Este no es mi apocalipsis

A ningún político se le ocurriría empezar un discurso importante hablando de los peligros del cambio climático. Bueno, a todos menos a Equo, al que le ha tocado ser el loco del megáfono en un mundo de iPads y iCosas en general. Los partidos de izquierdas se verán en la responsabilidad moral y en la coyuntura pragmática de incluir alguna frasecilla referente al tema, muchas veces acompañada de otros temas -como la ética de la mujer o el decrecimiento- con la intención de captar algunos votos indecisos. Los de derechas, en un esfuerzo modernizador de su propia imagen, se vestirán de verde y relacionarán mediante discursos aparentemente racionales la sostenibilidad ambiental con la eficiencia económica. El deterioro vertiginoso de nuestro ecosistema, que llegó a ocupar una posición considerable en los medios de comunicación con aquello del Protocolo de Kioto o de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, ha sido absorbido y reinterpretado en una serie de relatos distópicos donde el apocalipsis es requisito previo en la sinopsis de cualquier película. Y es que el cambio climático ha sido pervertido, manipulado y comercializado por este capitalismo cultural en el que vivimos, el de la sociedad del espectáculo de Guy Debord, que es capaz de convertir la ficción en realidad y viceversa. De alguna manera era obvio que una percepción de futuro definido y limitado en recursos no valía en un mundo donde la riqueza y la prosperidad son la constante y la crisis la excepción. El capitalismo actual, desde un enfoque grueso, ha acompañado el relato del miedo al pasado con el relato del miedo al futuro, generando consigo una sociedad del ahora. Como dice Santiago de Alba Rico, una sociedad de los 10 segundos, donde bien se puede realizar una transacción económica pero donde es imposible pararse a pensar.

¿Es obvio que una noticia sobre le reforma de las pensiones o de un derbi Madrid-Barça tenga más audiencia que una que trate un evento donde los máximos representantes de un buen número de países se reúnen para abordar el cambio climático?

Sí, es obvio. Porque lo obvio emana del sentido común, del parecer de la mayoría con voz –pero sin voto o participación desde un punto de vista comunicativo-. Este es uno de los primeros rasgos de la nueva realidad posmoderna, la muerte del diálogo (y algunos autores dirán de la propia comunicación) y el establecimiento de un sistema de generación de pensamiento elaborado por los efectos unidireccionales de los mass-media, donde el espectador pasa a ser un simple consumidor. Desde las series infantiles aparentemente más inofensivas, elaboradas a modo de videojuego que recrea un mundo de recompensas instantáneas y donde todo es posible aunque no lo sea, hasta las series prime time del momento, como Walking Dead, que instan a la supervivencia del yo ante la imposibilidad del diálogo y la supervivencia colectiva. De esta manera, el espectador, cada vez más identificado con el protagonista, canaliza su miedo a través de la morbosa (im)posibilidad de ser el único superviviente en una Tierra repleta de muertos.

Además del cortoplacismo, la virtualización de la realidad, la sobreinformación y la pérdida de noción de futuro, el cambio climático no es capaz de penetrar en la agenda pública, que es algo más que la agenda mediática, debido a otros hechos de carácter más específico. Tienen que ver, en mi opinión, con la posición de la ciencia y el científico en la propia antropología del progreso actual. Si bien al ingeniero se lo reconoce por un científico exacto, de causa y efecto, al biólogo o al químico se le considera como un científico a medias, en el sentido de que no es capaz de realizar cálculos exactos sobre la evolución del nivel del mar o la temperatura terrestre. Es imposible, debido a la naturaleza caótica del ecosistema, realizar cálculos más allá de unos umbrales determinados con un amplio margen de error. Y es que no es cierto que en la comunidad científica haya un disenso sobre el tema, pues la amplia mayoría concluye con que el cambio climático es un hecho verídico y excepcional, causado por la actividad económica, sino que en el marco del sentido común tiene más credibilidad un economista, que ni emplea ni puede emplear el método científico de forma rigurosa por las características de su medio de estudio. En eso, el capitalismo cultural y los mass media también han incidido. La figura del científico filósofo, observador y con vocación social (el inventor social), como el Einstein o el Wallace, ha sido reinterpretado o bien por el científico loco de Frankenstein o Emmett Brown de Regreso al futuro o bien por el científico héroe, al estilo NASA, que salva al mundo (en realidad después de muchas vidas, un mal al parecer necesario) de su propia extinción.

En definitiva, es difícil que el discurso del cambio climático aparezca con fuerza en un mundo donde los incentivos económicos que se puedan relacionar a un relato hacia lo verde son inexistentes. A veces uno piensa que ojalá las energías renovables fuesen más rentables que el petróleo, aunque estuviesen en manos de grandes potencias lucrativas. Lo que está claro es que hacen falta relatos alternativos, y no hablo de producciones independientes al estilo de Godard o de Lars Von Trier. Me refiero a que necesitamos nuevos modos propositivos, utopías, que abandonen el análisis sin soltarlo pero que aborden la nueva realidad posmoderna sin miedo, dispuestas a disputarla.

Recomiendo a los interesados ver este cachito de la serie Newsroom donde, contra la dirección de un informativo de televisión, traen a un científico que aborda con rigor y realismo la cuestión del Cambio Climático. ¿Qué pasará?

https://www.youtube.com/watch?v=XM0uZ9mfOUI

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