Hacer el amor

Han pasado ya algunos meses y todavía, de tanto en tanto, se deja escuchar algún eco de lo que fue la puesta en marcha, por parte de la caverna –y no tan caverna– mediática, de una máquina de guerra absolutamente desmedida contra Anna Gabriel, diputada de la CUP en el Parlament, cuando se le ocurrió compartir su preferencia hacia un modelo alternativo de familia. Gabriel parece haber dado con una pieza clave, poniendo a la defensiva a unos medios que, por enésima vez, han mostrado sin pudor esa caída en espiral de degradación en la que se hallan sumidos.

Más allá de nuestra epidermis

Anna G. Jónasdóttir se preguntaba si le importaría el sexo a la Democracia, y con ello, se preguntaba también sobre los poderes esenciales, las fuerzas transformativas o causales que hacen girar la rueda de la historia. En la tarea que le ocupa, distinguió tres estructuras básicas de autoridad dentro de los sistemas capitalistas modernos: la estructura de clases socio-económica –espacio del capital–, fundada en el control de los medios de producción; la estructura estatal-política –espacio del Estado y de sus instituciones legitimadoras–, donde la dominación se da por los gobernantes hacia sus gobernados; y la estructura socio-sexual –espacio del hombre–, en la que se regulan las posesiones de personas sexuadas como medios de reproducción.

Estos elementos son triangulados a través de instituciones esenciales, de manera que se establece un complejo entramado de retroalimentación mutua: Estado-Capitalismo mediante la propiedad privada, Capitalismo-Patriarcado mediante el trabajo y su división sexual (producción/reproducción) y Patriarcado-Estado mediante el matrimonio. Nos centraremos en esta última.

Tal y como perfila Reich, la insistencia en el matrimonio monógamo propio de las sociedades modernas occidentales desarrolla, de facto, rasgos de carácter autoritario que se traducen, en última instancia, en la legitimación de un sistema social explotador. En su evolución, da como resultado una institución de mayor tamaño en la que se integra y que, incorporando las normas de establecimiento de alianzas (interacción horizontal asimétrica: hombre / mujer), se amplía hacia la fijación de la filiación intergeneracional (interacción vertical: padre > hijo, que la teoría de la sociedad del riesgo ha catalogado como el último residuo legal de esclavitud). Se configura, así, la familia nuclear moderna, como la célula elemental de lo social, espacio primario de socialización en el que se van a reproducir las relaciones de poder de la sociedad. Será, igualmente en este entorno, en el que se desarrolle la sexualidad “casta” del matrimonio, que pone entre paréntesis el ars erotica, y que es sostenida sobre dos invenciones: el hogar y la maternidad.

Ama y ensancha el alma: sobre la idea radical de amar

La institución matrimonial incorpora, en sí, la (con)fusión entre matrimonio y amor; una tensión de-constructiva que analizaremos en sus distintas dimensiones: en el campo de lo orgánico, se enfrentan la idea de matrimonio como conjunto de normas institucionalizadas y la idea de amor como fuerza, desorganizadora, espontánea e imposible de ser ordenada metódicamente (repetición-transgresión). En su dimensión temporal, mientras que el primero se estructura en forma de contrato permanente, hasta que la muerte lo separe, el amor lo hace como pasión violenta y transitoria, que sitúa a quien la vive en una condición palpitante, anormal y agotadora (prolongación-interrupción/falla). Se da igualmente una oposición espacial cuando el matrimonio es restrictivo –monogamia– y el amor es expansivo (estrechamiento-ensanchamiento). Por último, en cuanto a su potencia causal, podemos decir que el matrimonio es el caldo de cultivo de posiciones conservadoras y, en palabras de Malinowski, el amor lo es de opciones radicales y sacrificios (pasividad-actividad).

Con todo, el carácter subversivo del hecho complejo del amor queda frustrado mediante la síntesis de ambos elementos, que cristaliza en la adjetivación del amor como romántico. El matrimonio, desde finales del siglo XIX, primero arraigado en grupos burgueses y, posteriormente, difundido por el resto del orden social, se convierte en una alianza libre y voluntaria consecuencia del amor, hecho extraordinario teniendo en cuenta que muy raramente y con muchos matices se había dado tal situación a lo largo de la historia y de las culturas. Un amor que se dice romántico y se encorseta en el molde conyugal, desvirtuando así su propia naturaleza. La paradoja es la siguiente: una institución de carácter conservador –conserva la estructura social en la que se halla inscrito– mantenida sobre la práctica del amor, que es por definición transformativo, ha de ser, por consiguiente, transformable, lo que terminaría por afectar al resto de la estructura.

La radicalidad del amor, entendida como capacidad de transformación, nos sumerge ahora en los planteamientos que Slavoj Zizek hace al respecto.

El esloveno habla del amor como acto leninista puro –a lo que llamaremos implicaciones de fuerza o empuje– en tanto que “no tiene miedo de pasar a la acción, de asumir todas las consecuencias, por desagradables que sean, que se derivan de realizar el proyecto”. La transformación –que entraña un dinamismo tácito derivado de su propia definición– encuentra, aquí, el elemento motor, que pone en marcha y hace circular.

En cuanto a las implicaciones de posición y dirección, destacamos que el autor recurre a la física para explicar que el conjunto de la realidad no-es, está fuera, y la creación, las cosas del mundo y el mundo, son el resultado de una perturbación en el equilibrio de vacío (un error cósmico), cuyo único modo de ser neutralizado es asumirlo e ir hasta el final. Para esto –continúa Zizek– tenemos un nombre: amor. Sostendremos, llegados a este punto, que esta potencia no es únicamente una suerte de carácter interno auto-definitorio; al tiempo, es irradiada sobre la estructura de poder triangular que hemos elaborado en el apartado anterior –no solo es desequilibrio, sino que provoca desequilibrio.

La concepción del amor como falla, como acto leninista, como acto violento y desequilibrador, cuando se inserta en el triángulo de poder, rompe el anclaje “matrimonio” sobre el que se articula la relación Patriarcado-Estado. Como defiende Giddens, el proceso revolucionario en la infraestructura personal que se da con la liberación de la represión sexual –basada en el papel social de los sexos: estructura Patriarcado–, típica de los sistemas modernos de dominación, da paso a una reorganización emocional de largo alcance, posibilitando la democratización radical de la vida personal, y extensible potencialmente al resto de encuentros, interacciones y estructuras sociales.

Foto portada/Rich Lam (Getty AFP)

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