El Viña ha muerto. ¡Viva el ViñaRock!

¿En qué pensamos cuándo escuchamos las palabras ‘festival de música’? ¿Fiesta, amistades, acampada, alcohol y otras drogas? Con la puesta a la venta de los abonos para el futuro ViñaRock 2017 el debate y la indignación sobre el precio de las entradas, las opiniones sobre la promotora o la propia esencia del festival han salido de nuevo –como cada año- a la palestra.

Escribo estas líneas a raíz de más de un análisis sobre lo dicho arriba de 140 caracteres o escasas cinco líneas en Facebook. En estos comentarios escritos, seguramente, mientras se estaba en cola para cazar el pokémon legendario que es el abono del ViñaRock por menos del 35€, vemos cosas como: “el Viña ya no es lo que era”, “la gente acaba con su ambiente” o “a la próxima tendré que esperar varias horas para ver a X grupo”. Voy a reconocer que en cierto sentido, estas afirmaciones tienen su parte de certeza. Los grupos que actuarán en 2017 no son los que se subían sobre un escenario hace quince años, o que es obvio que algunos minutos de cola tendrás que hacer si quieres ver a un grupo que reúne más de cincuenta mil personas en sus conciertos. Entiendo que se esté en contra de las plataformas como Ticketea que se encargan de vender de forma online entradas a estos eventos de forma mejorable –mucho más cómodo es ir a tu tienda física que perder una hora delante de la pantalla del ordenador- y de los organizadores, empresas avaras con el principal objetivo de crecer más y más a costa de la calidad laboral de sus trabajadores y trabajadoras o del propio festival. Pero no, nos encabezonamos en culpar a la multitud –en abstracto- o a personas de menor edad porque desvirtúan el supuesto sentido del festival que tú tenías. Se actúa como el xenófobo que culpa a la inmigración en general, o al musulmán en particular, de los males de su país o de su vida.

Esto que señalo también lo observamos en la apreciación por nuestro grupo favorito. Es decir, disfrutamos de él, sobre todo, cuando apenas es conocido y todavía ‘no se ha vendido’. Reconozcámoslo, al menos una vez lo hemos pensado. Esto se debe a la comodidad de la que uno disfruta en su círculo reducido y endogámico donde apenas existen contradicciones y el grupo de música se mantiene puro y fiel a sus maquetas.

Al contrario de esta idea de la satisfacción personal individual, que rezuma un alto componente conservador y de disfrute por uno mismo de un bien cultural de una forma avariciosa y celosa, es necesaria hacer otra lectura de estos eventos multitudinarios y por qué no, del mundo de la cultura en general. Como mi compañero y amigo Nacho señala en su artículo sobre la movilización artística de la juventud, la música debe ser “el dispositivo cultural más eficaz e inmediato para que los jóvenes contribuyamos a la batalla cultural que ya está librándose”. De este modo debemos aprovechar esos campos de disputa ideológica y cultural que son los festivales de música, no excluyendo a quienes pensamos erróneamente que son inferiores a nosotros, que por tener un aspecto o actitud –siempre que el respeto impere- diferente o que por conocer a determinada banda desde la semana pasada tienen menos derecho a ver a sus grupos favoritos. Los festivales son espacios de politización, trincheras donde construir sentido a nuestro favor en donde nos encontramos desde punkis a hipsters, pasando por raperos, que no deforman el ambiente que crees dado por naturaleza, sino que lo enriquecen y dejan la ventana de oportunidad abierta a una mayoría popular y juvenil. En definitiva, dejar de mirar a nuestro ombligo y poner la vista en el afuera. En esa gente que se emociona en un concierto de Boikot o de Aspencat pero que no vota o mira con recelo la política en su amplitud –por muy paradójico que parezca con grupos que cantan letras altamente politizadas-.

Podemos estar de acuerdo en la ‘mafia organizada’ que pueden llegar a ser algunas empresas que montan festivales pero eso no quita de ser inteligentes, reconocer lugares donde operar políticamente y sumar. ¿O acaso tu amigo que dícese ser apolítico, que hace comentarios machistas o que no votó lo mismo que tú el 20D o el 26J no disfruta con la música y las letras de La Raíz? Ahí radica la radicalidad y la transversalidad. Y por ahí debemos seguir caminando.

Foto portada/www.elenanorabioso.com

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