Feminismo: de la hegemonía y el protagonismo del 8M

En un momento social y político como el que vivimos, hemos oído demasiadas veces la expresión ‘día histórico’ en un espacio de tiempo corto. Tanto se ha usado que dicho concepto ha perdido, en cierto modo, la fuerza y la trascendencia de su significado. Pero este no es el caso de la huelga y las manifestaciones de este 8M. Las mujeres de este país pusieron pie en pared, situando el feminismo, de forma irreversible y hegemónica, en la centralidad del debate público.

Uno de los hechos más relevantes, que pone de manifiesto el gran éxito del 8M, es observar la posición de las principales figuras que forman el espectro político y mediático en España. Quienes fueron más beligerantes contra la convocatoria se vieron, finalmente, arrastrados/as por la fuerza de un movimiento que ya es hoy mayoritario.

Así, las organizadoras del 8M tuvieron que ver y oír cómo durante las semanas previas se les acusó de élites, de comunistas, de sectarias, de (cómo no) ‘feminazis’, de vengativas y un largo y vomitivo etcétera.

Desde el PP, argumentario machista ad hoc mediante, se adujo que no podían apoyar una huelga convocada por Pablo Iglesias. Claro, porque las mujeres de este país necesitan de un hombre que les diga cuáles sí y cuáles no han de ser sus demandas.

Al mismo tiempo, la ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Dolors Montserrat, rechazaba asumir el término feminista por considerarlo una etiqueta, en una entrevista realizada por Pepa Bueno en la Cadena Ser.

Rajoy, en su bochornosa actuación con Carlos Alsina, respondió que “No nos metamos en eso” al ser preguntado por la brecha salarial que padecen las mujeres. Respuesta sobre la que tuvo, a su manera, que rectificar con posterioridad.

C’s centró su rechazo a la convocatoria en un supuesto perfil comunista y anticapitalista del manifiesto.

Otro caso relevante fue el de Ana Rosa Quintana, tras afirmar ante Mariano Rajoy en una entrevista que no haría huelga (cosa que negaría haber dicho ante el recordatorio que le hizo Irene Montero el 9M), finalmente el programa se canceló a última hora y se le vio durante la manifestación.

Esta historia, por desgracia, la hemos visto en demasiados casos relativos a la extensión de los derechos sociales y civiles. Muestran cuan incómodas están las derechas de este país cuando el foco se sitúa fuera de la lógica de la identidad nacional. Pasó con el matrimonio igualitario, con el derecho al aborto y en tantas y tantas cosas. Lo más relevante y positivo es que, finalmente, han tenido que asumir que esas conquistas son imparables y que ir contra ellas tiene unos costes demasiado elevados.

Prueba de ello es la aparición de Mariano Rajoy con el lazo violeta en la solapa o las pretensiones de liderazgo de Albert Rivera. También es un síntoma que hayan querido jugar el papel de víctimas al ser increpadas, durante la manifestación, por algunas de las mujeres presentes. Debieran saber que, como cargos públicos, están sometidas a la crítica y a ser expuestas a sus contradicciones.

Tampoco me puedo olvidar de muchos sectores de la izquierda que, como ya pasara en el 15M, se ven muy incómodos en un papel no protagonista en las reivindicaciones de derechos y libertades, y que han sido condescendientes con las compañeras, con un paternalismo que tacha de posmodernidad y no prioritario la lucha feminista.

Pero pese a todo el clima hostil que siempre se cierne sobre las reivindicaciones feministas, que no son otra cosa que ansias de igualdad, el éxito del 8M es incontestable. Un punto de inflexión, un día histórico (esta vez sí) a partir del cual expresiones como “ni machismo ni feminismo” o “no soy machista pero…” ya no se podrán decir sin quedar retratado como un machista.

Las mujeres de este país demostraron, en definitiva, lo que se propusieron. Que son el 50% de la sociedad, que sin ellas se para el mundo (y no es un banal eslogan). Pero, sobre todo, hicieron una demostración espectacular del triunfo de los valores que representan en contraposición a los valores masculinos predominantes en la sociedad: frente a la lógica de la competición ellas optan por la colaboración y la cooperación; frente a la rivalidad ejercen la solidaridad y sororidad; frente a las absurdas envidias y recelos, la admiración y el respeto mutuo.

Porque una de las cosas que más pude apreciar en la manifestación, en mi calidad de acompañante, fue la empatía que se desprendía. Muchas mujeres, generacionalmente diversas, eran conscientes de que allí faltaban otras muchas y no se lo echaban en cara, todo lo contrario. Por motivos diversos, ya fuese la precariedad laboral, el miedo a ser despedidas aparejado a esta precariedad, la imposibilidad de delegar los cuidados, o simple y desgraciadamente, porque muchas mujeres han sido asesinadas durante el camino.

Es por eso que quien escribe, un hombre, no puedo sino estar en una constante contradicción. Que la educación, el sistema heteropatriarcal y el actuar cotidiano hacen que uno incurra en actitudes machista casi a diario. Que los hombres debemos estar en constante aprendizaje para corregir estas cosas y que jamás debemos caer en la tentación de pretender protagonizar un movimiento que no nos corresponde encabezar.

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