Fin a la crisis que no existió

‘Desaceleración económica, recesión, crecimiento negativo’. Estos son algunos de los muchos eufemismos utilizados a lo largo de esta larga década que, finalmente, confluyeron en un concepto, no menos eufemístico, bautizado como crisis.

Este concepto ha ido acompañado, a medida que pasaban los años, de otros que le complementaban. Ya fuese la crisis financiera, política, migratoria, económica, del empleo, etc.

En las siguientes líneas me dispongo a exponer los argumentos que sustentan la hipótesis expuesta en el titular de este artículo, que no es otra que la pretensión de negar la existencia de tal crisis.

El mantenimiento a lo largo del tiempo de la utilización de la palabra crisis es, probablemente, una de las campañas de marketing más exitosas de las últimas décadas. Este término ha sido empleado (con bastante habilidad) en el sentido de una situación coyuntural, mala sin duda, pero al fin y al cabo transitoria, tras la cual, el entorno resultante sería igual o incluso mejor al previo. Esta utilización, esta creación de sentido, de hegemonía, rompe con su sentido etimológico que habla, como señala la RAE en su primera acepción, de “cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, […]”, que es lo que realmente ha sido.

Las recetas a la ‘crisis’ son por todos/as conocidas. Despidos masivos acompañados de fuertes bajadas de salarios, fenómeno conocido como ‘devaluación competitiva’ pero que, en román paladino, se traduce en una pauperización de las condiciones de quienes trabajaban y empezar en precario a quienes todavía no habían trabajado.

Es decir, lo que han denominado como ‘época de cambios’, quizá merece ser catalogado como un cambio de época. El pacto social según el cual, si te formabas y trabajabas duro a lo largo de tu juventud, podrías alcanzar una situación de seguridad y bienestar, independientemente del origen social, está totalmente roto. Ese ascensor social del que tanto se hablaba está completamente averiado, al menos su botón de subida.

10 años después, quienes gobiernan, sacan pecho y hablan de recuperación de los niveles de empleo previos al comienzo de la crisis. De lo que no hablan es de la política de tierra quemada llevada a cabo durante este periodo y de sus consecuencias. No se habla de aquellas personas que han tenido que exiliarse por motivos económicos, no se habla de los números de personas paradas de larga duración, no se habla de los porcentajes de riesgo de exclusión. No ponen sobre el papel la nula perspectiva de futuro de millones de jóvenes, del miedo de millones de trabajadores/as que tienen que aguantar las presiones y chantajes del jefe sin escrúpulos de turno porque tienen que dar a sus hijos/as de comer cada día. Porque esta inseguridad permanente es el mejor mecanismo de control que tiene el sistema para apaciguar el descontento. Porque, en cierta medida, la operación les ha salido bien y muchas personas ya han asumido que este es el tiempo que ‘nos ha tocado vivir’. Que sí, que somos precarios y tenemos nulas perspectivas, que el sistema es injusto e innecesario, que hay unos ganadores claros e identificados, pero que la cosa puede ir a peor. Es decir, que al menos me dejen ser el protagonista de mi miseria.

Pero el titular ya lo tienen, ahora únicamente toca esperar a que los medios amigos hagan de correa de transmisión para inocular la ‘buena nueva’.

Foto portada/TVE

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