcción para que movilicen su red de contactos personales, informando sobre el rol fundamental de la juventud con formación musical para que nuestro pueblo logre ser consciente de su propia realidad y los problemas que le obstaculizan. Los constructores de un nuevo sentido común colectivo más justo no serán nuestros parlamentarios frente a las cámaras, ni las alcaldías conquistadas por las confluencias populares, ni siquiera los militantes de base como yo, sino miles de artistas humildes y comprometidos enseñándole al pueblo a mirarse en el espejo en plazas, trenes de cercanías y grandes avenidas. La tarea de quienes no sabemos tocar un acorde de guitarra o coger un pincel será señalar el lugar privilegiado que la historia ha reservado para músicos y pintores, empujándoles a poner su talento al servicio de una causa justa. El momento es ahora y no hay tiempo que perder.

Foto portada/woodstock.com

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  1. Marina Hoyos
    Oct 15, 2016 - 03:14 PM

    Hola Ignacio,

    Quería felicitarte por el artículo, creo que -y a pesar de no estar muy de acuerdo con lo que expones- posees un gran sentido crítico con “el papel del arte”. Iba a decir en la actualidad, pero en realidad, creo que lo que mencionas es atemporal, vale para todos los tiempos.
    Me encanta la frase “el arte sólo despliega toda su potencialidad cuando es capaz de transformar la realidad social”. Estoy muy de acuerdo. Sin embargo, a menudo algunos artistas que pretendieron lograrlo, y pienso en los constructivistas rusos/as por ejemplo, acabaron realizando un arte social excesivamente intelectualizado.
    El artista, casi por definición, suele ser una persona que se abstrae de la realidad, que siempre mira más allá del mundo sensible (supongo que Rancière no estaría nada de acuerdo). El artista es siempre un outsider, de lo contrario, en mi opinión es un farsante, una especie de Damien Hirst. Sin embargo, no esoty tan de acuerdo que deba enfocarse desde lo social. No sé si me voy a explicar bien. Para que se produzca un cambio social, el prioritario el cambio individual, y para que éste sea posible, es necesario el social. Es decir, no es uno antes que el otro, sino los dos a la vez. Para que esto se produzca, creo que deberíamos replantearnos nuestro concepto de “ser humano” como una entidad definida. Creo que si optáramos por otra forma de definirnos, algo así como el concepto japonés de “ningen” (que entiende el ser humano en relación a los otros seres humanos) podríamos llevar a cabo esa revolución de la humanidad.
    Tampoco estoy muy de acuerdo con la idea de “enseñar al pueblo”, porque creo que hay implícita la idea de superioridad.

    Si tuviese que poner un ejemplo de arte verdaderamente transformador, yo pondría a los diseñadores gráficos durante la II República Española.

    Gracias por el artículo. Muy bueno, de verdad.

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