Esto también lo hacen mejor en Cataluña.

En otras ocasiones hemos hablado de cómo la política hegemónica, la que construye sentido común y explica la realidad social según etiquetas ideológicas, es en nuestro tiempo una política fundamentalmente artística. Los dispositivos ideológicos de la sociedad encargados de difundir ideología son muchos y, sin menospreciar el papel importante que cumplen instancias como la escuela o los tejidos vecinales, no puede negarse que son los grandes medios de comunicación los que en la actualidad cumplen un papel crucial a la hora de homogeneizar el pensamiento social en general, y el pensamiento político en particular. Tendemos a pensar que este trabajo de producción discursiva es especialmente eficaz en los telediarios, quizá porque es allí donde se produce el hecho hegemónico de forma más explícita: se nos interpreta desde una óptica necesariamente política un hecho social concreto, pero bajo el enfoque de la neutralidad periodística; es decir, se intenta objetivizar aquello subjetivo. Los telediarios operan como fábricas de interpretación política de diferente signo que ofrecen discursos a la población para que ésta se explique a sí misma, y por tanto, también para que defina cuáles son los límites de lo que es políticamente posible o imposible, correcto o incorrecto, etc. Es sobre todo a partir de los relatos emitidos en los telediarios que los horizontes de posibilidades se definen día a día en política.

Sin embargo, existen dispositivos culturales audiovisuales en los grandes medios de masas que operan de forma más sutil, menos explícita, pero que también son capaces de penetrar más hondo en sus efectos sobre el comportamiento social, generando referentes conductuales que logran influenciar la psicología social hasta en aspectos aparentemente poco relevantes para la política en la vida cotidiana. Pienso fundamentalmente en las series de televisión, sobre todo en esas series que desprenden intrascendencia escena a escena, que menos políticamente implicadas aparentan ser. Una serie sobre amoríos adolescentes es un dispositivo ideológico con más capacidad para reproducir ideología machista que mil tertulianos de 13TV juntos. Por eso, cuando se producen series capaces de romper eficazmente con la normatividad injusta, y encima lo logran con índices de audiencia lo suficientemente altos como para mantenerse en antena durante tiempo, cabe alegrarse. Este tipo de series existen, y además producidas en España. Aunque quizá sería más justo decir que se producen en Cataluña.

Producciónes emitidas en TV3 como Cites, o la pésimamente doblada y emitida en La Sexta Merlí, demuestran que es posible crear series transversales y radicales a la vez. Con un pie lo suficientemente metido en el sentido común de nuestra época para tener buena audiencia y no ser una marcianada, y a la vez dispuestas a romper esquemas normativos relacionados con la cuestión de género, la de clase o la nacional, introduciendo debates políticos al público mayoritario, explicitando contradicciones sociales que pasarían inadvertidas bajo la hegemonía conservadora. Merlí, que formalmente podría asemejarse a cualquier serie de adolescentes exitosa, cuenta la historia de un profesor de filosofía misántropo, pero eficaz en su trabajo de hacer llegar el interés por la reflexión y el pensamiento crítico a estudiantes de bachillerato. Las tramas clásicas de enredos amorosos entre jóvenes se enfocan en Merlí desde una perspectiva que en con mayor o menor grado de desvergüenza son abiertamente feministas, y se mezclan con la problematización de la cuestión de clase en alumnos que pertenecen a familias obreras, la naturalización del proceso soberanista catalán o las dificultades que sufren los jóvenes homosexuales en una sociedad machista. Todo esto, con referencias constantes a Freud, Zizek, Butler, Engels o Maquiavelo. Este contenido, insisto, se emite en la televisión pública catalana. Quien quiera atreverse a verlo que se prepare para cuestionarse si España es reformable; es difícil no querer envolverse en una estelada cuando te das cuenta de que en el Física o Química catalán el profesor enseña a sus alumnos que ante leyes injustas la rebelión contra la autoridad es una opción legítima, o les obliga a travestirse para repensar el género.

Concluyo con dos puntualizaciones. Primero, la insistencia en que la política contrahegemónica, la que de verdad logra inclinar la balanza de la transformación social a nuestro favor en el largo plazo, es fundamentalmente una política artística. Es el arte el que enseña a nuestro pueblo nuevas formas de pensarse a sí mismo, el que permite señalar formas alternativas de organización social que pongan patas arriba las relaciones de poder que hoy son opresoras. En términos de clase, de género, nacionales, raciales, etc. La mayoría de nosotras carecemos de medios para producir dispositivos como los que emiten los grandes medios de masas, pero series como Merlí no serían posibles sin una base social progresista previa que ha sido tejida a través del trabajo artístico-cultural de grupos de teatro, cineastas amateur, músicos con medios escasos, etc. Es nuestra responsabilidad como militantes del cambio ayudar a parir una nueva concepción revolucionaria del mundo en clave artística, aunque sea desde muros en Facebook o pintando los muros de nuestro barrio. Y segundo, la política patriótica que algunos entendemos como la base de la emancipación popular no consiste exclusivamente en reivindicarnos obreristas, feministas y a favor de la diversidad plurinacional de España. También consiste en sentirnos orgullosas de la producción cultural de nuestro pueblo, no sólo del folclore, sino del cine, la música y el arte en general que se produce en nuestro suelo. En una época de dominación cultural estadounidense a través de su industria audiovisual, cabe reivindicar lo que aquí se hace, sobre todo si contribuye a transformar el mundo.

(Las dos temporadas completas de Merlí pueden verse subtituladas aquí: http://www.ccma.cat/tv3/merli/capitols/).

Foto portada/ La Sexta.

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