Entre la espada y la pared: elecciones presidenciales en Bielorrusia

Comparado con otras antiguas repúblicas soviéticas como Ucrania o Kazajistán, Bielorrusia tiene una extensión relativamente pequeña y una población de apenas 10 millones de habitantes. Desde su independencia en 1991, Bielorrusia ha permanecido como una forma anómala de gobierno que sin embargo cobra una especial relevancia en el actual tablero geopolítico.

El presidente Alexander Lukashenko obtuvo el poder en 1993 al utilizar el poder del comité parlamentario Anti-corrupción para minar la posición del primer líder tras la independencia Stanislav Shushkevich, hasta el punto de provocar una moción de confianza contra él y vencerle con un amplio margen en las primeras elecciones generales de 1994. Desde entonces Lukashenko ha ganado seis elecciones presidenciales seguidas con porcentajes de voto cercanos al 80% (algo bastante sospechoso, tanto para los lectores avispados como para el resto de la comunidad internacional).

Lukashenko, antiguo burócrata dirigente de una granja de propiedad estatal, adoptó una visión de las reformas económicas diferente a la emprendida por Shushkevich al rescatar formulas soviéticas en lo que denominó “socialismo de mercado”. En este sistema alrededor del 80% de la economía permanece controlada por el estado, las compañías públicas emplean a la mitad de los trabajadores del país y tanto los subsidios como el mercado laboral están fuertemente regulados. Este sistema ha proporcionado a Bielorrusia un crecimiento anual del 7% en la última década (excepto en 2009, cuando la crisis internacional rebajó dos trimestres su crecimiento a casi un 0,4%) y la brecha salarial más baja de todas las antiguas repúblicas soviéticas. La estabilidad de este sistema comparado con la del capitalismo salvaje practicado en Ucrania o Rusia ha legitimado públicamente el modelo de Lukashenko.

Sin embargo este crecimiento económico ha dependido fuertemente de la exportación de bienes industriales y armamento a la Federación Rusa, y ha reforzado sistemáticamente a aquellos que conforman el círculo íntimo del presidente. Durante seis legislaturas Lukashenko ha utilizado su posición para fortalecer la figura presidencial a costa del parlamento y los partidos de la oposición, utilizando de forma coercitiva a las fuerzas de seguridad contra opositores y rivales políticos. La detención de 7 de los 9 candidatos de la oposición que se presentaban contra el presidente en diciembre de 2010 valió la imposición de sanciones contra Bielorrusia por parte de Estados Unidos y la Unión Europea. Durante esta última legislatura la UE ha estado presionando fuertemente a Bielorrusia por su incumplimiento de los Derechos Humanos y la represión de la oposición política.

Aunque el propio Lukashenko votó en contra de la disolución de la URSS en el Soviet Supremo de Bielorrusia y ha mantenido siempre un discurso de integración con la Federación Rusa, también ha intentado siempre garantizar su propia posición de poder presentándose como un intermediario válido entre Occidente y Rusia. El ritmo creciente de sanciones económicas y políticas contra sus partidarios, y la revuelta del Euro-maidan en Ucrania han convencido al presidente de la necesidad de seguir manteniendo esta postura: las cumbres de paz Minsk I y Minsk II sobre la actual Guerra Civil en Ucrania pueden leerse en este sentido. Bielorrusia ha estado buscando también créditos de la República Popular China sin contrapartidas políticas para ganar cierta independencia en el tablero geopolítico.

La semana antes de las elecciones, el presidente Lukashenko desmintió en la prensa declaraciones del gobierno ruso anunciando el establecimiento de una base aérea rusa en Babryusk; esa misma semana se produjeron filtraciones intencionadas dando a entender que la Unión Europea podría aliviar las sanciones contra Bielorrusia si no se producían altercados ni detenciones alrededor del periodo electoral, y esa misma semana la misión electoral de la Organización para la Seguridad y el Desarrollo en Europa (la OSCE) constató la puesta en libertad de decenas de opositores. No fue una sorpresa la aplastante victoria cocinada para Lukashenko por la comisión electoral que le otorga un 84% del voto válido (frente a un 4.5% de la segunda candidata, Tatsiana Karatkevich) pero sí que la policía bielorrusa no reprimiese las manifestaciones espontáneas de “jóvenes contra la dictadura portando banderas de la Unión Europea”.

Bielorrusia sigue estando ligada a los juegos de equilibrio que su presidente realiza para no verse excesivamente expuesto a la debilidad económica de su principal aliado (Rusia) ni tampoco a las exigencias constantes del hegemón que aguarda al otro lado de la frontera (la Unión Europea). En mi opinión esta próxima legislatura pondrá en  tela de juicio la habilidad de Lukashenko para sobrevivir a tanto equilibrismo.

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