Europa: desastre o neoliberalismo

En su libro “Más democracia, menos liberalismo” Sánchez Cuenca nos ofrece un pronóstico más bien pesimista sobre el futuro de la democracia en Europa. Desde su punto de vista, el fantasma neoliberal que se ha traducido en los salvajes recortes que ha sufrido el Sector Público, acabará imponiendo su modelo ideológico en los próximos años, reduciendo los márgenes de actuación de aquellos que plantean una alternativa política, social y económica. De esta forma, los ciudadanos tendremos que elegir “gestores” para nuestras reducidas administraciones públicas, en base a criterios de eficacia o de nivel de “corrupción”, pero en ningún caso tendremos la posibilidad de comparar modelos ideológicos opuestos.

En “La crisis de la representación” de Ignacio Urquizu, el autor explica en sus últimos capítulos la correlación existente entre la oferta ideológica de una democracia y la valoración que los ciudadanos hacen de la misma. La conclusión que obtiene es que si se nos pregunta por nuestra opinión acerca de la democracia en la que vivimos, tendemos a hacer una mejor valoración cuando tenemos la percepción de que podemos elegir entre ideologías diferentes. En España, por ejemplo, los ciudadanos hemos valorado peor la calidad de nuestra democracia en aquellos momentos en los que los dos grandes partidos políticos (PP y PSOE) nos han ofrecido (desde nuestro punto de vista) una propuesta ideológica muy similar. El elector considera que, haya votado lo que haya votado, existen poderes superiores al poder político que emana de la legitimidad democrática, y que además, estos poderes someten a unos Estados impotentes con poco margen de maniobra.

Desde el punto de vista práctico, la izquierda se encuentra incómoda en una Europa donde parece no poder implementar políticas públicas que sean esencialmente diferentes a las que se han venido planteando hasta ahora desde la derecha neoliberal. El gobierno del partido socialista francés o el de Syriza en Grecia y sus políticas continuistas con la retórica de la austeridad (habría muchos matices que reseñar para no hacer un mal ejercicio de política comparada) son un buen ejemplo de ello. La preocupación por la desigualdad generada de forma “natural” por los efectos del capitalismo era el elemento diferencial entre derecha e izquierda en las sociedades democráticas para Norberto Bobbio (tal y como refleja en “Derecha e izquierda”). La crisis económica, social y política ha producido un fuerte impacto en las diferencias entre ricos y pobres (más acentuado en los países del sur que en los países del norte) que los partidos socialdemócratas no han sabido contrarrestar con una alternativa económica factible. ¿Hasta qué punto la izquierda es la responsable de este fracaso? ¿Cuándo empezaron los errores que han desembocado en el abandono de la política económica keynesiana frente a la neoclásica y de la reivindicación de “lo social” al mismo nivel que “lo liberal”?

Tony Judt sitúa el origen del “fracaso de la izquierda” en los años 80 en su famosa obra “Algo va mal” en la que hace una crítica profunda a “La tercera vía” de Anthony Giddens, que asume que la izquierda debe asumir unas reglas de juego que no pongan en riesgo la economía de mercado. Desde el punto de vista de Judt (y de muchos otros), la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética se traduce en una exaltación y aceptación de los valores del capitalismo. Es en este punto en el que (en mi opinión) empezamos a conocer una versión degenerada de lo que hasta ese momento podíamos considera izquierda. Unos partidos socialdemócratas que hacen una lectura acrítica del proceso de construcción de Europa y de la Unión Europea y que empiezan a abandonar ese elemento “diferenciador” de preocupación por distanciarse de una derecha que nunca entendió la desigualdad como problema.

Esta lectura del pasado y presente de la socialdemocracia ha sido realizada por distintos autores (de tendencias diversas) y por tanto, en este sentido este artículo no puede aportar nada nuevo. Sin embargo, creo que todavía queda mucha literatura por escribir acerca de lo que algunos han denominado “nueva izquierda” y que en España encuentra su máxima expresión en Podemos. Desde mi modesto punto de vista hablamos de una formación política compleja, que se haya todavía en pleno debate interno con el objetivo de responder a la cuestión que todo partido político se hace: “¿Qué queremos ser”? Su discurso se enmarca dentro de una crítica a los déficits de legitimidad que ha venido sufriendo el sistema democrático español (innegables, en mi opinión) poniendo sobre la mesa cuestiones interesantes en materia de regeneración democrática y partiendo de una visión antagonista de la política inspirada por la teoría de Carl Schmitt empleando como estrategia discursiva el populismo de Laclau. Ya gobiernan en los Ayuntamientos de las principales ciudades de este país (Madrid y Barcelona) habiendo tenido que confrontar lo descriptivo frente a lo prescriptivo (recordemos a la alcaldesa de Madrid renunciando a la creación de un banco público) pero consiguiendo resultados económicos positivos, reduciendo la deuda y aumentando el gasto social.

En términos gramscianos podríamos decir que hoy en España encontramos a una izquierda que habla para un país que no acaba de morir y otra que lo hace para un país que no acaba de nacer. Las ideas progresistas transitan entre una visión acrítica de una Unión Europea que ayudaron a construir y una enmienda a la totalidad de todo lo logrado, propia de quien plantea objetivos maximalistas fruto de la inexperiencia. El caso portugués abre una ventana de oportunidad a escala nacional, que consigue hacer creíble un proyecto de izquierdas en el marco de la Unión Europea, subiendo el Salario Mínimo, aumentando el gasto social y recuperando derechos laborales, reduciendo el déficit sin poner en riesgo la estabilidad.

Portugal es el ejemplo del que no quieren oír hablar aquellos que plantean la falsa dicotomía entre neoliberalismo y desastre. Cuestionan y recurren a la misma simplificación que hace el populismo para equiparar a quienes exigen como solución a esta crisis más democracia y los que encuentran en la inmigración el problema nuclear de sus democracias. Ambas “izquierdas” se necesitan mutuamente para “combatir” el neoliberalismo. Una, para volver a ilusionar, la otra, para ganarse la credibilidad que algunos todavía no le han otorgado. Hace falta que la distinción que planteaba Norberto Bobbio vuelva a estar viva y sea creíble en esta Europa inacabada que algunos ya dan por acabada. Y no, no por el bien de la izquierda, sino por el bien de la democracia.

Foto portada/El País

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